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r tranquilas del Caspio. El general ÑekrasojEf abandonó un día la región de Finlandia. Poco después llegiaban otros lionifcres annados que se apoderaron de los edificios oficiales y colocaron sobre ellos enormes banderas rojas con extraños simbolismos. Dijeron que eran delegados del soviet, que había triunfado en toda Rusia, y que iban a organizar la nueva República deirtro de la Unión Soviética. Los representantes del pueblo finlandés condenaron la llegada de a udlos hombres, que iban a perturbar la tranquilidaíl de su región. Si en R u s i a había caido definitivamente el antiguo régimen, ellos pedirían su independencia, porque no querían ser soviéticos. Ellos que ¡rían seguir viviendo sumergidos en las tradiciones de su historia y en la paz de su vida: como un remanso más de aquol país. Cuando las decisiones de los fineses fue-