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M ARTA Salústegui todas las cosas y de t i r ó con un todas las ilusiones, con gesto de desla desesperación del pecho, sobre la mesiespiritu ante su territa frágil, el pesado toble impotencia, con el mo de aventuras poliagotamiento d e l a s ciacas que hacía meenergías físicas y modia hora hojeaba con rales! ¿Valle de lágrimarcada indiferencia. mas? Más que eso, de No eran, desde luego, zarzales, de escombros muy a propósito ¡para de amargura. ¿Qué una muchacha i oven, había en él que merede delicados g u s t o s ciese la pena de ser femeninos, estas fanadmirado o saborea, tasías desbordadas de do? Todo producía la un cerebro atento somisma sensación de lamente a retener la cufiosidad del bené- hastío, de tristeza y de aburrimiento. volo lector; pero de poco tiempo a esta Marta había luchado en vano contra la parte, parecíale a Marta que ni libros ni invasión perniciosa de aquel estado de ánilabores, ni ocupación alguna, buscada u obli- mo, producido por la decepción amorosa de gada, podían contener parsr ella materia un ano atrás, que había dejado marcada en suficiente de distracción. Respecto a Jos pri- sus labios una sonrisa tenaz de esceptisnio. meros, habían pasado por sus manos los Había acudido a todos los recursos conocimás primorosos destellos de la literatura dos en el clásico lenguaje del consuelo, castellana, rima antigua y moderna, prosa, para dar siempre con las misnías respuestas, verso, mediación, romanticismo, filosofía, et- definitivas y secas: ¿4 cfiwi bon? ¿Resignacétera. De todo había saboreado un poco, ción? Consuelo de tontos; ¿conformidad? y ya, como último recurso contra la tenaz Lo. mismo. Nada había en el valle tenebroso enfermedad de su eterno aburrimiento, ha- que mereciese la pena de ser visto y gozado. bía acudido, sin esperanza, con un gusto la- y riada en las a t u r a s cuya contemplación mentablemente prosaico, a las narraciones no cansara como cansaba todo. Y Marta se espeluznantes de crmenes y heroicidades fo- aburría, se aburría... lletinescas. Pero Marta no podía leer aquello; como Y ait tirar el libro sobre la endeble meIhacía tiempo que no podía leer nada, porque su atención y sus sentidos volaban lejos, sita, había obedecido al mismo gesto con muy lejos, siemipre hacia horizontes tristes que despreciaba y descteñaba todo. Y mudias y nebulosos. Marta se aburría, se aburría in- veces quería sonreír y no ipodía, porque en finitamente, con una nostalgia morbosa, con su alma no entraba la divina tontería de la neurastenia agudísima. Dejábase abismar en resignación. Y sin embargo, aquella maííana diáfana la negrura de sus pensamientos y nó se esforzaba por elevarlos a regiones más altas; de mayo, a) l filtrarse los rayos deJ sol temdejábase mecer en la melancolía de sus re- pranero por la venitana entreabierta, sincuerdos y nada hacía porque los momentos tiendo su agradable picor en una de sus presentes se pareciesen algo a aquellos. Era mej illas, Marta tuvo una extraña sensación pereza del alma, pereza de los sentidos, pere- de nuevos optimismos, una esperanza preza del corazón. Marta había sufrido una vez seÁtida, lejana, confusa aún, pero que sería y se encerraba, hostil y muda, en su ensimis- bienvenida si llegara a cristalizarse en reamamiento, que la protegería contra los nue- lidad, porque Marta, pese a todo su negro vos azares del destino. En Marta habíase pesimismo, en algún rinconcito de su coraapagado la sonrisa espontánea y franca, por- zón maltrecho, albergaba la esperanza de que toda ella sufría el tomientoi de la rebel- ser feliz un día, Y dióle aquella tarde por ell capricho (iía, traducida en frases y pensamientos despectivos hacia cuanto la rodeaba. ¡Qué estú- inusitado le visitar a sü tía. Ja Reverenda pida era la vida! ¿Dónde estaba su sentido? Madre Superiora del convento sombrío y ¿Por qué había lágrimas en ella, y suspiros desitartalado que alzaba su negra y pesada y sinsabores? Su ruta era bien fatigosa, su mole entre unos cuantos raquíticos álamos, monotonía sin fin, con la eterna muerte de cuyo conjunto tenía pretensiones de parque-