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li mxrdaímaácuUita. ALLÁBAME scntado ia otra tarde en el hall de uno de los clubs más famosos de Londres, cuando un buen amigo mío vino a colocarse a mi lado, conteniendo a duras penas un fuerte ataque de risa. Según me explicó después, su risa procedía de una escena presenciada aquella tarde y de la cual fué protagonista un conocidísimo aristócrata inglés. A este buen hombre, no se le ocurrió cosa mejor que entrar en casa de un sastre famoso, con un corte de traje envuelto en un periódico, para que le tomasen las medidas. Él sastre, tm tanto descompue. sto, exaininó el paño, lo tasó, con exceso evidente, en cinco duros, y así se lo dijo a su client Pero si se figuró que éste había de agradecérselo, se equivocó de medio a medio. El buen viejo se sonrió sarcásticamente y añadió con aire de triunfo: i Por fin os he cogido, truhanes! Me cargáis 00 pesetas por un traje, y el paño no vale más que cinco duros! ¡Esto es un robo! ¡No volveréis a hacerme ropa! Y se marchó, la frente levantada y el paso resuelto, pero no sin haber arrojado antes con desprecio el corte de traje a los pies del asustado sastre. Esta graciosa escena me trae a la memoria el caso de gran número de hombres, que, desde el principio de la crisis, creyeron ahorrar dinero comprando cortes baratos para luego llevárselos al sastre. Recuerdo que hace unos día- s llamó a la puerta de servicio de mi casa un hombre que quería vender un corte de traje a mi criado. El género era pobre, pero extraordinariamente barato. Tanto es así que llegué a sospechar que se tratase de paño robado. Claro que nadie que entendiese algo en paños podía suponer que un traje de aquel género sentara bien. Y, desde luego, ningún sastre de categoría se hubiera encargado de la confección. En resumen, la consecuencia que pretendía deducir de esto es la siguiente; tratar de ahorrar dinero de este modo, es perderlo con creces en el transcurso del tiempo. Ya dice un refrán español, que el dinero del mezquino, anda dos veces el camino Me decía hace poco un amigo mío recién llegado de Nueva York, que a pesar de los titánicos esfuerzos de los sastres norteamericanos, la gente de dinero sigue vistiéndose con trajes ingleses. La razón, sencillísima, es que é. stos son mejores que aquéllos. Por ejemplo, el defecto de los trajes americanos está no solamente en el corte. H sino en los forros. Todos los sastres buenos conocen la importancia de un torro correcto y hábil, aunque son muchísimos ios clientes, por elegánles que sean, que ignoran este detalle o no lo aprecian en su justo valor. Los hombres que quieran combinar la elegancia con la ligereza y la frescura en sus trajes, harán bien en consuiíar a su sastre en cuanto al armazón de aquéllos. La seda artificial es, quizá, lo que más se usít para los forros, aunque hay ahora unos tejidos impermeables muy prácticos. El público sigue favoreciendo cada vez más la moda de los trajes de color gris claro, con los cuales se llevan corbatas color marrón, que hacen un con raste magnífico. Un conocido político inglés, llevaba el otro día ese conjunto con sombrero hongo y zapatos obscuros. Su aspecto no podía ser mejor hasta el punto que alguien susurró a mi lado: Si tuviese ideas tan brillantes como su indumento. sus discursos serían más dignos de atención Claro que no me está permitido descubrir aquí el nombre de este elegante estadista. Vengo advirtiendo que la gente empieza a usar otra vez botas en lugar de zapatos. Y cuakjuier mortal que se digne dar un paseo por una calle concurrida y mire a los pies a ios viandantes, podrá comproííar este hecho. Hasta es posible que los tobillos de los hombres no se avengan siempre al uso de ¡os zapatos, y se dé el caso de que muchos hayan perdido su agilidad en el andar, a causa del uso continuo de zapatos. Los tobillos se abren al aumentar la presión del pie en la planta, y esto produce los pies planos. Habrá, pues, que sacrificar el aspecto a la com- xlidad que se convertirá- -como siempre- -en moda. i Se pone de moda el sombrero de fieltro azul? He aquí una pregunta que me he hecho muchas veces, últimamente. El sombrero azul se está viendo mucho en Londres. En efecto, me decía hace poco un sombrerero ue en su opinión cuajaría Muchos hombres, argüyó tienen ojos y azules. y a éstos, sin discusión alguna, les tiene cjue sentar bien. Acaso sea un prejuicio personal mío, pero yo sentiría que este color de sombrero se hiciese popular. Nada podré hacer, sin embargo, porque vengo ob. servando que el azul priva también en camisas y trajes. -Basil Nashlcigh. iüopiiriffht Etnpirre fíervice Pre s. exphixivo pora BUAN CO Y? Jjf: RO, erx- icio