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lA RISA DE Y U A N H E E S E E 34 escupió un diente. El Cabfito sé echó sobr él, conocimiento con ellos, inducidas tal ves; por alpero al ver que el otro no se podJia. defender, no guien, pero al n o conseguirlo, se retiraron prudense atrevió A descargar va nwevo golpe. temente. Acaso M. Bailón tenía razón, y allí estaban perdiendo el tiempo. El pobre francés ya esta- ¿Es bastante, jefe? -interrogó. -N o levántale y sacúdele otra vez; levántate, ba enfermo de aburrimiento. Franz- -ordenó. Haig comprendiéndolo así, insinuó: E! alemán miró suplicante. Y lentamente se le- -i Seria posible q e alguien tomara nota de los vantó; la sangre corría por su barbilla. qué bajan de allá arriba y salen a la calle? -Anda, hombre, levántate- -suplicó Brown- ¡Y a lo creo! -respondió el otro- -si usted me no puedo pegarte mientras estés así; haz im es- permite, voy a ir a prepararlo, mientras espera fuerzo; s i n o no acabaremos nunca. ¡Pelea tai aquí. poco, hombre! -Esjjeraré- -dijo Haig, El alemán se lanzó contra su adversario, agaEn vista de lo cual eí agente francés salió del rrándolo como un oso. El Cabrito asestó un short a establecimiento. su oreja derecha, pero el otro no se inmutó, agaHaig, úa dejar de observar al camarero árabe, rrado a él. Hasta que el boxeador gritó: encendió un cigarrillo, dando vueltas sin cesar en- -i Jefe! i que me suelte! su cerebro, al misterioso asunto. Ya se había quedado solo, excepción hedía del- Te he dicho que le pegues- -contestó el aludidb grupo, cuando de pronto, alzóse el cortinón de la con calma. El Cabrito levantó los puños sobre la cabeza puerta de la escalera... Por allí salieron dos hombres, sosteniéndose muy el cuerpo de su adversario, pero el terco alemanote no terminaba ntmca de levantarse, ni dejaba tuamente el que parecía más caído, era corpulento, y txh magnífico ejemplar tetrtón. De cuando en de oprimirle brutalmente. El auditorio, al ver flaquear a! inglés, asombrado cuando escupía en un pañuelo ensangrentado. Cade tan inesperada derrota, prorrumpió en estridente minaba con paso inseguro y vacilante. Su compañero, que vestía un jersey de colorines, griterío. Los vapores del vino enardecieron el cerebro del y pantalones de franela gris, parecía colmado de luchador, y su costumbre del ring le ayudó a im- cuidados. ¿Te encuentras bien, camarada? le preguntó ponerse. Súbitamente pareció que se encogía bajo aquella presión estrangula lora, iue por momen- al terminar de bajar la escalera. -Muy bien, Kid- -contestó el preguntado con voz tos le quitaba la vida. Se ahogaba, impotente para librarse de aquel abrazo de hierro. Pero en un es- Tú te has portado, pero yo... he quedafuerzo %il de luchador profesional, pudo desasir- do bien, ¿eh? se; y mientras el alemán, rendido, respiraba conAtravesaban la habitación, dirigiéndose a la templándole idiotizado, Él Cabrito se agarró a puerta: sus piernas. Con un gancho suelto, y lanzó un di- ¿Sin rencores, Franz? recto formidable que hizo rodar a Franz por tie- -Sin rencores, Kid. Orders es Orders. rra, sin conocimiento. Haig comprendió, por la libertad con que ha- -Bien- -dijo el jefe- échalo ahí, en ese diván, blaban, que aquellos bárbaros creían ser ellos los hasta que vuelva en sí. únicos que hablaban inglés. Se cumplió la orden, y la rennión siguió en todo De todos modos, voy a meterte en un taxi- -disu apogeo, jo- y va verás; en eí Cairo ediarenios un buen trago juntos. Estaban ya en la cortina que separaba el salón del mostrador que daba a la callé, en donde la corpulenta matrona vendía café. Dawson Haig conIII tuvo la respiración y escuchó: Yo no vpy ai Cairo- -replicó el alemán- Me Abajo, en el restaurant, Dawson Haig y su ca- voy mañana á Marsella v allí embarcaré en el marada parisién, cambiaban impresiones. El fran- Waüaroo... cés, ya se había resigníido a pasarse la noche en Haig se levantó, lanzándose tras ellos. vela, pero hubiera preferido otro lugar más diverPero por su mala suerte, pasaba un taxi en el tido. Sólo una docena de clientes desfilaron por allí preciso momento de la salida de la pareja, y sólo en la hora transcurrida, pero ninguno de ellos pe- pudo ver cómo uno de ellos metía en él a su comnetró en el secreto de la puerta de la parte superior pañero; y encontró clavados en los suyos los ojos de la escalerilla. El grttpo ruso continuaba imperté- vidriosos del luchador londinense, que le miraban rrito, ante la docuencia inagotable de su orador. con desconfianza. Evidenteroente, el restantrant Suleiihan Bey, apar- -e Buscas algo, mozo? -dijo brutalmente. te de sus habitúes se sostenía por un grupo de terSí- -contestó Haig- ¿Podría usted proporciotulianos reducidí. simos. Haig y su amigo eran mi- narme un taxif rados- allí como extranjeros, y como nadie se metió Por im momento el tipo aquel pareció querer con ellos, d francés se mantuvo correcto durante sonreír; pero con adeinán foseo, respondió: ei transcurso ás aquella hora estipulada por Haig. -Créi que eras un extranjero atontado- y Si aquella casa hubiera sido sitio de reunión de acercándose a él, le escupió: ladiwes O comerciantes áe esclavos, mercaderes- -Yo no soy ningún mozo; janda y búscate tú desaprensivos, o negociantes en objetos robados, ya el taxi! era hora de qne se hubiera visto algo. Y Dawson Haig, contento de saber algo más, Cierto era que dos mudiachas intentaron trabar continuó andando hacia la Place Pigalle...