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36 ÍA SISA OE Yü ASF E E SSE CAPITULO XI USA EXTENSA CARTA E! R. M. S. Wallaroo navegaba a cincuenta millas ai sudoeste de Barcelona, habiendo efectuado una excelente travesía, sin más contratiempo ¡né un tiempo frío y Uttvioso. Elena estaba en el ó n de escritorio terminando una carta largtiísinia, qoe había empezado Ja víspera, ínmediaitonente s pués de recilnr un cable, que decía a s í N o olvides jne prometiste escribir. Billy Haigr Pensat echarla al correo al ll far a Marsella. Elena repasaba la primera parte de esta carta, que iba repleta tie cosas interesantes: pues la otra carilla se reducía a comentarios sobre los pasajeros más dignos de atencitSn, entre los que embarcaron en Londres en el WaUaroo, F. párrafo final, escrito la noche anterior, decía así: No creo que se pueda pedir mayor refií miento por treinta libras. Sli cabina es cómoda y se tome bien. Los oficiales son todos encantadores, y Jack ¡Rattray se desvive por atetiderme. Pero hay algunos pasajeras muy pintorescos... Decidió dejar intacto lo escrito la víspera y tomando otro pliego, continuó... Hay a bordo un nnicbacho rotiy simpático, que se llama Mr. Durham, y mira qué coincidencia: ¡te conoce! i Qué pequeño es el mundo... ¿verckd? Parece muy amigo de Charlie Wintser y nunca falta a la hora áeX cokfail... Pienso si será un oficial o in. spector de la línea; a ver si le recuerdas: es alto, coloradote con bigotito obscuro y unos ojos azules vivos y reidores. Cuenta historias divertidtsinias, y sentiré de veras el momento en que nos dej ¿r. Desembarca en Marsella. Hay luego un tal Dr. Oestler, que ocupa el camarote contiguo al mío. Va a Sidney para encargarse de la construcción de una gran fábrica de electricidad, en no sé qué punto de Australia. E. s sumamente entendido en electricidad. Creo que es austríaco: desdé ív so. feísimo y usa gafas de concha. Muy inteligente y atractivo. Jimrrry e! telegrafista, me dijo que el doctor va a ha. cer una revolución en cuestión dé radia, No sé io que querrá decir. Pero n a hay vez que yo vaya a poner un eaWe que no tne encuentre al doctor en la cabina del td rafo. Envía y recibe gran número CAPITLT XII de despachos. No hay nadie de quien poderse enamorar, o por AVES VE FAS lo menos, nadie que haya llegado, a conmovemie. En la mesa dé. ingeniefo jefe hay una mujer feísiaa. (ya sabes, m e refiero af viejo Corcoran una I especié de mariinadio- No se cónto se llana, ni pienso molestarme en averiguarlo: es una verdadeEn Iteif el Abmar, no lejos de Babez- Zuwela, ra birria. Pero, ¿no sabes? el viejo Corky ha caído de plano y todos se ríen die él. hay una casa antigí y bonita, enclavada en un Yo creo más Kén se trata de ana lagartona, a barrio típico y en pleoo ctwazóo cfel Caim, Cas? tza de lo primero que encuentre. ¡en minas por hal er pertnanecido teslrabitada u n Hav dos chinos de mal aspecto, que ocupan ca- buen número de años, enctwrtró inopinadamente marotes de la cubierta inferior. A raí me parecea chinos, pero me dicen que son siameses; lo que es gemelos no pueden ser; porque uno es pequeñíto, con ana frente muy ancha, y lleva lentes; y él otro, es alto, cwi- nn cuello de jirafa. Yo creo qne alguna vez quisieron ahorcarle y en k ar de morirse se le estiró el pescuezo, i Tiene unas trazas de bruto y de tnalo! E n el comedor los han puesto en la misma mesa, pero no hacen más que mirarse, sin dirigirse Ea palabra ni por casualidad. Es nn caso chocante Y en esta forma Elena iba llenando nrochas hojas de papel, con su letra grande y firme, cuando de pronto, un golpecito dado en los cristales de una de las ventanas de frente a la mesa, atrajo sn atención. Se detuvo con ht pltnua en la mano y miró. E r a c k Rattray, que desde cubierta, gesticulaba, eoo ambas maiHJS, señalando a popa, y ha ciendo una pantcnninia perfecta indicando con e pulgar la acción de beber. Elena te indicó, también por señas, que estaba escribiendo! P e r o él insistía, queriendo decir con sus gestos que es más urgente apagar la. sed que escribir una carta, y que esto lo podía dejar para lu Efeíia, dándole por vencida, accedió a salir; reunió todas las hojas de. que constaba la carta interminabíe, y después de meterlas en un sobre, introdujo éste en s a bolso de mano. -El doctor te saluda- -dijo Rattray ceremonioso- -y te invita a pasar a su camarote, para recetarte algo pata los nervios -Vaya una buena vitb la qáe os dais todos- -di j o Elena con fingida severidad- De todos modos, como no he bebido desffe la hora de comer, estoy dispuesta a aceptar. Bajaron juntos las escaleras, dirigíénáose a la eatóim drf doctor. Rattray se metió por las tependencias de servicio para llQ r antes, y al pasar ante una puerta abierta, Elena percibió, como viniendo en dirección de las cocinas, los ecos de un gramófono. ¿Es el úá jefe? -preguntó a Rattray que la seguíaRattray asintió, sonrienA) significativamente. ¡Claro! Está, alegrándole la vi fa a la encantadora de serpientes. -I A b t pero... ¿ese es sa oficio; Jacfc? -N o yo no creo que pueda encantar serpientes por lo que se ve... atrae elefantes. ¡Eres éf mismísimo diablo í- -dijo Elena riéitdose.