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EL PUBLICO TEATRAL ES CADA DIÁ MAS EXIGENTE Q L E beneficios metálicos ha representado exactamente para el teatro su especial característica, su jK- culiar cua lidad, su hechizo llaniéniosle así? Este algo tan intangible, que constituye la esencia del teatro, trae preocupadísinios a los empresarios teatrales, iue no sabrían acertar con una respuesiíi satisfactoria. Porque lo cierto es que el teatro moderno- -por lo menos el ing: lés- -no pue le contar ya exclusivamente con su hechizo para atraer al público en cantidad suficiente para que el iii. srreso de taí uilla sea remunerador. Dejando a nn lado las sensiblerías, reconozcamos también que de este hecho es el drama el que se beneficia. Cuando recientemente la B. B. C. (Emisora Nacional Inglesa) radió una nueva versión de estudió de Nuestra Miss Gibbs, llevó ante el micrófono a un espectador del sigio pasado, ciuien- en tonos que parecían implicar un ligero reproche a los auditores modernos- -recordó cómo en su juventud la asistencia a los espectáculos del Gaiety o del Daly significaba reservar las localidades con una o dos semanas de antelación, con lo que, prácticamente, la mayoría de ellas equivalían a verdaderos abonos. LOS E S T R E N O S E N M A D R I D A M A LIA SÁNCHEZ AKlSO T FERNANIXl AGXIIR K E KK TINA TAHDH BN LA BOCA DHL. ASXO O LA SODA 1 E LA S 0 1 E SAÍNETE DB LOS SEÑORES ASENJO Y T O R A B S DEJL ÁLAMO, QUE OBTUVO EL PREMIO LOI B DE VEBA DEL AYiraTAMJENTO, Y QI! B HA SIDO ESTRESTADO CON BLTÍN BXITO EN EL TEATRO. ESP. 4 ÑOL. (FOTlj BUQUE) Así veíase que, semana tras semana, los mismos palcos estaban ocupados por idénticos espectadores que, a cada visita, renovaban el placer del puro espectáculo. Tal era el espíritu de los auditorio. teatrales de la anteguerra. Y es de notar que este entusiasmo y esta animación no estal) an circunscritos a los teatros de vaudeville o de comedia musical, con su atracción espfecial para la gente joven. Había en todas las clases de auditorios una desbordada afición al teatro, emanada del teatro mismo: bastapa poder decir voyai teatro para que el que lo dijera rebosase irje anticipado placer. Si la obra era buena, tanto mejor; pero en cualquier caso, el principal goce residía en el mero heclio de la asistencia al espectáculo, que es precisamente lo que yo llamo, hechizo del teatro La desaparición lenta, pero definitiva, de este espíritu entre los auditorios, ha marcatío durante les iiltinios años uno de los rumbos más significativos del mundo teatral. Y con ella viene un despertar unánime entre los autores dramáticos y los empresarios, que convienen en reconocer cómo los públi- i eos no se congregan ya automáticamente. Los espectáculos, propiamettte talos, no di-