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22 LA RISA E YU AK HEE SEE le Jo Lung. Y es que la Scotüand Yard, según su costumbre, dice las cosas a medias. Cuando venga el gran Dawson Haig sabremos algo tnás. Estsy deseando que Uegue, inspector, porque este trabajo de caza no me atrae lo más míninto. Aquellos contornos acabaron por quedar en el más absoluto silencio. La niebla casi había desaparecido, de manera que el más leve rumor de pasos se hubiera í) erctbído a gran distaticia. En una casacha enclavada en la esquina de cierto callejón que quedaba fuera del radio tomado por la policía que vigilaba la guarida de Jo Lung, brillaba una luz, velada por una pantalla azul. Pertenecía aqudla lucecita, que delataba a un único trasnochador en todo el barrio chino, a una ventaba del piso superior del ruinoso edificio. En el lado opuesto de un segundo camino abierto, al ual desembocaba el callejón nombrado más arriba, se deslizaba una sombra, pegada por completo a las tiendas de las casas. A! ver la ventana iluminada, se detuvo agachándose, y pareciA iue se esfunialja en la obscuridad. Al poco rato, surgió de nuevo la silueta informe, en la parte l lste de la casa de Jo Lung. Al final de ttn corralillo, al que daban varias casuchas, había otra luz ÍS) il. envuelta en una pantalla azul. Otra vez se fiuñdió en la penumbra la fantástica somtea... BTay también un camino estrecho, bordeando el límite del río, ipor la parte de Pennyfields, y desde allí, hacia el Norte, empieza otro senderito, fiue. de- seguir, conduciría directamente a Limehouse Canseway. Hubo un momento, en este último callejón, en que aquel asqueroso reptil pudo hacerse visible por el reflejo de un farol; al terminar el sendero, se detuvo vigilante. En el otro extremo se veía una luz amarilla. í 1 fantasma, aue no otra cosa parecía, salió disparado, eludiendo sus reflejos, y escurriéndose hacia un lado, se confundió de tal manera con las sombras, que parecía esfumarse completamente... excepto aquellos ojos congestionados, que, cual los de un leopardo. hriUabam en la ob airidad como carbones encendidos... Si cuando aquel iiionstrvjo cruza c sendero alguien se hubiera encontrajío con él, habría caído muerto de espanto. Hubo un momento de silencio, al que sigjuieron un silbido suave y dos notas agudas. La respuesta a esta contraseña no se hizo esperar: de la parte interior de una pared elevada surgpó una voz chillona, que hablaba rápidamente en chino, diciendo: Alt está aquí. Sigúenos deprisa. No te dejes ver. Yu an salió a la calle: a su lado caminaba, envuelta en un abrigo de piel marrón, una figurita menuda, que, de no saber que era una mujer, nadie lo hubiera adivinado. Sin mirar a ningún lado, etnprendieron la marcha hacia el río. Habían adelantado diez pasos, cuando de entre la. s sombras surgió un Iwlto, que tomó la misma dirección; casi pegado a él y encorvándose como ún mono, iba otro bulto, imposible de identificar. Esta singular procesión enfiló hacia el Tájnesis. Se abrió una puerta y atravesaron un astillero desierto. Hay que hacer flotar, como dato curioso para un buen observador el hecho de que los dos acomi añantes nunca se hacían visibles, sino que sÍCTipre caminíá an entré soinbras. Una vez en la orSia, Yu an abrió la marcáia, marcando el sitió donde unos escalones de madera indicaban la existencia del bote, en el que Jo Lung esperaba a los viajeros; se levantó solícito, para ayudarles a embarcar, y una vez hedió esto, las so mbras, una tras de otra, saltaron a bordo también. Mientras Jo Lang soltaba la amarra, cogiendo los remos, oyó que Yu an haHabá en chino, en su r i s t r o agudo y dando muestras de gran excitación, decía: ¡Pronto! ¿Cuál de los dos lo tiene? Ulna mano larga, como una garra, se extendió hacia 1 mostrándole el cuadernito verde. -i; Cuántos? -Uno. En aquel instante, una carcajada estridente, in soportable, resonó chillona, uniéndose con el crujido que producían los remos, mastiejados por Jo Lung... ¡Detente! Ete la parte alta de la corriente venía un rumor, inconfundible en laquella completa caima de que disfrutaba el viejo Tániesis entre la media nodie y d amanecer: un bote se acercaba. Jo Lung detuvo los remos, y dijo: -La ronda de la policía. En el silencio que siguió a estas palabras, el rtíntor de la barca policíaca se hizo más perceptible. -Vas a hundimos, capullito- -dijo la voz de flauta Por tu ligereza, estamos en el río a estas horas; es la ronda de las dos, que viene de Wapping, y nuestra presencia despertará sospechas. ¿Me acerco a la orilla, milord ¡Imbécil! oirían los remos. La corriente nos empuja contra esas barcazas. Sostente como puedas, y cuando llegiiemo. í a la primera, agárrate a ella con todas tus fuerzas. Si la patrulla pasa por dentro, nos darán el alto... Pero, probablemente, pasatá- n por fuera. Nos van a ver antes de que lleguemos allí- -murmuró la tnujér. -Guarda silencio, paloma, Eteseo que cidtives esa preciosa virtud. ni- Pasa de largo esas barcazas, Masón- -dijo el oficial de sfuardia de la lancha policíaca- Quiero ver de cerca aquella canoa automóvil. -l i s propiedad de Mr. Van Steyn, el sportman americano. H a esitado en reparación en él astillero de Bwlker. Cómo lo sabes -Me lo dijo Stevens el otro día; la sacarott ayer.