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5 AX KOHÍiI K dé manos, y tuvo que contenerse para no emplear palabras que, aun con toda la razóíi, le dieran lucrar a arrepentirse. -í Inspector! -dijo una voz desde el extremo del corral- Aquí liay na puerta, pero está atrancada. ¿La echamos atajo i- ¡Ño! -gritó Haig- Acercaos- -y sonriendo significativamente a Warretider: -Sería inútil- -dijo- La niercaneía debe estar a estas horas a buen recaudo. El gnípt de policías ganó en dos zaíicadas la oficina del piso superior. Polodos, siempre sonriente y mesurado, dijo, señalando unos libro. s abiertos sobre el pupitre: -iCuan 4o llamaron ustedes, estaba aquí, trabajantto; mi ayudante hace mucho tiempo que se nmrchó. Caramba! i j o Haig, tnirá ndole fijamente y oliendo con fuerza- ¿í í a y aquí algiin gato montes. ¿Os chanceáis? preguntó el griego con calma. Olía a almizcle, el perfume aborrecíMe para él... De pronto preguntó Haig, señalando a un aparato que había en la pared, tras la mesa de escritorio: ¿Qué es esto? -La pregunta es lógica- aprobó Polodos- pero ya habréis observado, inspector, que esta casa encierra objetos de incalculable valor. Esto son señales de alarma, muy ingeniosas, inventadas, según tengo entendido, por Mr. Jo Línng. ¿Que está ausente, no es cierto? -interrurtipió Warrendei -Desgraciadamente. Tratájáis demasiado- -tKjo Haig. -U n empleado consciente tiene que estar dispuesto a ello, inspector. Haig profundizó n aquellos ojos negros, más impenetrables que el enigma de una esfinge. Y le asaltó de pronto n deseo loco de retorcer el pescuezo a a juél redomado hipócrita, hasta hacerle cantar la verdacL- -Voy a dar un vistazo a vuestros libros, míster Polodos- -insinuó el policía. Fuera, en el barrio chino, en cuatro puntos ignorados por la policía, ardíasi lucecitas azules, sin que nadie hubiera ordenado apagarlas. Cuando, media hora más tarde, la patrulla abandonaba la casa de J o Lung. Haig llamó a su lado a Warrewder, diciéindole: Vigile por aquí y espéreme. He llevado n l este asunto. Yi se internó por las calles desiertas, liasta llegar a un corral inmundo, al que daban tres puertas por aquel corral había salido una hora antes el hombre que reía, la mujer diina y dos sombras. Las tres puertas estaban cerraáis y no se veía luz alg una. Allí había n agente de vigilatrcia a quien Haig increpó: ¿Estás completamente seguro de que no entró ni salió nadie por aquí? -Completamente seguro, inspector. -BuOTO, no te muevas- -rt ó Haig. 25 Sospechaba, con sobrada razón, que una de aquellas tres puertas era la entrada privada drf Gran Jefe. Pero sí se atrevía a forzarla, p xlía costarle caro. -Acuérdate, Bílly... que vives en un país civilizado... -se dijo a si mismo; y continuó sú cajnino. H La luz gris de uri conforta lor amanecer bañaba el edificio del Tenipie. Bueno, Matt- -dijo Dawson Hkig- me dices que te cuente, y ahora mismo te lainentabas de que te moleste. Keaméy acababa de ponerse el pijania y s nreía... Ño, hombre, n o estaba dormido. Pero te aseguro que me alegro que hayas venido: los dos esr tamos acostumbrados a trasnochar. Anda: llena el vaso y sig. ue adelante. Te (kcía- -continuó Haig- tie hubiera dado cualquier cosa por cazar a ese bandido en su misma guarida de Hhree Colt Street. ¡Eso sí: si está alli dentro, te asegtiro que no sale; están toma dos todos los agujeros. I fcsgraciadaniente, el Ratón Kjing creo que se tíos ha escapado otra vez. El monstruo de los colmillos te seguía, imludablemente, bien lo. sabe Dios, por el cuadernito... ¡S í! ¡Para destrozarte la garganta! Buena suerte has tenido de que no te pescara, pues yo también me salvé de milagro. Esos ntalos hichos, tomaron a Norvvich por un oficial. de policía, le atacaron, y al no eiKontrar en su po ler lo que bt f ca! an, fueron por ti. Matt Kcarney se estremeció y luego se sirvió más Jtñsky. -DebíaOT estar prevenidos por alguien, pues, de lo contrario, Eddy les hubiera cazado a su regreso. E. sas gentes son artistas y tienen un ingenio enorme. Y si no, fíjate en el detalle del libro ma yor, que el g rii o procuró que yo repasara... ¿Te refieres a la venta, al poco rato de salir el pobre Nonvidí y yo de allí, del hilo di: ópalo a an cliente imaginario Dawson Haig movió la cabeza afirmativamente. Ett efecto, y por la soma considerable de dos mil libras, en dinero contante y sonante- -añadió con rabia- El dinero me lo enseñó el griteo, al provocarle yo. Es listo como un demonio: tan ladino como malo. Estoy desconsolado, Keamey; este asunto es un formidable embrollo, y estoy a mil leguas de su origen. -Yo te aseguro que estoy intranquilo por las anotaciones del famoso libfito- -confesó Kearney ingenuamente. -No lo estarás tanto como yo- -dijo Dawson Haig- Esta noche me has dicho una cosa (y no aludías a ello en la nota que me dejaste) que n ha dado luz. ¡tal vez demasiado tarde! ¿Qué es lo que te dije? -Lo dé la carcajada... ¿te acuerdas? j E r a al