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SAX ROHMEat 39 algujos casajeroa habían pasado k noche, penetrando en d aloncito situado a la derecha de la puerta e instalándose ante una mesita. Instantáneatnente dijo Elena: -Ahí está esa antipática mujer con el Jefe. Se habían sentado unto a una columna, en la que se apoyaba una vitrina anunciadora, que contenía carteras, cigarrillos de ámbar y mil chucherías más; y esto era lo único que les separaba de una mesita donde estaba el nraquinisía primero del ¡Vallar 00, en compañía de una mujer morena, muy hombruna, tío fea del todo, pero cargada de espaldas y cursi en extremo. ¡Vaya con d viejo Corky! -dijo Rattray con su calma habitual Está trabajando a la domadora de leones, Domadora de leones ¿Eh? -dijo vehemente el doctor Oestler- Pues a mí, niiss... miss Ednam, ¿d i? me parece guapísima, ¿no? -Si es así -dijo Rattray- ¿cómo no se ha lanzado usted todavía? y añadió en tono de burla ¿No ve usted que le están ganando la partida? Iin aquel momento exclamó Elena: i Miren ustedes quién viene! El doctor Oestler y Rattray miraron a un tiempo, viendo llegar a su compañero de viaje, Mr. Ehirham. Ah! -exclamó e! doctor Oestler- es nuestro amigo Durliam. ¿Desembarca aquí, eh? -Sí- -confirmó Rattray- quisiera despedirtne de él, antes de volver a bordón Á mí nunca me saluda- -lamentó Elena. Pero ya Dtórham se aproximaba; Doctor y Mr. Rattray- íijo- vamos a separarnos. Miss Kearney, si estos señores prescinden unos momentos de su grata compañía, voy a retemer a usted dos minutos. Tengo un encargo que darle. -I; A mí? ¡O h! dijo Elena, dando un brinco- ¡Qué divertido! ¡Y qué es... qué es! -No te olvides, Elena, que si se te declara, has de consultar conmigo antes de decidirte. Elena sonrió, tesignada, -Sigue, Jacíc. ¡Nlo lo han oído? Rattray continuó con cara de circunstancias: -Hay una razón que me impide proponer a Elena que se case conmigo. ¿Cuál? -interrogó el doctor Oestler. ¡Mi mujer estaría cdosa! i Bravo, Xack I- -gritó ¡Elena- es la cuarta vez que te insinúas, desde que. salimos ¿fe Londres. Mr. Durham, déme usted el brazo y condúzcame al misterio... Salieron juntos del salón, subiendo la escalera; en una rotonda, junto al comedor, había un hombre sentado. En uu asiento, junto a él, veíanse tm flexible y un impermeable blanco. ¡Oh! É 3 ena ahc ó un gritó, estrujando el brazo de I urham. Palideció intensamente, para etirojecer después hasta ponerse como la grana. Dawson Haig, pues no otro era d qae estaba allí sentado, se levantó: iTe has asustado, H e n a? Perdóname. no supe hacerlo mejor... GAPITmX) XIII TELEGRAMAS CIFRADOS Cuando Mr. Franz Hartog subió a bordo de! Wwllaroo, en el puerto de Marsella, tomando posesión, en la cubierta D, del camarote que tenía reservado desde Londres, Dawson Haig estaba vigilando desde una puerta entreabierta que comunicaba con n corredor. Vio un mozo cargado con un maletín, que, al parecer, constituía el único equipaje de Mr. H a r tog. Detrás iba el pasajero... el alemasiote rubio qiue había visto bajar por la escalera á restaiir rant Suleiman Bey con la boca ensangrentada. Dawson Haig abandonó, sin ser visto, su escondite, para dirigirse a la cámara del comandante. El capitán Peterson era un pundonoroso cumplidor de su deber, pero no fué nunca un gran ntaririo. Tenía ya cincuenta y nueve años, y le faltaten siete grados para contralmirante. Sin embargo, era un hombre inteligente, aunque daba la sensación de festar siempre contrariado. -Siéntese usted, inspector- -dijo, resignado, volviéndose en Un sillón giratorio de frente ai visitante, que no era la primera vez que le molestaba. Había estado sentado ante sa mesa, abarrotada de papeles. Él capitán Peterson renegaba de aquel viaje, entre otras razones, por ia respotnsabilidad enorme que suponía el transporte del oro, preocupación a la que ahora había que añadir la repentina aparición de n delegado de Scotland Yard. Mucho más, cuando el oficial en cuestión no era un mero agente, sino un hombre de nada vulgar cultura. -Yo estaba en lo cierto, capitán: ¡ese es el hottibre que buscaba! El capitán sonrió, mientras le ofrecía una caja de cigarrillos. -Todo esto es para mí un enigma, inspector- -confesó- Si este sujeto es un criminal, lo detiene usted, y asunto concluido. LJéveselo de aquí, y le quedaré agradecidísimo. -ílracias- -dijo Haig, aceptando un pitillo- Pero la cosa no es tan sencilla. Mire usted, Peterson: a bordo tiene usted cifico pasajeros, en el momento presente, que son, según mis sospechas, otro tantos miembros de una banda internacional. (Cinco! -dijo asombrado el capitán- ¿Y han embarcado aquí todos? -N o cuatro de ellos embarcaron en Londres. I- ¿Con qué objeto? ÍEI capitln Peterson se puso en pie; era alto y fornido, tenía una espesa cabellera casi blanca, la piel fresca todavía y el b o t e gris. A Dawson Haig le recordaba Í M retratos que había visto de M a r k T w a i aunque sólo fuese p w sus poUadas. cejas.