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LA EISA DE Y U A N 3 E E SEE 3 contfó con la mirada impenetrable de los ojos mados alrededores, tenia la apariencia de un lun e o s de Mr. Polodos. gar tranquilo, con unas ventatritaS veladas por c r- -ítaenas aoches, señores- -dijo sonriente el tinas, que daban al interior suave tonalidad- Por grJegro- es na casualidad que les haya visto la puerta, abierta a la sazón, se veía tan sólo un al mardiarnie. estrecho mostrador, en donde se vendía café turn- -Sí; es, realmente, muy extraño- -dijo D w- eo al por mayor y mesior. soa Haig secamente- ¿Estaba usted muy cerca Lá nodie estasba lluviosa y retraía a los clientes de nosotros? habituales; pero en aquel momento llegaron a la ¡Oh, n o! Estaba muy lejos. Pero he leído el puerta dos hombres, y engíujándola, penetraron informe de! miisterioso suceso de Limehouse. resueltos. El que iba delante, flaco y de una palidez amarillenta, tenia una ábundaíite- melena en F! aturalmente! -dijo Hsaig -Lo que yo no sabía- -continuó Polodos- -era desorden, le color gris, bigote pf iieño y barba ue Mr. Bronsen (recalcó el seudónimo, mirando descuidada. Su aspecto era el clásico de uíi arfijamente a Kearney) era tm miembro de la Po- tista, y nada tenía de extraño que lo fuera, ya que ese barrio fué siempre frecuentado por pintores licía. y bohemios. Nkdie le coatestó, y Polodos continuó: Le acompañaba un susjeto qué bien podía pasar- -iNo es menor mi disgttsto al saber que un desgraciado espía, enviado a Limehouse (supon- por un turista americano. Cuando a! entrar se go que por usted, inspector) fué la víctima del (fUitó su sombrero flexible negro, dejó al descucrimen, por obra de cualquier sospecha infraada- l) ierto una cabeza casi rapada, ie pelo castaño obscuro, coronando una fi. sonomia enérgica, comda. ¡O h! M e conmovió profundamente... -ÍLo comprendo- -asintió Dawson Haig- la pletamente afeitada. Se cubría con un inipermeabie blanco, y a través de las gafas de conclia, bricosa no es para menos. -Sus subordinados me han molestado mucho; llaban unos penetrantes ojos azules. pero debo retíonocer que actuaron con la consiPor lo visto, el que que parecía un artista coderación compatible con su deber. Comprendo có- nocía bien el lugar, pues saludó con ia cabeza a mo asciemlen tan rápidamente. Sin endjargo, veo una corpulenta matrona, que estal detrás del q ue no hay pista alguna para descubrir al ase- nwstradór, y alzando la cortiíia, entraron ambos sino... en Un salón grande y de forma rectangular. En Lcttidres, no- -dijo Dawson Haig, clavanViejísimos divanes de terciopelo rotleaban los do su mirada penetrante en los ojos negros del muros, interrumpidos sólo por un apara lor, y más que hablaba- Y a propósito, regresó ya de allá, por unos cortinajes, que, sin duda, debían París Mr. Jo Lung? ocultar puertas o ventanas. L nas cuantas mesas P o r primera vez durante aquella breve conver- ostentaban pretenciosos manteles a cuadros, en sación, los ojos brujos de Polodos pestañearon los que se veían perfectamente los zurcidos malaligeramente, mente hechos en los agujeros que los cigarros- ¡París I- -replia j con viveza- ¿Quién dijo causaron, y completaban el adorno del flaniantc que estaba en París? restaurafit; eai el fondo, una escalerilla, en cuya- Veo que tietie usted mala memoria- -mintió parte superior se veía otra puerta, cubierta por Ekawson Haig- me lo dijo usted mismo. supuesto con una cortina. í Está usted en n error- -declaró Polodos aiSólo había en el local seis clientes: cuatro de rado- debí referirnie a otra persona. ellos rodeaban una mesa; los otros dos estaban en- Tal vez- -dijo Haig, sin darle importancia- uno de los divanes, Los recién llegados se insDfe todos modos, ¿no ha regresado? talaron a prudente distancia de estos últimos y- -No: aún no. Mucha suerte en sus pesquisas, pidieron café. inspector. La orden fué recibida por un mozo árabe, asY Polodo. hacierKÍo una ligera inclinación de querosamente vestido. Mientras se alejaba para cabeza, salió d d establecimiento. cumplimentarla, ambos miraban cuanto les rodeaDa- wson Haig le siguió con el rabillo del ojo, ba, con aparente indiferencia. El grupo de cuatio y después dijo a su amigo: (tres hombres y una mujer) estaba situado junto- -Disparé al aire una flecha, Kearney, pero a la escalerilla, y podía fácilmente calificarse, en hice blanco. ¡Jo Lung está en P a r í s! Probabte- vista k la fama del restaurmtt Suleiman Bey rrtente, está con él e! asesino. Se escaparon, has- como lugar de reunión de avalizados conmnistas. t a qiíe el asunto se olvide. ¡Canallas! Ahora mis- Uno de a (i e! ios hombres hablaba en voz bajá, con mo salgo para allá. gran solemnicbíd. Los demás estaban pendientes de sus palabras. Los dos hombres que estaban sentados en el diván erain dos tipos opuestos. Uno de ellos, flaco, moreno, podía ser portugués. Miraba constanteII mente, Con mareada impaciencia, en dirección a la escalera. El otro, que ocupaba la mesa contiEl resf imant Suleiman Bey cercano a la gua, era rechoncho, aparentaba unos cincuenta Place Pigaile, no estaba incluido en tos recorri- años y tenía lUna cara de vicioso emj edernido. Esdos Que constan en las guias de noche, como atrac- taba fumando una pipa asquerosa y se apoya 3 a ción de los grupos de inocentes turistas que visi- perezosamente en el respaldo del diván, con las tan la capital francesa. Contrastando con sus ani- manos metidas en los bolsillos de tm abrigo mi-