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24 T, A SiSA DE Y U A S HEE SEE de Scotland Yard, estaba dispuesto a desenmas- Entonces, ¿qué toce aquí en medio? Supongo que, una vez refiarada: la íraerjan cararle, costase lo que costaáé. Y volviéndose al sargento Atective Warrea- aquí, para hacerse a la mar, y no habrán salido der, que le acompañaába, exclanaó, in ügnado: por la niebJa. -Como al fin consegtd plenos poderes, de aquí- ¿Y dónde diablos irián ahora? E ¿ta no es no me voy sin registrar esta giiarida, de punta a época de cruceros. -No toreo que haya nadie a bordo, como no punta, aunque tenga que echar abajo todas las sea algiin marinero... Quizá intentaráin llevarlo puertas. En aquel momento, se abría silenciosamente el liasta Cowes. -i ¿Crees tú? Bueno: mira ai ver si puedes portón. En el corralilló se etKendió wna luz. y un p u k r o criado, levantino al parecer, se erguía anabordarla, y le echaremos un vistazo. La lancí ¿policíaca pasó de largo las barcazas. te ellos, paseando su mirada de sorpresa de Dawacercándose a la emJMrcación indicada: una ca- SOB H a i g y el poiicía que estaba a su lado al grunoa automóvil, qjae inedia unos cuarenta pies. Su po de hombres uniformados, pje pudo distinguir pintura era reciente, pero, cosa rara, de un en la callejuela. Siempre en aparente confusión, cosí la sonrisa color gris, parecido al de los barcos de guerra; nada denotaba en ella un navio de placer. Tenía en los labios, sin embargo, se atrevió a decir: cuatro luces encendidas, pero no daba señal algu- -Buenas noches, señores: me han asustado usna de que a bordo hubiera alma viviente. tecles. ¿Lfanio? ¿ASi, sí -dijo Haig- Lo siento níucho. N o déjalo; no tiene aspecto de ser peligro- i Soy im oficial de policía y traigo orden jiKJicial s a seguramente, aíhí sólo habrá vm sereno, dür- de practicar un registro en esta casa; usted indimiendo además. Sigue. i cara el camino. Pero cuando, media hora más tar el griupo j No faltaba más! -exciainó el g r i o- Peque conducía Jo Lting se dirigió hacia allí, dos ro, ¿podrá usted decirme coa qué fundamento se corpulentos asiáticos aparecieron en la proa de hace este registro? la Trtoto- nave, y ajrudando a entrar ea ella a Yu an- iPor ocultar a tin hon: á re, reclamado por y a la mujer que le acompañaba, se levantaron rá- asesinato! -íué la enérgica respuesta- Wfcrrenpidamente, ocnpásKÍose de colocar, en debidas con- der, jadelante! diciones, on buen número de cajitas, que estaban- -i Asesinato! j Qné horror! amontonadas en la popa del bote. Aquellas caSubieron un escalón de njadera, entrando en el jas contenían d opio destinado a Australia, que corralilló. Dawscaí Haig había vigilado tanto... -Ignoro su nombre, caballero- -continuó afa ¡Las sacaron aquella noche, en las tnisn s na- b ¡eme nte Polodos. ricea de la policía, y y a estaban a v o de su ¡Ni le importa! curiosidad? Temo que padezca usted un lamentable error. En la lajosísinw cámara de la moto- nave, Yu an Yo me llamo Polodos, y estoy al frente del essacó de un bolsillo de su abi %o, forradlo de ricas tablecimiento de Mr. J o Ltittg, quien, como debe pieks, un hilo de ópalos, brillantes como ascuas, usted saber, se halla en Stamboiil. Els puramente colocándolos amorosamente en ia esbelta gai jan- casual que yo me encuentre aquí esta noche. ta de su compañera. -i Trabajando? -sugirió Warrender, humorís- -Esta noche me siento generoso... -dijo. ¡Qué tico. bien te sientan, Flor de Azahar... tú, que eres- Efectivamente- -respondió sonriente el griego. toda fuego y hielo! Haig, que no había oído la conversación, se volvió al grupo de hombres que le segtáan: -En el fondo del corral, a la izquierda- -les dijo- veréis na puerta: abridla y entrad en el almacén. Allí habrá cinco cajones pequeños, facturados en Birnfingiíaní, a bordo i? M. S. WftlCAPITULO Vil laroo, coii destino a Sidney. Cuando los encontréis, decídmelo. KING SAT (E L íi. TON K I N G) -i Un momento! -dijo Polodos, ¿Qué pasa? re. 4ii mtó Haig, mientras los policías cumplían su orden. -Es que quiero deciros- -continuó el griego con dulzura- -que el sospechoso o puede ocultarse en una de esas cajas de (jne habláis. Y la puerDawson Haig oprimía nerviosamente una y ta en cuestión está siempre cerrada, porque ese otra vez el botón fcl timbre instalado en la puer- almacén n o nos perten e. Lo tienen arrendado ta del establecimiento que ostentaba el nombre, Messrs Kíng. Yo no sé lo que guardan en é! medio borrado, de jo Lung. Bstaba de on hu- pero es absurdo suponer que escomía un asesino. mor de todos ios diablos. Stts ojos azules brilla- ¿Tiene itsted ia seguridad de que sus poderes le ban de raUa. Ningún dato de iniportancia ni del autorizan a registrarlo? más mínimo interés aportaban sus hombres, Y Dawson Haig se mordió los labios, mirando a seguro de que por orden del astuto jefe se había su interlocutor. Coníprendió claramente que el cometido el asesinato en la persona de un oficial astuto griego inventaJja uii hábil ardid para atarle