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SAX ROHMEK 27 Y mientras tanto, pensaba en mil cosas distintas, predominando siempre el problema más in portante, y que no sabía cómo resolver. ¿Escribiría ella a Dawson Haig- o debía esperar la llegada a 4 jarsella, por si ailfi, como él le había asegurado, encontraba carta suya? De pro to observó una coüa... Alguien, con an andar lento y pesado, andaba sobre cubierta. Mientras el ¿aseante pasaba y repasaba, empezó a tntrigar. se sobre su personalidad. ¿Quién sería Sin duda, algún pasajero desvelado y nervioso, como ella, que adoptó la decisión de salir. a tomar el aire, desesperado al no poder conciliar el sueño... E 1 LiicansaWe paseante se acercaba en aiquel momento; entonces, ella, a punto de tatninar ya su cigarrillo, oprimió éste contra el borde de la palangana, apagó la luz y cruzando la cabina, se puso a obsevar con el portillo entreabierto. Pudo así contemplar a sus anchas lo que le interesaba. El paseante era alto y se cubría con un grueso abrigó cruzado, azul inariixo. Llevaba hongo y miraba con marcado inter la puerta de aquel camarote. Tenía la piel fresca y sonrosada y... esto era lo más interesante) los ojos azules... Nada liabía. en él que inspirase desconfianza, e x c e p t o un interés por acudía cabina. é o déj a t e de llamarle ía atención. No recordaba habeile visto entré los pasajeros que subieron en el mn. He del Rey Jorge, ni le era su fisonomía conoi ida de ningún otro sitio... jQué r a r o! ferró el portillo. Pensaba en Colombo, hacía un año. cuando al cruzar el salón de baile del Müuut Lavinia, Hotel, se encontró a Jack Rattray con Im amigo suyo, que, sin saber por qué, desde el primer momento, se ie entró en el corazón por medio de aq. uellos ojos charlatanes y expresivos... S í Büly Haig era un encanto... L e escribiría t Otra vez desvelada! ¡AJi, aquello no podía ser! El detective Durham, al notar que día haWa apagado la luz, continuó por la cubierta B. dirigiéndose a otra cabina, que, sin duda, le interesitba. Se detuvo junto a la puerta para llenar su pipa y edió á andar. Abriendo una pesada puerta, desembocó a una calle que cruzaba en sentido contrario; la barandilla de madera que se veía a la izquierda indicaba el comienzo de una escalera; a cuyo pie se veía un comedor. Torció a la iziquierda, hacia popa. Una señal luminosa le advirtió que a su derecha estaban los cuartos de baño, y apretó et paso. Miró, curioso, a la puerta de una cabina que estaba abierta, y se dirigió a otra... P o r fin, salió de nuevo a cubierta, y apoyado en la barandilla, contenipló, nostálgico, aquellas extensas llanuras que indican al viajero la proximidad de la boca del Támesis. II Algunos pasajeros del buque que hace la travesía nocturna a Inglaterra (vía Boulogne) por el canal de la Maaicha. observaon con cuiosidad mía motonave gris (fue se cruzó con ellos, a gran velocidad. Y aun se hubieran intrigatlo níuclip ttiás, dé haber presenciado la llegada de aquella canoa a las proximidades de la cOsta francesa. Prot pKla por la niebla de un gris y triste amanecer, la en asrcación misteriosa, bordeando a toda marcha la costa francesa, enfiló hacia ana curva prtmunciadá iuie formalian las rocas, a modo de un pequeño puerto, junto al cual na playa ignorada tenía por fondo las dunas desiertas, que se extendían en dirección a Boulc ne. Al aproximarse a la pequeña playa accártó la iliarcha, permaneciendo la canoa con las luces a p e a d a s y trepidando, los motores perezo. sanwnte. De aquella sombría boca, que la media luz, del alba impedía distinguir, surgió en silencio un botede pequeñas dimensiones. Dos eraíi sus remeros, hombres robustos, que maniobraban diestramente, y en un n omento abordaron la embarcación, colocándose en forma para facilitar un tra. sbordo. Ante toilo, fueron caidadosaraente transportadas al bote las cinco cajitas en cuestión. En seguida, Flor de Azahar saitó, presurosa, a la barquita, ayudada por Yu an Ii e See, que la s a l inalmente. trasbordó Jo Lung. Recordaremos que en la canoa quedaron los dos asiáticos, más k í j f ¿níj que salieron de las ob. scuridades de Limehouse. Al separarse el 1 x te, dijo en chino Yu an líce See, dirigiéndose a los trip- ulantes de la canoa: (Mañana recibiréis órdenes. Una cabezota amarilla, cubierta con un gorro de lana, surgió en la cubierta de la motora, para responder, sumisa: -Entendido, señor- -y desapareció de nuevo. Se oyó el fuerte trei idar de los motores, qv rugieron, tomando un viraje, cara al Suíloeste, y dando a sus níáquinas toda la marcha ha. sta perderse de vista, la canoa misteriosa pintada de gris fué tragada por la niebla. A poca distancia de la pequeña caleta haWa una taina de madera, tras la cual se escondía una cabana, tafiiS) ién de madera. Al pie de esta vdla había unos escalones, por los cuales desembarcó d grupo que tripulaba d bote, y siguieron todos un seüKlerb, indicado solamente por tablas de madera. En d interior de aquel refugio veíanse redes de pescar y unos cuantos rentos de repuesto; al final, y en un departamento con salida al exterior, descansaba otro bote. Contenía, además, la cabana dos tarimones y na estufa encendida. La mujer, a poyando el codo sobre un vasar repleto de cadtarrO. Sj intentaba calentarse los pies, levantándolos uno tras otro sobre el f u o Yu an Hee See, cruzados atrá s los brazos, no apartaba su atención de la puerta abierta, hasta que los homibres hubieron entrado las cinco cajas. Entonces, señalando al suelo, dijo: -Pftr ahora, tienen xjue quedarse aquí. Uno de aquéllos hombres levantó diestramente unas tablas, qfuedando al descubierto la entrada de un sótano, al que se descendía por nos escalones de madera. El chinó vigiló escrupulosamente la colocación de las cajas en el e. scon (Ste, y terminada la operación, dijo a la mujer: -Veamos: no hay tiempo que perder. Siguiendo un sendero jue rodeaba la cabana