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El ermitaño de la Sierra de Guadarrama. N o te a p r e s u r e s a s a l i r de d o n d e q u i e r a Que e s t é s p a r a i r a o t r a parte. S A N- A N T O N I O S E flagela? ¿Lleva cilicio? No se: lo hemos preguntado a José- Jiménez de Diego, el ermitaño más próximo a Madrid. ¿Qué más penitencia üe haberse insertado en la montaña? ¿Qué mejor muestra del dolor de haber pecado que recluirse en la inmensidad de la Naturaleza, pudiendo disponer de la libertad entre las paredes de un salón de la vida moderna? En la sierra es feliz? Verdad es que por la noche los demonios rondan su cabana, celosos de su bien; pero no es menos verdad que él sabe espantarlos con el aventador de la fe y que por las mañanas, cuando préseJita al sol: conio un trofeo su cuerpo vencedor en la batalla de las tentaciones, el sol, en pago, alumbra las huellas de faunos fugitivos sobre la nieve que rodea su choza y el aroma del romero que le sirvió de cama sube al cielo con el de sus virtudes. No es, -sin embargo, Un ermitaño de leyenda. Aunque los perros le lamen las manos y los demonios huyen ante Ja ofensiva de sus oraciones, José Jiménez es un ermitaño a la moderna qtíe se oprime con báñelas las pantorrillas, que lleva l) otas de agua, que se toca con un sombrero negro, en cuya badana se adivina la marca de una sombrerería de moda; que luce- una chaqueta de pana, en cuyo ojal se advierte la falta de una diminuta concha, como distintivo de su condición eremítiica, y que como única concesión al pasado se deja crecer una barba en la que el privo se cobija irreverente. Quizá rece en estilo telegráfico, y hasta es seg uro que preferirá la porra de goma al agua bendita para ahuyentar a los diablos; pero es lo cierto que en todos los actos de José Jiménez preside una unción evangélica, a la que en vano asaltan tenaces los recuerdos de una vida azarosa y se mezclan poco respetuosas algunas prácticas del Tercio de Extranjeros- -porque este cruzado de la irturt ha guerreado en África, formando en las filas del Tercio de Voluntarios- No le abrirá un león su huesa con las uñas, como a los monjes de la Tebaida, pero se la abrirá un pastorcillo compasivo que, en competencia con sus cabras, trisca por los alrededores de la ermita y que es el contertulio único de este aprendiz de santo que se incrustó en la sierra con su bagaie de arrepentimiento y que en su mezcla de piedad y resabios mundanos, con la misma fe que rezó un Padrenuestro durante la acción de Tifaurín, lanza una pedrada salvaje al impcrtimo que intente turbar sus salmos matinales. El infornia lor tiene que entrar en plena sierra para encontrar a este ermitaño, que ha fijado su residencia sobre una montaña que se asoma a un precipicio. Hemos abandonado el coche a poca distancia de Manzanares el Real, cuando las imponentes mi es de La Pedriza han impedido al vehículo seguir adelante; hemos caminado por senderos inverosímiles, hemos atravesado sobre un riachuelo una sospecha despuente que ha puesto a prueba nuestras condiciones de equilibristas, hemos trepado por rocas pulidas e inaccesibles y hemos llegado, por fin, cerca del LA BRMITA QDB SE AUZA SOLITARIA ENTKB IJIS PBSAS...