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40 l A KISA E YV AJÍ HEE SEE Sawsmt H a eacendió el cSgarrilto, y antes dp contestar, volvió- a arf flanarse ea So asiefitto- -iSí yo s piera eso, ca ¡Htáit, no estaría aqtú, precisaaiente f ra descabrirta. Eit Lontlires cayó en mis oíanos eierta pnwba, mdicadora tie qne miembros de tina banda de supuestos comerciantes, depositarios de objetos robstdos, amén efe otros aeg- ocios indeseables, embarcaban en este barco. Eí número de cabinas ocupadas por ellos se descubrió... iTiene usted los números? -Étesde luego; sin embargo, los tOmé de memoria. Pero esn im determinado café de París, en donde, por lo visto, esa gente se reúne, había yo retenido la imagen de cierta persona, a la que acabo de ver cómo pasajero del Wktüaroo. Su camarote, ya comprometido en Londres, es uno de les ue figuríin en mi relación. Creo que estará usted de acuerdo c o n m en que los otros cuatro deben ser vigilados. -Desde luego, inspector. Este asunto no deja de ser extraordinario. -3 Lfr es, e a efecto- -dijo l Eiwson Haig, frunciendo el ceño- Las autoridades francesas me notifican que tres bombres niás, de IÍK ne estaban reunidos en el restaurant mencionado, han salido por distintos caminos para el cercano Oriente. El capitán miraba ya intrigado a su interlocutor. -i Y en LíMídres n o a v e r í ó sted su guarida? ¿No será que ponen t o d pies en polvorosa? -No lo creo: más bien parece que van a reunirse en algún Ii r desconocido. Mí obsiesiwi y mi deber es descubrir ese sitio, capitán, porque al hallarlo, encontrar é también al asesino de nuestro sargento detective Norwich, qne apareció degoHaáo en Limehouse la noche anterior a la salida del Waüaroo... Y ccHBo consecuencia de esta entrevista, pocos minutos antes de que el WaBaróo zarpara de Marsella, embarcó en él un nuevo pasajero: u n cierto Mr. Snóth, gne nsai gafes ahumatfas, y al que, en rf comedor, designaron un puesto en la mesa del distingtudo honi 3 re de cigncia austríaco, doctor Oestler. 11 A la mañana siguiente, se presentó en la oficina del contador un pasajero chino, Mr. Lea Chow, de New York. Tenía que hacer na seria reclamacirat. Según aseguraba, mientras estuvo en d ctiarto de baño, alguien entró a robar en sn camarote. Estaba seguro- de que su- ínojmiaácr regreso, fratóa s o r p r e n d i ó al ladrón en plena faena, 3 ra que to s sos papeíes yadati por el suelo en completo desorden. El camarero no pudo dedarar nada, pues podía probar que no había entrado en el camarote dnr; cBte este tiempo. Mr. r Chow, saponía que el contador tomarta una deterafetción. WiíJter, el eotitador, no estaba de humor en las primeras horas de ía mafena. Con su pif en los labios, nñrafaa a su visitante de faito en hito. ¿Tiene u s t la bondad áe sentarse, caballcT roí- -dijo. Y cogiendo lápiz y papel, añadió: i Puede usted darme ttna nota de los objetos que ha echado de menos? Mr. Len Chow, con su fisononúa inalterable, contestó que Qo habís echado nada de menos. ¡Cómo! ¿i -Nada. -Entonces, ¿para ifué entraron? ¿Supone usted que el ladrón buscaba dinero o cosas de valor, que luego no encontró? -Naturalmente. Se le debe apresar. H a robadomis documentos. -j Sus documentos ¿Y con qué objeto? -Lo ignoro- -insistió el chino- Eran íte gran valor personal. -Peno, ¿no interesan más que a usted? -A nadie más ¿Y han desaparecido? -No. Winter sohó cí lápiz y se encaró bruscamente con Mr. Len Chow. Htdio tm momento que no se oía más ruido qtie el que producían las anillas de metal de las cortinas de la habitación, al suave balaceo del íf ftiroo. Por fin, dijo WSnter: i- Yo averiguaré, Mr. Len Chow, lo que haya podido ocurrir en su cabina; pero supongo que usted comprenderá la imposibffi á de indentificar al ladrón, máxime cuando no ha desaparecido un solo objeto. -Y o no sé nada; pero quiero estar a salvo de tales visitas. -Desde luego? ya veré lo que puede hacerse. TM X Mientras tanto, Eiáwson Haig, con la puerta de su camarote raneada, tomaba notas de lo que retenía su memoria. No pudo completar su investigación, debitlo a inesperados movimientos observados en el camarote que daba frente al le Mr. Len Chow, lamentaiMlo muchísimo el desorden en íiue había dejstdo este último por el riesgo d e ser descubierto. Sin embargo, pudo averiguar en su registro que Mr. Chow, de acuerdo con su pasaporte, era cimladano norteamericano, y que sólo debió permanecer en Inglaterra una semana todo lo más, antes de la salida del Vt laroo. Lo único qne pudo deducir sobre lo hecho por S en el transcurso de actueila semana, fué un descubriroíenfa útil e inesperado. En el bolsillo interior de su gabán encontró un recibo de Gran Hotel de Birminghani. Esto fué siáciente ¿ara convencer a Haig de qutf Mr. Chow estovo conjpronKtido en d fnjstrado envío de los cajones de opio, siendo indndaÓemente el consignatario d e Sidney, a cuyo paert reiña d i r r s e i f e t rectificación en sp pasaporte, que h a M a de nfi extafiso recorrido por el cercano Oriente. -tetúa vsa. visado (coa la fecha, del día anterior) M cónsul de o en Marsella, lo que bacía sí íoner fundadamente qne Mr. Len Cheftw Itabta cambiado de nimbo, deei endo desembarcar en P o r t Said, en tugar de hacerlo en Sidney. Hjaig pensó interrí ar soitfe este p u n al contador. Ahora le encontramos en la c a ñ a r a del capitán, e n la que ha permanecido por espacio de i ia hora.