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rrero mongol o- acercándole lo más posible a Europa- -un Zar de Bulgaria ue guardase en sus maletas, tatuadas por todas las aduanas del mundo, el traje de Emperador de Bizancio para el sueño bélico ie la toma de Constantinqpla. En toda persona hay algo conv iiceníeniente agresivo y guerrero- -no militar- en sus ademanes desbordados y tajantes; en sus manazas hechas para empuñar pesados alfang es o hachas de abordaje sobre el tapiz verdoso de la China encrespada y antigua: en ese torso de dolmen que se niega a reducirse a la dictadura liberal y blanda de la americana negra Desvencijado w enorme, parece una torre que va a venirse abajo sembrando de terror el paisaje. Viajero de la redondez de la tierra, Keyserling se encontró a sí mismo en Oriente, al que intuía desde Europa. Por ese secreto afán de disimular nuestro fondo insoibornable, el. conde habla del mundo oriental con cierta indiferencia, casi frivola: -Oriente no es interesante- -me dice- A mí, por lo menos, nunca me interesó demasiado contra lo que pueda parecer en una lectura suiperficial de mis cosas... Yo soy un espíritu rabiosamente occidental. Oriente me parece divertido... Esto es Oriente: tierra divertida... Pero usted habló demasiado de Oriente para que yo me quede tranquilo con esa contestación... ¿Cuál es, al menos, su teoría del sentido oriental? Kei seriing cruza las manos sobre su nuca y contesta: Vamos a entendernos: yo soy un hombre sin teorías, un hombre sin programas. Creo que vivimos un período de intuición. La reflexión fué preparatoria para el reinado de la intuición. Sólo lo intuitivo es lo- que cuenta en nuestro tiempo. Por intuición se encuentran los tres grandes movimientos del mundo contemporáneo. ¿Que son... -Primero la influencia de y mérica: la americanización. Segundo, la corriente bolchevista, que es netamente oriental. Tercero, el destino de lo español. El renacimiento misional de España, esperanza de Europa... ¿Y de la americanización, que opinión tiene usted, conde? Que ha contagiado ciertas zonas débiles y frivolas de la sociedad europea, asi corno no he encontrado, en Buenos Aires, por ejemplo, la tan debatida influencia francesa que todos admiten y que yo, le repito, no encuentro fuer? de un barniz completamente superficial. -En la oüin ón optimista que usted, que- rido conde, tiene de nuestro país, ¿qué papel juegan los. fenó. nienos revolucionarios. El de acontecimientos fatales y prep. tratonos para el renacimiento del genio espanol, en el que creo con toda firmeza. No a pesar de sus convulsiones, sino quizá por ellas, España encontrará su auténtico destino. El conde apura un vaso de Z J isk ny. (Til vaso número seis de este ratito. Luego, como recuerde mi estancia en Alemania, dice: -1 Cómo habrá usted sufrido en Berlín! Por ué? -Alemania es encantadora y Berlín insoportable. Yo no cono zco allí nada más que a una sola persona: mi dentista. Hablamos en casa, de Ernesto Giménez Caballero. En estos salones de la casa de Ernesto, de un estilo ferroviario, Keyserling, con los invitados en su honor- -Salaverria, Juan Pujol, Ledesma Bamos, Conde de Eoxá... -atruena las paredes con sus risotadas tremendas. (Tremendas, sí, porqtie todo él es eso: tremendo. Tiene también algo de Rasputín y de Henry Baur, el segundo Jannigs del cinema. Es extraordinario. De vez en cuando dice una frase sutil y nos hace el efecto de Atila adivinando a Osear Wilde. De pronto tiene ademanes femeninos y nos hace pensar en la Reina de Saba con perilla. Dos romanticismos sacan a flote a este hombre: el occidental y el oriental; pues bien, después de esto, Keyserling tiene mucho de estoico. De estoico imiperfecto, pero de estoico por barroco- -el estoicismo es barroquismo o no es nada. Sus afirmaciones demasiado concretas para un literato, son muy vagas para un filósofo. Se abalanza sobre los conceptos como sobre la batalla del wiskhy o sobre los pollos a Jos que llama pajaritos. ¡Es conmovedor! De Keyserling hay (lue escribir siempre cuando ya se ha ido. Esta es la cuarta vez aue viene a España a hablarnos bien de España. E. n eso se nota perfectamente que es extranjero. Cazador admirable de paisajes y sombras, de haber nacido en nuestro país, se podría decir de él lo que Eugenio Montes ha dicho con difícil elogio de Giménez Caballero: que es el escritor que mejor juega a la rana. -A pedradas de intuición Kevserling fué apag ando los faroles de esa estimación, seriota de ¡a geiite demasiado grave, y encendien, do estrellas de milagros en el cielo revuelto de lo que pudiéramos llamar la poesía aplicada a la razón. César González- T uano.