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42 tA ÍII A I E Y 0 AN IIEE SEK copiando de los libros tel ráficos cuantos telegramas recibían o cursaban los cinco sospechosos. Fué un trabajo penosísimo. Mientras algunos de aquellos despachos eran la inocencia misma, otros, especialmente los expedidos por el doctor Oestler, aunque a primera vista no ofrecían nada de particular estaban redactados en una clave convencional. Haig se había hecho servir en su camarote el desaj uno, y meditaba ante la mesita, con las nuevas pruebas en la mano. La mujer hombruna, conocida a bordo por miss Éduam, supuesta artista de vmdevÜle, Mr. Len Chow, y el doctor Oestler, eran tres de los saspechosos, cuyos nombres aparecían en los libros del telégrafo. Estudiando una lista de direccíone telegráficas que el capitán le había permitido llevarse a su cabina, descubrió que los dos primeros cables enviados por Mr. Len Chow iban dirigidos a Lilung Caus. way London. ¡Magnífico! -murmuró. Lilung Causeviray London era la dirección telegráfica del establecimiento de Yo Lung en Limehouse. Los telegramas eran muy breves; decían así: U n o Arreglada transferencia, O. KL Chow. Dos: Vuestro amigo está a bordo. Chow -Esto no puede estar más claro- -murmuró Haig. Informa a Polodos del arreglo de su pasaporte para quedarse en Port Said, en lugar dé ir a Sidney. Luego, envía la noticia de que a bordo va un amigo refiriéndose, indudablemente, a Durham. Ya desconfiaba él de que le hubieran descubierto, y tenía razón, -Con la fecha del día, había un cable recibido para Chow, que rezaba así: Meurice París: dieciséis a dieciocho: Pascal El tercer cable de Mr. Len Chow, dirigido a Pascal. Hotel Meurice. París, decía: VHiestro amíigo nos dejó en Marsella, OtovV En aquel momento sonó un golp ito en la puerta del ca, marote. Dawson Haig, se caló las gafas ahumadas y abrió. Era Elena Keamey. Se quedó suspenso unos momentos, contemplándola. Con su jersey verde, gorrito a juego y coloreadas las mejillas por la brisa del mar, estaba irresistiblemente linda y juvenil. T e aseguro, Elena, que me has asustado! -dijo. ¡Por Dios, entra pronto! ¿Te vio alguien? ¡No! -dijo ella sin aliento- pero vi gente por la cubierta grande y tuve que echar a correr. Entró y cerró la puerta. -Me encanta verte y hablarte, Elena; pero recuerda nuestro pacto en Marsella; nadie debe sospechar que nos conocemos. ¿Qué ocuiTe? -Verás- ¡replicó Elena hablando rápidamente- Anoche me despertó tm ruido en el camarote contiguo, V oí perfectamente que alguien decía: Un cable -Sería en el del doctor Oestler- -dijo Haig preocupado, y mientras Elena le observaba, añadió -Déjame ver... Hojeando las notas que tenía delante, buscó, hasta encoiitrarlo, el último cable recibido por el dpctor Oestler. ¿Serían aproximadamente la tres y nwdia de la mañana? sugirió él. Sí; esa hora sería. ¿Acaso lo tienes aquí? Dawscra Haig sonrió maliciosamente. Natutulmente. Jnieres que te lo lea? -Sí; haz el favor; así podré decirte, sí... -Si... ¿que? -Si es él mismo. Haig la contempló admirado y leyó; -Mira, éste es. Otestler, pasajero del ILMÍ. S. Wallaroo Y. B. J. H. Guarda explorador; cerca casa. Stop. CoiTOce; dilo. Alzó los ojos sonriendo. ¿No coincide con el tuyo, Elena? -i No! -Krontestó ésta llatiamente- No es el mismo. Naturalmente, me has interrumpido, y estamos jugando a los disparates. Eíscúchame: mientras estuve en el bafio e. sta mañana, se levantó mucho viento, y empezó a llover; ¿recuerdas? Haig asintió con la cabeza. -Yo había dejado el portillo abierto y la puerta sujeta para ique mientras tanto se ventilara mi camarote. El. doctor Oestler que, como sabes, ocupa la cabina contigua a la mía, se conoce que había hecho lo mismo. Porque al regresar yo (antes que él) a mi cabina, me encontré el suelo y la mesita atestados de papeles en desorden, que la camarera se ocupaba en recoger... Dawson Haig meditaba. Esta mujer es digna de mejor suerte... Soy yo tan poco para ella... Y si la pierdo, la vida no me importa. Pero parece que el destino quiere unirnos otra vez... -No me di cuenta hasta más tarde, de que ei tre aquellos papeles había algunos que no eran míos; unas hojas en alemán con temas científicos, que jimto con otros qite no me pertenecían entregué a la camarera para que los devolviese al doctor Oestler, ya que el ver abierta la puerta de su departamento me hizo suponer que fuesen suyas. Así era en efecto, y se apresuró a enviarme recado, agradeciendo mi atención. Pero después, cuando ya estaba vestida encontré otro fragmento. Introdujo la roano en un bolsillo de sújwnper, del que extrajo una hojita de papel finísimo, arrancada sin duda de un block. Cuando vi esto- -continuó con voz grave- -úpense que tú necesitarías saberlo inmediatamente. Haig se quitó las ga ías de Mr. Smith, tomando la hojitá de manos de Eiena. Escritas con lápiz leyó estas palabras: Haig, Inspector Jefe Scotland Yard, a bordo: identificadlo y advertidlo III Sólo otra vez, pero f- eliz en medio de tantas dificultades, Dawson Haig, se inclinó sobre sus notas. Elena había salido sin ser vista. La per. spicacia de ella venía en su ayaida, lAh, si él pudiese líegar a la cumbre para ofrecerle el níundo! Aquellas palabras, escritas cem lápiz, eran la traduociión del tetegirama cifrado, ti e leyó a Elena. Su absoluta sencillez traicionó al ingenio. IJSS