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20 LA SISA DE YU AK HEE SFM -Se desangra hasta morir... Pensaba en aquello que decía, pero... íamtHén estaba pensando que detrás de él, en el dorníitorio, sonó vn ligero rumor. Se levantó de un salto; era evidente que tenia los nervios excitados. Había que combatir aquella sugestión... Pero aquello de Norwich... i i. ué honible! ¿Cómo habría sido? Que una fiera se hubiese escapaiio de un parque zoól ico (próximo al Jugar de! suceso había lino) y le hubiera atacado, era posible, pero no probable, pues ningún otro rastro dejó el animal... N o la muerte de Norwioli fué un verdadero asesinato. i IndiídaMemesíte, en el dormitorio de Kearney se movía algo! Pero el rumor era tan ligero, tan suave, que de no haber tenido los nervios en tensión, no se habría dado cuenta de ello. Haig giró muy despacio sobre su asiento, y miró a través de la puerta entreabierta que daba a la alcoba. La pieza estaba solamente iluminada por la débil claridod dd exterior, que penetraba por la ventana abierta. Pero al trasluz ie esa in ventana pudo distinguir un bulto agazapado... instantáneamente pensó que no llevaba amia; Pera al mismo tiempo recordó que en el vestíbulo tenia Kearney colgada una daga japonesa, recienDawíson Haig colgó e! auricular ecáiando atrás temente adquirida por él. la silla. Un tranvía pasaba chirriando por el diContinuó disimulando, con los codos apoyados que, más allá de los jardines. Aquellos vehículos transitaban toda la noche para transportar a los en lá ni esa y la pipa entre los labios. Ck n gran trabajadores de Fleet Street Y el ruido Se per- sua- vidad, perof sin dar lugar a duda, oj- ó que abría la puerta que cibía claramente al través de una ventana abier- peco a poco, seaparente indiferencia, tenía a su espalda, Y con se levantó, ta, del dorníitorio que bahía detrás de él. En el saliendo por la puerta del vestíbulo... En cinco patio todo estaba en silencio. segundos delcolgó la daga del clavo a que es- Tiene la gargaTíta de. sgarrafla, coniio si hu- taba sujeta, no sin observar ue la luz fiel des 3) iera sido atacado por una fiera... la y u i a r pacho se apagó de pronto) la desenvainó y se seccionada... ¿Era éste el informe de Leman dispuso a entrar. Street? poco más o menos, aquellas palabras... Pero al volverse... ¡lo vio! ConTo un autómata, cogía el librito. Jdeamey, al Ni como hombre, ni siquiera como nada paredejar el establecimiento de Jo Lung, se había lle- cido a ser humano, i udo considerar al visitante, vado algo que significaba vida o muerte para... que, como por encanto, se había introducido en alguien aqudlas habitaciones. Pero, en cambio, vio al í l a i g creía conocer el nonabre de ese alguien. I monstruo que, sin duda alguna, había asesinado Empezaba a creer que lo que no consiguió en- al pobre Ñorwich. Encorvada, de bruces sol re centrar en Singapoore estal allí, entre sus ma- la mesa escritorio, había una figura enana, horrinos. La yugular... seccionada... blemente disforme, jorobada, grotesca, de brazos Ya no dudaba de que al pobre Norvrich le ha- larguísimos y manos desproporcionadamente anbían seguido agentes de ese alguien. ¡Y para res- chas. Pero... ¡la cabeza! ¡Aquella cabeza, ilumicatar aquello! ¡Aquello que tema delante de sus nada un instante por la luz del vestíbulo! ojos y al alcancé de su irtasio! Nauseas horribles experimentó a la vista de aqueEl hilo del enmarañado ovillo estaba allí: ¡ah, lla testa monstruosa, sin pelo alguno, monda cosi al menos pudiera él desenredarlo? Ya él es- mo una calavera; la frente medía apenas una pultablecimáeirto de o Lung estaría a aquéllas, horas gada, y la fiariz, en aquel rostro chiquito y nebien cercada Le esperaban a él. lEl librito, por gruzco, estaba representada por dos enormes vensí solo, constituía una prueba, amK ¡ue él reconocía tanillas. La barbilla casi no existía; sólo la indiqué no lo bastaftte conclay ente. Un arresto prema- caba una ligera curva, pero él labio superior, bajo toro Muduciría, tal- vez, a una convicción; pero, ¿y aquella nariz asquerosa, formaba una protuberansi se perdía la partida? A un oficial de Scotlaad cia infrahumana. Yard no se le ptxlía asesi ar impunenjente... había El monstruo posó sus ojos fosforescentes y que dar el golpe sobre seguro ¡Allí, sobre la hundidos sobre Haig, y éste vio entonces dos colmesa, estaba la sentencia de muerte del Gran millos enormes retorcidos, como ¡os de un i crro Jefe? Se kiclinó de nuevo sobre las páginas del fe presa, blancos y relucientes, que se curvaban diminuto cuaderno. solíre el labio inferior... Por mi instante, apoderóse de é! un miedo sobrenatural: reaccionando, Súbitaiuente, escachó atento... vándose más y más, alcanzando alturas fcicreibies en un ser humano, la mujer retrocedía en su asiento. Había resbalado de sus hombros el abrigo, quedando colgado en el respaldo de la silla. Con el vestido negro parecía nsenuda, como una muñeca. Sus dedos afilados se crispalian d é esp anto. y esquivaba, aterraífa, la mirada del ÍIMHbre que reía. i Esta oche algo d esta repugnante Inarlaterra, o dejo mis huesos en estas islas frías! i N o me asustes! imp! oró la mujer- ¿Qué es lo que esperamos? -Flor temprana- y la voz buscó modulaciones acariciadoras- un hombre inteligente sabe cuánto puede esperar. Sólo los locos huyen cuando nadie les persiarue. Te he prometido un hilo de perlas rosa dos veces niás largo que tu cuerpo. Esta es, precisamente, la dimensión de la cuerda usada en Ins laterra para el patibido...