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traron deseos de ver nuevos cielos y se fus a Tahiti, a filmar la deliciosa cinta Don Robinsón Crusoé, en el maravilloso marco de los mares del Sur. No hace mucho tiempo, alg- uien le preg- untó si había tenido alguna vez deseos de volver a las tablas. Varias veces- -asintió Fairbanks- -Lo que uno echa más de menos es la reacción del público. No me refiero al aplauso, sino a ese algo que, recogiéndolo de los espectadores, nos traen las candilejas; ese algo que al instante le dice al actor si ha sobresalido o ha estado mediocre, si sus esfuerzos iBerecerán el triunfo o si el fracaso coronará su actuación. El auditorio de un artista de cine es el director, y de sobra sabemos que pasan semanas, meses a veces, antes que el trabajo de uno sea sometido al fuego de la crítica popular. A Fai. rbanks le gus. taría hacer más películas, paro no puede estar en un mjsmo sitio el tiempo requerido para filmarlas. Siempre le encanta ir al extranjero, pero siente igual gozo cuando regresa a la patria. Quiere mucho a Inglaterra, quizá porque. es la tierra de su idolatrado Shakespeare. El invierno de 1932 lo pasó allí; durante gran parte del invierno antepasado estuvo en España. Nunca se pasa mucho tiempo sin visitar los países latinos, pero a España vuelve una y otra vez. Un verano dio una vuelta completa por toda la Península. Habla excelente español, y tanto en España como fuera de ella, a menudo lo han tomado por un español o sudamericano, no precisamente por su dominio del idioma, sino por su tipo tan marcadamente hispano. Adora la música y la arquitectura española; tiene en proyecto construir una nueva casa en su hacienda de San Diego, en California, al estilo de los cortijos de Andalucía. DOtTGLAS FAIRBANXS CON M. E 1 A AT. EA, EN T. 4. HITI, nURAXTE LA FILMACIÓN DE EL ROBIKgON MODERNO m 1 í.