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SAX ROHMEJt n Arriba las cosas se complicaban, como resultado de una pequeña dispota. Red, el enorme sueco, había desafiado al chino One Ejre a luchar con él. Y en el centro del í atón se hizo tm espacio capaz para los contendientes; pero éstos, que por lo visto necesitaban más sitio, no se contentaron con abofetearse, sino que se dedicaron a derribar me sas y romper vasos. El chino One F. ye fué calurosameote airfaudJdo por la concurrencia, por el valor demostrado para dominar a su gigantesco contrincante, a cuya hercúlea fuerza oponía fa. astucia oriental y el conocimiento de los trucos más hábiles, goe determinaban golpes certeros, fayoreci lo por sn extraordinaria ligereza. E! sueco estaba realmente muy bebido, y más de una vez se quedaba parado a medio ataque, con visibles muestras de embri jnez. Por esta catisa, las condipiones del partido no eran l ales, ni las fuerzas estaban igualadas. Sin embargo, ni di mareo, ni! a decisión d d arbitro hicieron decaer un solo momento la animación de la noche, que transcurría en medio de la mayor alegría. El elegante jefe, sorbía café, mientras fumaba cigarrillos egipcios, y bromeaba con varios nMerabros de fa asamblea. Pero sin perder su posíciórí horizontal, entre los lujosos cojines, vigilando y averiguando cuanto le conv iia o le es ba encomencfado en relación a su cargo. Dos- invitados cantaban estrepitosamente, uno en alemán, y en portuguésí el otro. Los partitfetrios de ambos (que entonaban canciones diferentes) se sumaron al conciertOv y en medio de aqodla algarabía desc icertante, el Avispa, sacando de su manga un enorme cuchillo, saltó sobre na mesa, cayendo como una tromba encima del cantador ale man, a quien gritó: -i Eso lo cantas por mí, cochino! Alguien le tiró una botella a la cabeza; pero chocó contra la pared, cayendo hedía trizas sobre tm diván. Cesaron en sus cántiet los dos borraclhos, y el alemán echó a andar, tropezando torpemente contra taat túesa certana, que derribó con su empuje. Y en un momento y con gran serenidad, propinó una formidable patada, en pleno estómago al italianOj que dejando escapar de so mano el cuchillo que empuñaba, y dand tm aiarído de dolor, cayó pesadamente a tierra. Aquel golpe certero cansó gran efecto eii la asamblea, que lo a c ó GCHX carcajadas- salvajes, y gritos de aprobadóiti. Pero el enorme hijo de Bradembtir o estaba seriamente furioso y no se dtó por satisfecho. Desembarazándose ccimo podo de los restos del velador roto, cayó sobre d vencido, y a r r á n d o t e del cuello, rt pia: Miserables ttaEáno, voy a estrai iferteí El jefe creyó Ifegado el momento de intervenir y se incorporó en s sitio, gritando: ¡Ortiers! El alemán retrocedió vacilante; cesaron los feniás eí sus gritos y Masfemtas. El ironizante ita- 33 liano gemía, luchando por p Mierse del píe. En diez segundo todo quedó en- a n silencio tan absoluto qué se hubiera podido oír el vuelo de una mosca. Todos daban frente al jefe. Eí germano retorcía convulsivamente sus dedos gardinflc jes; no apártate sus ojos azules y briUantes de la f r a qfte tenía a su lado. La voz del egipcio resonó severa: -T e t o qué recordarte que dependes de Orders- -dijo- Toleraré esta discusión, que es la primera de esta noche. Pero de cualquier reincwlencia deberé informar a Mr. King. -i Al diablo con Mr. King! -exclamó groseramente el gerniano, mirando a el Avispa xxmn ojos asesinos... En el silencio también hay categorías. Si antes estaba ya en silencio la sala, ahora alcanzaba su iivmovilí lad y quietud el grado máximo. El jefe dirigió su mirada al qpe había hablado y a quien prestaban- su atención todos los presentes que le atusaban de Uasfemo, mascando por asi decirlo la tragedia que se avecinaba. -Esto es muy sensible, Franz- -empezó el jefe con aima. dtAlemente sensible esta noche, cuando nos reunimos de tmevo. Ño puedo tolerarlo. Miró uJiO por no a los ci ncurrentes, que SÚIMtamente apartaron la vista de él. -i Piedad, jefe! ¡La serpiente, no! i La serpiente, not No quiv hacerlo, jefe! jEstoy borracho, y cuando bebo, me pelearía con cualquiera! -Haré u i concesitm. Y feí mirada áú jefe se detuvo en la faz pendenciera áei púgB i r é s a quien llamó severamente. -jKid! (Cabrito) El altjdi k no sin cierta repugnancia, se ade ¡aató, m cnuinmdo: -í ¡Jefeí E 2 egipcio señaló al corpulento germasio. -iSaarfe a Franz por mí- -ordenó con calmar- No le hagas demasiado daño; pero enséñale a res: petar a Orders bebido o sereno. Al mágico conjuro de aquel nombre, que reemplazaba al de Mr. King, toda la asamblea recobró cfflmo por taranto su ecuanimidad. El centro del salón fué despejado en ptxros segtmdos de las botellas, papeles, vasos rotos y colUlas que lo invad a n Pero todos evitaban aproximarse al jefe. Él Cabrito, que llevaba un abrigo cruzado sobre un pidk- over de colorines, se despojó de ambas prendas, dejando al descubierto un tor, so formid fe y anos bíceps terribles, y golpeó con energía los múscttlos de los hombros. También 1 ákmán se quitó d abrigo, mientras corriendo J a sala con lá miradéi turbia y descompuesta, y humíMemente. -Gracias jefe; acepto vuestro maftilato- Y se volvió de frente al atleta. -Lo siento, camaraáa- -Sjo éste- pero... O r ders es Orders No hay ofensa por nú pa. trte... C o r e t e mío t ú sídbtis. Con tu amistosa justifiGactóit, descargó t tEreeto íenavéaSAe a la iz tiHurda de s s contrario. E l crqjido f á trompazo resonó en t o do los ámbitos de la habitación. Y eso e sas propósitos n o podían ser más conciliadores. Eraaz, vacüaute, no p o sostesieTsc e píe; levantó los brazos y cayó de rodíBas. I t e f rontt) Ptnsco m