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de tan decantada dulzura y aroma; y e ¡letrero en francés, claramente indicaba que aquella golosina procedía de Parí. s. ¡De París! que hasta hacía poco tiempo solo había sido para nosotros el sitio de donde venían los juguetes más bonitos, más complicados y más caros, pero que comenzaba ya a presentarse a nuestros ojos de adolescente como la fantástica ciudad de las continuas diversiones y los refinados placeres. Todas estas impresiones, rápidamente sentidas, hubieron, sin duda, de dar al traste con la firmeza de nuestro reciente acuerdo; y sin tomarnos el trabajo de derogar su observancia, como la calle de la Luna, que recorríamos en aquel momento histórico, resultara a la sazón punto menos que desierta, nuestras manos se encontraron en el bolsillo del paquete, y en un segundo salieron dueñas cada una de un ejemplar de la ignorada golosina. Voló por los aires la ligera envoltura de papel de plata, brillante y quebradiza, como suelen serlo la ilusiones, v apareció a nuestro. s ojos una bola negruzca y almibarada, que nos apresuramos a llevar a! a boca, Al primer bocado nos miramos esttjpffacíos. y con una mueca que comenzó en puchero y acabó en carcajada, arrojamos al suelo el pedazo restante. En el portal de enfrente, una vieja, ¡una bruja! sentada ante un hornillo que sostenía una holla monuiriental cuajada dt agujeritos en su tercio inferior, pregonaba con voz cascada, a la que las circtmstancias daban un sonsonete sarcástico y burlón: ¡Calentitas... a perra grande, ¡c ilentita Llegamos tarde a clase, y naturalmente, no entramos; pero el Diem p erdidi de Tito no pudo, en justicia, sernos aplicado, porque expericiKe passe science, según un proverbio francés más tarde aprendido, y aquel día nuestra verdadera profesora fue la negra. i La negra! que sólo por siete pesetas, a más de darnos la primera lección de francés, nos enseñó compendiada la ciencia de la vida... moderar los deseos... desconfiar de las apariencias en todas partes, y muy especialmente en la cjprte... ¡Quién sabe si esta lección nos libró en el porvenir de muchas tentaciones y nos ahorró no pocas pisetas! -i: SbsSii, 3i, O de sabor tan amargo como aquéllas, atractivas e incitantes, en el escaparate de la Compañía Colonial. Y es que aquel día en la calle de la Luna, al morder el primer trozo de marró dimos, sin percatarnos de ello, un mordisco a la experiencia. Y su fruto, amargo siempre, resulta amar ¡Castañas... Entre las muchas que lue- guísimo para paladares de quince años. go, andando el tiempo, me han dado gratis J. Sánchez- Guerra. individuos y colectividades, recuerdo pocas i