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ta mentirijilla! Y adivinaba, con intuición fla charla, pero que acompañaba con una infalible, porque algunas almas tienen el mirada en la que fiabíá el deseo de atraer privilegio de saber leer en otras, vagos mo- a la Verdad a un alma en derrota. tivos de tristeza que asomaban a los ojos- -Ahí, idonde la tienes. Sor Felisa es ver- inquietos de su sobrina. daderamente feliz cuando contempla los- -Tienes que ver nuestro patio- -le dijo nuevos capullos en flor, íe sti rosal blanco, de pronto, tomándola de un brazo para con- o cuando uno de los niños enfermitos le ducirla por las galerías deíl claustro- ¡lo envía una sonrisa de gratitud. Feliz es de tenemos ahora cuajadito de flores! ver prosperar al niño, y renovarse el rosal- -Madre, me canso de ver flores, i siempre todas las primaveras, porque ella lo cuida y son las mismas! lo poda todos los invierno feliz porque- -Pero criatura, ¿qué manera de pensar au niayor alegría está en llevar al altar las es esa? ¿Quién puede cansarse de ver co- rosas recién nacidas, como lleva en humilde sas bonitas? Después verás nuestra capilla; ofrenda las rosas de sus continuos sacrihacemos cuanto podemos por que la prima- ficios. Sor Felisa ha aprendido a ser feliz vera entre a raudales en ella, ¡ya verás! recreándose en la obra maravillosa del SePenetraron en el patio, inundado de luz ñor. Muy triste, muy desgraciada fué su suave, blanquecina. Una profiísión de mace- ¡vida auteriofl, más miiralla ahora, ¡cómo tas, colocadas aiquí y aJlá con delicado arte, sonríe, mientras contempla la hermosa flor le daban una nota vibrante de alegría y que tiene entre las manos I color. Et el centro había una fuente, rodeaMarta vio la sonrisa de Sor Felisa. Aqueda de una sencilla pila Ie mármol. Con- lla no era una felicidad fingida, sino real, fundiendo su blancura con las de la piedra sincera, absoluta. No quizá la que pudiera y la luz, una paloma regocijábase en el satisfacer todos los anhelos, pero, indudacalorcillo de su amigo el Sol, y la suave bri- blemente la qué existía realmente, sin tacha sa estremecía las puntas de las cofias de ni nube, en aquel corazón que antes había Sor Teresa y Sor Fellisa, cuya blancura padecido y conocido tantos dolores y amarcompetía, orgullosa, con la de la paloma. g: uras. Pero aun tuvo la rebelde Marta una frase- -El Señor para todos tiene un consuelo de desdén en su pensamiento íntimo: murmuró Sor María. -j Cualquiera diría jue son feilices! Marta calló, en lutíha con sus pensamienAlborozadas de alegría al verla. Sor Te- tos. Siguieron paseando ipor la hermosa resa y Sor Fejisa se levantaron para salu- h- uérta, resplandeciente de nuevos verdodarla, y ella correspondió con la sonrisa de res. El cielo se irevestía con los suaves tinsus días mejores. Luego Sor María la llevó tes multicolores del atardecer, que iban cuhacia el fondo del patio, que daba a una briendo poco a poco su manto de d a r o azul. huerta- jardín. En la brisa flotaba el; x erfuíne de llas rosas, -Ahora vas a dar un paseo para ver que hablaba de paz, de reposo espiritual, nuestras hortalizas y más flores, ¡muclias de fe. Marta senitía la angustia de un remás! ¿Cómo haríamos si no, para renovár- mordimiento y de na pena. Miró a Sor selas a diario a nuestra amadísima Vir- María y después de contemplar todo aquegen? llo con arrobamiento, excOamó de pronto: Son ustedes felices. Madre? -i Es infinitamente hermoso todo lo crea- -Todo el que procura estar ail lado de do. Madre! ¿Puede ser desgraciado quien Dios misericordioso lo es, hija mía. pueda oír el trinar gozoso de un paj arillo, -Entonces yo no lo seré nunca. Madre. observar en éxtasis la sonrisa de un niño o el nuevo capullo del rosal favorito, como- ¿Por qué? Sor Felisa, como todas ustedes? ¿Y gustar- -Porque no tengo esta vocación. -No importa. Cualquiera que sea tu po- la fruta delicada y jugosa; abrir muy gransición en la vida, siempre pti les acercarte des los ojos para ver si abarca en ellos todo buscarle a El. Nunca, te x- erás desamparada. el azul intenso del mar y todo el firmamento- ¡Cuánto quisiera yo sentir algo de esta estrellado o toda la inmensidad de azulina del cielo? ¿Quién puede ser desgraciado al paz tan pura de que gozan ustedes! Pues es muv sencillo, hija mía; ora, contemplar esas cosas? ¡Oh. Madre! ¡Qué eleva tu pensamieiito hacia El, pídele ayi -mala soy y cuánto lo he sido con mi constante murmuración, con mi desdén, con mi da y consuelo, que nunca te faltará. -Creo que no hay felicidad posible en ceguera! i Ampáreme el sublime Creador este (mundo. Madre, donde tocto es feo, contra el más ruin de todos los pecados: triste, y más que nada, aburrido, ¡oh. el de la ingratitud! Y un sollozo terminó aquel espontáneo e t aburrido! -i Mira Sor Felisa cómo contempla su inesperado clamor de la que, al fin, habíase rendido ante la belleza infinita creada por la rosal! Algo ambigua parecióle al pronto a Marta divina bondad. Sor María sonreía. Un alma más, aunque la coDitestación de Madre María. Más pronto había de conocer su significado, al es- fuese hacia El por distintos derroteros, tecuchar el relato que con voz breve y suave nía en sí desde aquel instante el germen reposada, dejaba caer lentamente de sus fructífero del supremo consuelo. labios, más acostumbrados al rezo que a Elizabetb Bilbao Langridge. (DIBUJO DE BAUDmCH)