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SAX ROHMER 19 Releyó las anotaciones. La pipa habíase apagado, y mi. éntras buscaba en la mesa las cerillas, se le vino a las mientes una posible explicación. ¿Cónio no se le había ocurrido antes? Atjudlas notas se referían al frustrado negocio de las dro gas de J o Lung. La teoría respondía casi por c mpJeto, pero no coni reiKÜa la significación en ella del B 4. auncfue tanil ién podía encontrarse la razón en la suposición siguiente: Los camarotes de cuantas personas podían jHirtenecer a la policía habían sido anotadas por el omrabaiKÍista, y como tal, había sospechado de Elena, ¡Eso era, indudablemente! Sonó 1 teléfono. Ilaig c c ó el receptor: ¡Helio! -dijo- ¿Sí? ¿Eres tú, Haig? Aquí, Kearney. Estoy en la oficina, pendiente de una conferencia de New York; pero, oye, ¿te ha servido de, algo ese librito que pesqué en casa de Jo Lung? Sí... Algunas cosas creo entenderlas, pero requieren n uchas lioras de trabajo, y alguien qiue entienda chino. De todos modos, es un buen documento; ¡Enhorabuena! ¿Vas a tardar- macho? No sé decirte: quizá una hora. -Entonces no puedo esperarte: me llevo el líbrito. i No sabes? Tengo (fue volver a Liniebouse... -i A Limehouse! A estas horas? Ha ocurrido algo terrible, Matt; ¡algo espantoso! -Qiué dices? i Norwich ha sido asesinado! i- ¡Cómo! Kearney se quedó estupefacto y sin poder dar crédito a lo que oía. ¿Norwich asesinado? EntoiKes... aquel grito en la niebla... que no supo definir... La figura agachatla en aquél quicio de la puerta... Los ojos... ¡aquellos ojos, en la trasera del taxi i No conseguía coordinar sus ideas! Tú te separa. ste de él en la esquina de l l i r e e Colt Street, ¿no es eso preguntó Haig. -Sí... sí... efectivamente. Le han encontrado jwco después, ¡muerto, a la puerta de un almacén. Le han robado todo cuanto llevaba en los bolsillos. Parecía un asesinato vulgar jx) r rolw, pero yo sé que no es así; y o sé desde que Wílson níe telefoneó, hablándome del famoso librito. Y ahora que leo tu nota y estudio esas apuntaciones, me afirmo más en que lo que buscaba el a. se. sino eran estas prtjebas que teMiro aiite mis ojos. ¡Dte txiena te has librado, chico! -Pero- -pudo insinuar Kiearney- ¿cómo fué asesinado el pobre Níorwich? Hubo una ligera pausa, y Haig contestó: Por el informe dado desde Limehouse, y que confirman en Leman. Street, ¡a causa de la muerte ha- sido una pantera extraviada. -5 Una pantera extraviada! ¿Pero qué diablos estás diciendo -Es que, egiíaj me dicen, tiene la gAtgArfta. horriblemente desgarrada, pero sin huella de arma alguna. Es una espantosa mordedura, K, earJiey. Lo. s dientes del Iwcho o... lo que sea le han partido la yugular y ha muerto desangrado, ¿comprendes? Dios quiso salvarte, imichaclio... Pero, el Widüaroo... -1 (Al IVkiUaroo va n hombre de una vez, Keamey! II La persona conociíla por Yu an y Excelencia envuelta en tm lujoso batín azul, medía a grandes pasos la oficina de J o Lang. La mujer de los ojos obscuros, sentada ten una silla, próxin a a la puerta, le observaba inquieta. El ni por cas- ualidad la niiraba- Paseaba arriba y abajo, con las manos atrás, incesantemente: sólo el rumor de siis pisadas interrumpía el silencio absoluto que reinaba en la estancia. Por fin, gruñó con su voz aflautada: -íEsos no vuelven, y esto s rnifica la muerte... pero tú, flor temprana, estás aquí sentada, tan tramquila. ¿y oué quieres que haga? -iTienes razón: ya hiciste todo cuanto humanantente puede hacer una mujer. TM vez me has arruinado. Jo Lung se arruiiíará también, y Polodos con él. Supongo que yo no me libraré- -dijo ia mujer con orgullo. -íExacto- -y después de mirarla de soslayo, añadió: Será como dices. Continuaba paseando sin parar, y tma de las veces que pasó ante la mesa de escritorio, se detuvo para mirar él reloj que había íípbre día. -í os vigilan- -dijo con su voz ridicula- -por el insignificante negocio de esta casa, Y tengo a mi alretledor gente tan idiota, q e va a poner sobre la pi. sta de los n o c i o s importantes a esos cuatro imbéciles que tenemos s iempre aquí tticima. ¡Menudo triunfo para la policía! La odiosa policía! No se deteiiía por nada. arriba y abajo... i siempre, sienípre! -Ali lleva fuera nías, de una hora- -dijo de pronto la mujer- Y en La Serpiente no podemos confiar. Si hubiera... 1- -iLa orden que tiene lo justificaría- -dijoj él otro, dulcificaiido la estridencia de su voz ¿Qué importaíicia tendría eso, desde el moirtento en que remediara la consecuencia de tu ligereza? ¡Mi ligereza -exclamó la ntujer, riéndose indignada- ¿Tenia yo que adivinar que tú habías perdido el ouadernito que aquel hontbre recogía? ¿No era l i c o que fuese suyo? ¡Eres demasiado exigente, Yuan, y debiste cuidar mejor de... tu sentencia de muerte! -Óyeme, muñeca: una mujer herniosa es siempre deseable; pero- -continuó suavememte el chino- -nmjeres hermosa. liay muchas. Una mujer que. además de sn bííleza, posee inteligencia, inlaiición, se convierte en na contpañera ideal... Cesó de pasear, y enipezó a feír... a reír como un loco; mientras la tesitura de su gritos iba ele-