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8 AX ROHMER letras Y. B. Y H. respondían al nombre Haig aunque no fueran exactamente las mismas. Pero el hecho de que las palabras: Guarda explorador sisrnificaran simplemente Inspector Jefe Scotland Yard era lo último que se le podía ocurrir al más hábil criptógrafo. Cerca casa significaba evidentemente a bordo conocer a identifica y digo a advierte Aiqtiel descubrimiento le dio la clave del misterio, y ya- sabiendo el sistema a s u i r podía analizar todos los telegramas con éxito definitivo. Se apoyó en el respaldo de la silla, silbando suavemente. Cinco miembros de aquella misteriosa organización, desconociéndose aparentemente entre sí, hacían la travesía en el Waüaroo, y el jefe era sin duda, el doctor Oestíer. Pero los fines, que tras de todo aquello se ocultaban, continuaban indescifrables todavía. Tres de ellos desembarcaban en Port Said, después de la rectificación en et pasaporte de Mr. Len Chow. Dos s uían a Australia. Pero, ¿qué significaría sú presencia a bordo? ¿Qué rlelacii n tenían con ei asesino de Limehouse? El yer a toda aquella gente, tan admirablemente informada, le alarmó, llegando a desconcertarle. A Durham le había reconocido. ¡Ya sabían que él, Dawíon Haig, estaba a bordo! Así, su trabajo, a la vez que imposible, resultaba absolutamente infructuoso. Contempló los telegramas coleccionados. Los enviados por la mujer se referían claramente, al ingeniero jefe. Uno de ellos decía: O r n o M oUnero seguro. Mbdhacho fuerte y próximo pariente, no corren. Val Que traducido resulta como sigue: Ingeniero Tefe, ya es nuestro. Capitán y ofiícial primero- no pican Val Aunque lo pareciese no creyó Haig ni un momento que Corcoran hubiera vendido su silencio ni que tuviese parte alguna en los sttcios ue ocios de la banda. Lp interpretó como si el vanidoso ingeniero fuera un juguete en manos de aquella mujer. Y Haig fija la mirada en el horizonte, se preguntaba; ¿Pero en qué asunto? La correspondencia radiada del doctor Oestíer le defraudaba. No podía encontrar afinidad entre el grupo del barco y los extraños nombres empleados, y llegó al conveiicimiento de que se referían a otros asuntos distintos al que le predcupaba. Indudablemente, el doctor Oestler era en la banda una especie de general en jefe. Sus cables respondían a una inforntóción disciplinada y a órdenes recibidas de la superioridad; pero su examen no. arrojaba luz alguna. Y aquellos cables se enviaban a una dirección telegráfica de París, que rto figuraba en lista. Aqudlo era desconcertante, poique no podía atribuirse el movimiento de toda aquella gente ni a i frustrado ovia del opio, que ya estaba a salvo, ni mucho menos a upa desbandada general, provocada por el crimen de Limehouse. Entonces... i qué significaba aqoejlo? Pensaba Haig en aqaeBa operación de retirada rep ítJna de los cajones pawcedentes. de Birmingham y de los q t Mr, t e n ChoWi había sído se tramentc ú enairgaáo. 43 Haig permaneció sentado y con la cabeza entre las manos diez minutos ío tóenos... ¿Cómo pudo J o Lung o la persona que de ét dependía enterarse de las instrucciones e n v i d a s por él a Sidney? tSi se cursaron directanttnte desde Scotland Yard al jefe de Aduanas! Haig dio. tm salto. i Cielos! i Pero qué imbécH soy! ¡Si no pudieron! Aquello fué un camfoio premeditado. E s condieron su. preciosa carga; porque... Eso... ¿Por qué? i Estaba loco t CAPITULO XIV INSTRUCCIONES AL DOCTOR OESTI- EK Ei tren nocturno qué liácé el fecorrído de ÍEI Cairo a Aswart entraba en la estación de Kendi. En el departamento de primera clase sólo se veían dos pasajeros. Era uno de ellos un hombre, qué usaba gafas de concha y se envolvía en un gabán de viaje azul njarino cuyo cuello de astrakán le cubría las orejas, mientras el borde de un flexible negro se encasquetaba hasta ellas. Era corpulento, y en canAio, su compañera parecía una minuatura viviente; menuda y esbelta, iba materialmente cubierta de pieles. Aunque vestida a la última moda parisién, llevaba un v d o azul, que ocultaba por completo sus facciones; ante el color mariUo de la piel del hombre y la faz wlada de la dama, un observador perspicaz tenía derecho a suponer que se trataba de un poderoso magnate musulmán, que viajaba de incógnito con su mujer. Su equipaje se reducía, ai parecer, a dos maletines, que fueron instalados en el pescante del coche que les esperaba. Un pulcro y estatuario mestizo, con turbante y el ntemente uniformado de azul, salió al encuentro de los viajeros, haciéndose cargo del equipaje, y el i equeño grupo abandonó la estación. La noche era esplcndi la y las estrellas lucían como brillantes. Pero en la atmósfera se notaba ese relente escalofriante, característico d d traidor xlima egipcio, Cuando enlyaron en él espléndido auto que les esperaba, y que conducía un rígido clumffew egipcio, la mujer estaba materialmente tiritando. hos dos criados parecían gemelos. Les- condujeron a través de calles casi desiertas y hacia barrios mejor iluminados y más concurrido ¿Estás temblando, pobrecita n a? i i o Yu an. Hee. See. -íTMigO tanto frío, Yu an! justificó ella, Dentro de dos días estarás en fu casa, con tus servidores y tus coipo ídíttiesí Rodead de tus joya y perfeimes. favoritos... de todas esas cíwichef ías que te encantan, y, sobre todo, tendréis, calor, tnt Ao calor...