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mar él extranjero? Pero, ¿es que puede una nación de pundonor, dar por hecho y admitido que se divida el mundo en dos mitades, el extranjero de un lado, apto para la cultura y el progreso y la justicia, y nosotros por la otra, aceptando como hecho normal que en el extranjero ocurra como función natural lo que no se da en nuestra patria? Imposible seguir un día más con ese de- V rfotismo; con esa aceptación de depresión y esa renunciación a entrar en filas. No se remedia el nial negando el hecho y cayendo en la opuesta extremidad y en la extíemosidad consiguiente. Pasamos- pero ¡n o! nada de pasamos pasan- los que aceptan esa especie de incapacidad endémica, pasan de un extremo al otro, y dan en decir, patrióticos, que no hay nadie en la tierra ni en el cielo que nos pueda dar lecciones que a nosotros no hay quien y que como nosotros no hay nadie. Tan obtuso y tan estéril suponer que somos de madera inferior como que somos de madera inigualada, excepcional y exclusiva. Los hechos son los hechos. C u a n d o un hombre que aquí vive en precario se va de aquí y alli triunfa, señal de que halló donde fué lo que no encontraba en su patria. Y cuando esto no ocurre con uno, sino que ocurre con diez, con Veinte, con casi todos, es caso de vergüenza nacional v de reaccionar cuanto antes. Es un caso de vergüenza nacional porque indica que vivimos pobremente, sin gustos y sin c r i t e r i o sin arranques ní atención para lo que vale la pena. No basta amar el arte; hay que comprarlo; no basta glorificar, hay que recompensar; hav ciue pagar; hay que demostrar con hechos que preferimos un libro o un dibujo a una cena mundana con champagne y cuatro cursilerías. ÍQue leemos, y tío de prestado; que compramos el dibujo, la pintura; que no nos importa p a g a r para recibir cultura. Los elogios en metálico decía aqud. Indjidar ble. Y no ya porque Jos elogios no valgan, sino porque el que no SANCSHIS YAGO K E TRATO rae AÍDA ICLEHART