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t A RISA DE YUAÍÍ HEE SEE 38 Un golpe de fi iiff resonó en el piso inferior, j No, Eixcekncia! -y Aswami forzó iwia sonirtterriMnpiendo el coloquio. risa- Me alarmó solamente uno de nuestros- -Vete a tu aposento- -dijo Yu an Hfie See- -i; hambres, la noche que nos reunimos en París, es Aswami que üega. Me entretendrá, por lo me- ¿Era el escocés? ¡Hay que vigilarlo! nos, una hora. No; no era Mac lies; de ése sólo desconfío cuando está sereno. Y tengo todo dispuesto para reettiplazarle, si es preciso. Fué Kid Brown, que abajo, en el restaiirant, cambió unas palabras con II un desconocido- -A ver: cuéntan elo. -Bajaba acompañando a Franz Hartog, nuestro segíundo maquinista, a quien, por orden mía, En una pieza pequeña y cuadrada del piso ba- vapuleó por insubordinación. Y excepto unos cuanjo de ese mismo edüficio, y que aun guardando tos idiotas rusos, aquel desconocido era la única rerainiscensias características del estilo egipcio, persona que había en el restaurani. Luego, denia estaba sencillamente amueblada en plsin de oficina, siado tarde, reconoció Kid Brown ante mí la sosAswami Pasíia esperaba a su jefe. pecha de haber cometido una indiscreción. Para la cuadrilla de rufianes reunida en el resHiibo míos momentos de silencio; entonces, tmtrmt Suleiman Bey en París era solamente el Jefe Pero dlí, irreprochaWemente vestido Yu an Hee See dijo con calma: -Repíteme en palabras textuales lo que te ha de etiqueta, coronada su cabeza cofl uti turbante color vino de Borgroña, ccmvertíase en un arro- referido ese hombre, incluyendo las stóas persogante ffcullcntan egipcio. A pesar de esto, denó- nales del desconocido. t a t e nen iosidad manifiesta, mientras no quitaba ojo de la puerta de la estancia. Abrióse entonces la despintada puerta, apareIII ciendo en dlla Yu an Hee See. El segundo jefe se puso en pie instantáneamente. Aquellas callejuelas, infames por su empedrado- Tengo sumo placer en informar a Vueceny tortuosidad, que bajaban desde el muelle de cia- -empezó, hablando en francés. Yu an Hee See contestó en d mismo idioma: Marsella al barrio central de la ciudad, producían- -Traes una hora de retraso. una desagradable impresión. El color de los e li -iDeseo presentaros mis excusas. ficios daba a las calles un tono sucio y amarillento, -No las admito. ¿Cuál es la explicación? y hasta el cielo parecía tener reflejos extraños. Yu an Hee See cruzó los brazos atrás, perma- i Esto es insoportable! -declaró Elena, mienneciendo en pie en el quicio de la puerta. miran- tras el taxi daba tumbos increíbles- me arredo al egipcio con sus ojos entornados. piento sinceramente de haber desembarcado. Es muy sencilla- -replicó el otro- el piloto- -Esta frase es muy tuya, Elena; frecuentetuvo que aterrizar forzosamente, aunque, po mente te arrepientes de lo que haces; ¿no cree fortuna, sin novedad. Estábamos a diez millas de usted, doctor? -dijo íRattray sonriendoHdiópolis. Creo que esto justifica mi reti aso. El doctor Oestler, qne: iba sentatk) a la izquier- -HESO justifica, en efecto- -concedió la voz de da de la joven, golpeó cariñosamente e ¡brazo de flauta- acep o la explicación y añaiKré que si Elena. a todos los nuestros les ocurren los mismos con- -rPor lo menos, miss Kearney cambia un poco tratiempos, el desastre se nos brinda crano un la monotonía de a bordo. Ya no podremos desgolfo cerrado a la navegación. embarca- r hasta Port Said. En cuanto a este cie; -No hay pt r qué temerlo- -aseguró el egip- lo gris y a e- sta humedad, vamos a consolarnos en cio- Aquí está la lista. Puedo deciros dónde se seguida, tomando un cock- taü. ¿Le parece bien? encuentra en este momento cada uno de nuestros Es únicamente para cambiar un poco la decorahombres. ción... -Dónde deben encontrarse, querréis decir. EJena le miró, riendo de buena gana. La carac- -O a r o que algunos están en camino; pero podemos comunicar con los demás, si así lo de- terística más saliente del doctor austríaco, como había podido oteervar durante su naciente amistad seáis. -N o no lo deseo. Tú eres el responsable... con él, era una sorprendente insistencia en la adu- Y levantó su mano regordeta- oSío quiero lación. Al completar aquella larga carta a Dawtampoco revisar tu informe. Díme solamente que son Haig, que, incinyuendo unas líneas para Matt, echó al correo aquella mañana, había expi esado no hubo tropiezo. su impresión en estos términos: -No lo hubo. Excelencia. El doctor Oestler es an excelente uiarcótico: -Está bien. Quizá esté yo equivocado, pero tengo la obsesión de que en Londres todo nos salía arrulla cuando habla. Dice ¿e h? al final de cada írasej y yo le creo capaz de adular al mismo mal. Por las correctas facciones del egipcio cru- Stromboli. AI ediar la carta al correo había sentido tal zó una somlKa, no tan fugaz que pasara inadvertida a la perspicacia de Yu an Hee See, sensación de soledad y de desesperación, que hu- ¿También allí has tenido algiflia contrarie- biera querido poder volar tras ella. En aquel mornento llegaban al Hotel, en el que dad?