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i8 t A RISA DE Y T A N H E É S E E Las laces se il an acercando. S í efectivamente, era n taxi y decidió detenerlo, auíi a riesgo de que estuviese ocupsido. Bajó de la acera, exteiídiendo el bfazo. El chauffeur, xat veterano bai- budo y gordinflón, ise detuvo: iba libre. Tiene usted buena suerte. Un caballero me pagó doble tarifa por llevarle al muelle y ahora voy a mí casa, que está en Brixton. ¿Le conviene el camfittió? Magnifico- (declaró Keamey, que no veía el momento de escapar, fuese corno fuese- Míe dejará usted en el Temple, que es donde voy. -Muy bien, señor- -ntusitó el btKii hombre- ¡Estoy de suerte esta n he! Kjearney abrió la portezuela, e x M ó un stxspiro de alivio y cayó en el asiento, daiido un s urq portazo. E 3 taxi partió a gran velocidaii Kearit girando en su asiento, miró por la vettíanilla de atrás: espantado, sólo vio unos ojos funestos, clavados en los suyos: i vea ser indescifrable, excepto los ojos, iba pegado a la trasera del coche! -I Dios mío! -murmuró Kearney. De pronto, aquellos ojos, que parecían pertenecer a uíi ser irreal, desaf tecieroíi... El taxi seguía su camino. Kearney, nervioso, volvió a mirar por la ventanilla... Ni Ma... Silencío... ¡Nada! Pero uno o dos rezagados que pasaron junto al taxi pudieron observar jtte sobre el sitio destinado a los equipajes, rebasando su nivel, se veía un bulto, que lo ntísmo podía ser una maüíata arrollada que un destrozado maletín... CAPITULO V B. 4. Dawson Haig ctMzó precipitadamente el pati 2 uelo que CMiducía a las habitaciones de Kearney. Subió a grandes zancadas las escaleras y tocó el timbre con in paciencia. Casi al mismo tiempo, el viejo portero del edificio franqueó la entrada: vivía en el sótano. El entresuelo estalja detlicado a oficinas, pero en los pisos segundo y tercero bat í a viviendas; el hombre conocia de sobra a Haig, y le dijo: -Tengo la seguridad de que se trata de algo importante, señor; si no, yo no le hubiera bédto venir. Pero Mr. Dickinsora (esto es, el jefe de Mr. Koarne estuvo aquí esperando una hora. Y Mir. Kearney ha tenido que irse a la oficina. ¿Y qué es eso del cuaderno? El librito está arriba, señor: encima del esi rítorio del Sr. Keamey, y tengí) orden de indicaije qué suba u. sted a la habítac ión. -í stá bien, WíLson conozco el camino... pt) s nn iiutos después. I l; t! g, sentado ante! a fliésa d Kearney, leía la nota que su amigo había dejado para No se quitó siquiera su blatnco impermeaüde. A t e j o le, esperaba un coche de Scotíand Yard, y un penoso deber le llamaba... Pero mientras leía, la expresión de su cara catnbiaba, reflejando itKiuietud primero, y después, verdadera excitación. El cuadernito al cual se referia la nota de Keamey, estaba sobre la mesa, a su lado. Era un anitocio de una compañía naviera V contenía, c o n todos ellos, un calendario, datos astronómicos, e t c Curioseó, intrigado, las notas escritas a lápiz que contenta. El librito era auevo y las notas breves. Algunas, indescifrables, escritas en- signos chinos; pero había otras, coincidiendo con determinadas fechas, qtie le preocuparon profundarmente. De pronto, se levantó, y quitándose sombrero e impermeable, tiró ambos al suelo. ¡t a s p i t a! eni áeaba allí u tiempo, mudio mejor que en Limehottse, 0 primero de aquellos jeroglíficos aparecía con la fecha 11 (el día que acábate de expirar) y decía lo siguiente: D. 21- -25- -32- -B. 7. -B. 4. El último número- -S. 4. -estaba escrito al margen de la página opuesta, como si fuera mta nota de última hora, ipero una línea de lápiz indicáte que ite unida a los anteriores. Bajo la fecha 13 leíanse estas palabras: iParís. Suléiman Bev s. En los tres días siguientes, el diario no contenta ilotas; pero tejo la fecha 17 aparecía lo siguiente D 4 1 Nada hasta, el 22, y en esa fecha, esto: Mcáianied. Eni el día siguiente, o sea el 23, el propietario del librito escribió algo indescifrable para Haig. Pero en la fecha siguiente, día 24, se leía este curioso jeroglífico: 18 35 N. y 41 S E Por fin, en la fecha 25, aparecía una cruz, en tinta roja. Esta era la liltima anotación. Dawson Haig retiró la pipa de u boca, y después de llenarla cuidadosanijente, la encendió de mievo: volvió a leer la ota de Kearney, buscaiído en todo aquello na segura orientación. En el librito había una hoja impresa con las fechas (anunciadas por la casa naviera) en que el R. M. S. Wnllaroo tócate puerto, camino de Bristene (Australia) Con todo deteniiniento, a pesar de tener el cerebro en ascuas, compárate ciertas anotaciones del tncmO boak con las fechas insertas en aquella hojita. La fecha 17 coincitlía con la en que el terco tócate Marsella. La 23, con la llegada a Fort- Said. Las fecíias siguientes no le intlicaban íiada, a excepción de la que. según él. correspondía con la posición del IVaüaroo en algún sitio al Sur de las proximidades de Suez. Desíle luego, Kjearney podía creer que aquello tenía importancia, y a lo mejor, t oh er la menor relación entre aquellas motas y la ruía del WaUaroo. Pero, sabiendo de dónde procedía el tal lil) rito... ¿qué debía suponer? ¡Y B 4. era el núntero del aposento que ocúpate Elena a liordo! ¿Qtué diablo significa todo esto? -se preguntó en voz alta. Volvió las hojas hacia atrás. ¡Si al menos pudiera d cifrar aqud jeroglífico! Pet era in -v posible. ¿Por qué no había aprendido cíiiflo?