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jardín, realzado por una afilitri aiiada vefja y todo ello formando una esiwcie de islita en una de las barriadas más populares de la ciudad. ¿Qué encantos encontrarían aquellas desgraciadas en el eiicit- rro entre cuatro paredes? ¿Cuál no sería su aburrimicínto, cómo matarían el tedio de 5 as interminabÜes horas del día cuandíí ella, Marta, con totlos los elementos necesarios para una vida grata, no acertaba a hacerlo? Las oompaciecia. Si triste era su vida, ¡cuál no sería la de aquellas infdices, enterradas vivas! i Dichoso mondo este 1 t f m -i i In Mfn Sor María tuvo para su sobrina una acogida rebosante de dulce alegría, pródiga eii cariñosas frases de bienvenida, que halagaban a la (amargada y tenían la suavidad de un bálsamo, el consuelo de una caricia mística. ¡Cuánto tiempo sin verte, hija mía! i Cuánto tiempo! ¡Pícara, que no se acordaba para nada dic ella, ni de Sor Teresa y Sor Felisa, ni de tíos niños asilados! Marta procuraba disculparse: tenía mucho que hacer, sus amigas la llamaban de un lado para otro, sus obligaciones sodalcs no la dejaban tregua para nada. Y los ojos nt fros, profundos, de Sor María la mi ralban sonrientes y cuajados de indulgencia. ¡Cuan-