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L caso ele Paco A r e n i l l a s es sing ularísimo. Vino de su provincia lejana con enorme bagaje de ilusiones, y encontró en M a d r i d quien le allanara el camino del é x i t o El grueso del bagaje era el borrador de una novela que pronto había de hacerse popular. Triunfó P a c o por derecho p r o p i o por méritos de la obra; pero el Mecenas- un literato procer- -magnificó jubilosamente las proporciones del triunfo. E n menos de un año vendiéronse tres ediciones de i Una mujer! -Xa, novela- cóndor, en frase de un cronista dulzón- -y el autor alcanzó rápidamente las cumbres de la ceIcbritlad. Él obscuro escritor provinciano pasó, como por arte de magia, a ser el hom. bre del día: Manco de todas las miradas, centro de todas las atenciones y comentario de todas las tertulias. Pero la celebridad cobra también sus alcabalas, y Arenillas no podía ser una excepción. Así, pues, huibo de soportar visitas importunas, charlas molestas, agasajos cansinos, demandas de autógrafos, celadas de editores y peticiones de dinero. De estas últimas, sobre todo. El sablazo es una fórmula simplisita y generalizada del homenaje contra el que no existe inmunidad. Al pedir dinero a una persona se la reconoce j erarqUiía económica y literalidad; y el rendímiento de esta doble pleitesía suele ablandar las voluntades. Otro grave peligro para los encumbrados es el asetlio de las damas, que se sienten atraídas por la notoriedad como las maripoisas oor la luz. ¿Qué artista, por modesto que sea, np guardará de sus días de triunfo d reciíeríio de tinos ojos y de una caricia de mujer? Entre las felicitaciones que recibió Arenillas por la publicación de su libro hubo una carta en la que, a vuelta de grandes elosr os, se leía: Si la protagonista de su novela la ha tomado usted de la réa: lidad, me agradaría conocerla; si la forjó su deseo como expresión de un idea desearía conocer a usted. Porqiae pienso y sufro como ella, salvando, naturalmente, las exaltaciones líricas de la fantasía del autor. Suya afma. Clara Fuente Y al pie el nombre de una bella ciudad de Extremadura. Poco tardó nuestro hombre en averiguar que la firmante de la carta era una joven guapa, rica y huérfana. Por lo que no es de extrañar que el novelista triunfante cayese en la red tan hábilmente tendida ni que unos meses más tarde la gentil admiradora viese satisfecha su vanidad de mujer, mandándose poner en las tarjetas: Clara Fuente de Arenillas. -Corrió el tiempo en la dulce placidez de una vida honestamente burguesa y el amor de los esposes floreció en unas nenitas TMbias, lindos brotes de rosal materno en pienítud primaveral. La casa era una bendición de Dios. iClara, estaba orgwjlosa de Arenillas y satisfecha de su cariño, aunque un poco celosa de su talento. Tenía miedo a las sugestiones de amig os y libreros que le incitaban a escribir. La celebridad que la llevó a él era ahora su, rival, y contra ella esgrimía los recursos de mujer inteligente, de esposa y madre amantísinia. El, por su parte, estaba enamoradísimo de O a r a y sentía adoración por las hijas. Holgábase también con el cuidado dé la hacienda, qife prosperaba bajo su dirección. Sin embargo, en ocasiones dejábase invadir el ánimo por la nostalgia de los días de triunfo. Y era en estos momentos cuando la esposa ponía en juego todas las seducciones de su encantadora femenidad sin- que el marido- -psicólogo de laboratorio a d v i r t i e r a los temores que la embargaban. Una mañana le sorprendió escribiendo. l -Qtíé haces? -le dijo, colocándose a su espalda- ¿Otra novela? -Sí; otra... Ofra mujer. ¿Será posible? Pero, ¿has medido la dificultad del empeño? Reflexiona que va a serte muy difícil superar tu primer éxito. -i Crees tii? Lo temo. Piensa que, si no superas el éxito de Una vmjcr! te abrumará el fra-