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32 LA RISA 1 E YtF A H E E SEB J escocés se sentó re el di án, junto a los pies extendidos y pulcramente calzados del i p c i o dejando una porción de documentos, además ós un ffraí iento pasaporte, sobre na mesita. -Aquí están, ¡cíe. El hombre a quien llamaban jefe examinó los documentos y el pasaporte; entonces, abriendo! a valija que tenía en el suelo, junto a sus pies. extrajo de ella un sobre grande. Y extrayendo el contenido de éste con sus. dedos finos, primoro. samente cuidados, empezó enumerando en alta voz: -ünO: cincuenta libras inglesas- -dijo- Dos: una semana adelantada. T r e s tu billete para Trieste, para donde saldrás mañana. Cuatro: catnarote de Trieste para Alejandría. Cinco: en este sobre pequeño, el nombre y dirección de la persowi de quien recibirás las demás instrucciones. Volvió a colocarlo totlo en orden, uniendo afjueiin, documentos, que Mac lies le había dado, y sui tándolo todo con ana oma, se lo entregó s (Hiriendo. -V ahora, vete, Mac- -le dijo- -cjue es tu última noche. De ahora en adelante, dependerás de An. lers... Aíac lies, dio la vuelta y miró a través le 1 huma espeso que. invadía la estancia. Difícilmente se hubieran encontrado reunidos en parte alguna, tal cantidad de rufianes; de distintas nacionalidades muchos de ellos, poseían una cualidad con ún: todos eran borrachos. Y en cuanta a maklad, poco se diferenciaban taios de otros. Había un hombrón stKco, bizco, barbudo hasta ios ojos, al que se le conocía por Red (Rojo) Uin italiano de ojos burlones y rasgados, que respondía al nombre de Wasp (Avispa) Un chino de mala calaña, picado de viruelas, ente al que se conocía p r One Eye (Un ojo) Había, en fin, otros rufianes: negros, blancos, amarillos y i- ubios, va. ciando jarros de champagne y haciendo alarde de sus groserías, de im lado a otro del salón. KÍ gigantesco escocés se detuvo un momento frente a ellos. El jefe lo estaba observando, y vio cómo un gesto de asco alteraba aquellas ficciones abotargadas. -A Mac lies, bay que vigilarlo- -pensó. -i Estás podrido, Mac! -rugió una voz ron- -ca; i ven, gallo viejo! Aquí el tío Tom necesita hablarte. Mac lies niiró en dirección del que hablaba, que era un individuo bien plantado, con enormes narizotas- y una formidable cicatriz desde la nariz a la oreja. Su compañero, el tío Tom, era vm poderoso negro, con unos ojillos vivos y brillantes como los de un gorila. Mác lies, entrando en juego, cambió nos gritos salvajes con algunos, v se. fué derecho a la mesa de los que le habían flamado, sentándose con ellos. El negro, poniéndose en pie, arrastró hacia si, un cesto cargado de víveres. Como un hambriento se arrojó el escocés sobre todo aquello, mezclando sin orden ni concierto, caviar, gallina, sandwiches de huevo, a l m ó o a; humado y sauerkraut. -No tienes aím bastante, animal- -dijo el ex l xeador poniéndole d d a a t e un trozo de jamón de Westpalian- Toma y bebe- -y le llenó an vaso de champagne. En aquel momento entró el porti gués y todos aquellos salvajes gritaron a na: -tj Ferdy! ¿Quién te ha asu- Stado, Ferdy? ¿Te molestó alguien, Ferdy? -No creí volverte a ver entre nosotros, Ferdy. Esta áftima exclamación fué pronunciada por Brown, eí luchador iondÍHense, recibido corr escandalosas r isotadas. fsilmoteos y un estruendoso patalear como complemento de la ovación. El recién Ikgado, sonreía; niok. sto, y se fué derecho ai diván, donde estaba reclinado el jefe, cine arobservarle pensó: Este hombre tiefte miedo, Y puede fastidiarnos. CAPITULO X RESTAÜSAMT SÜLEIMA. Í BEY Abajo en el resfanrant e! político ruso continuaba su interminable peroración, sin que en su auditorio p reciera decaer el interés. En los rusos esta cualidad de devota atención influye notoriamente en el ambiente de su teatro. No aparecieron nuevos clientes, y los dos hombres que penetraron en los misterios del restanraut, no tenían intenciones de salir. Etewson Haig, se dirigió al policía francés. -Indudablemente, be visto algo- -dijo- pero no estoy satisfecho. El francés se e n c e l ó de hombros y sonrió, suplicante -No entiendo la ciase de información en que actúa, pero yo sé, que he bedio por usted cuanto he p (KÍido: y ¿cuáles son los resultados? -Ninguno. -Exactamente. -Excepto que estaré aquí hasta que e. sos dos que han entrado por aquella puerta vuelvan a salir, uno de ellos por lo menos; y entonces, les seguiré. El francés volvió a encogerse de hombros. -Entonces- -st rió- -i pedimos una botella de vino, porque me parece que tenemos para rato. -Desde luego. Oiga usted, M. Bailón; este local, ¿tendrá alguna otra salida? -Que yo sepa, no. Como le dije antes, nosotros ntaica tuvimos que intervenir aqpí. Este restaurant es conocido como sitio de reunión de po líticos fanáticos, y su propietario Suleíman Eíey, creo que es un conwni. sta turco. También lo frecuentan argelinos y toda clase de emigrados. Bailo sonrió con malicia, añadiemio; Y lo que hay allí arriba, es t robableniente ima reanióa p ítica. Temo, caballero, que está usted perdiendo lastimosamente el tienipo. -No tengo en este moBiento n a mejoc que hacer- -contestó Dawson ííaig con aspereza- y con so permiso voy a perder, por lo menos una hora más, M. Bailón.