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QUE ES COMO UNA TABERNA DE BANDIDOS DE UNA PELÍCULA YANQUI pero se aviene- -la comida ya abre un paréntesis más democrático- -a compartir unos macarrones a la italiana de los que aborrecen los amigos de Mussolini. En verdad, pese al italianismo; que pregona la minuta, los fideos tienen un marcado acento de las ramblas. Bjanguli, catalán metódico, buen padre de. familia, ya ha cenado en su hogar y se limita al café, que menea en la taza y se va bebiendo a sorbitos, parsimoniosamente. Nosotros no somos higienistas, comemos a prisa y pronto le damos alcance. Ya son cuatro las tazas de una cosa que, como decía Ricardo de la Vega, el sainetero inolvidable, llaman café, está caliente y hasta sabe bien... ¡pero que no es café! La comida hecha no deshace la amistad, como en el proverbio, y pensamos en cumplir algo los cuatro juntos. -Pues que ya estamos aquí, itstet, don Felipe, y itstet, don Leandro- -opina- Brangulí- yo creo que debemos hacer una página para BLANCO. Y NESRO, que es nuestra ohligasió. Una informasió del barrio chino, por ejemplo. Será moU interesante. ¡Yo iré en calidad de perro! -dice Vis. caí. Y echamos a andar los cuatro ramblas abajo. Brangulí asegura que fué Paco Madrid, el periodista y autor dramático, quien bautizó con el remoquete de chino aquel barrio pintoresco de la Barcelona vieja. -Paco Madrid, que se llama Madrid y es de Barcelona, ha inventado, naturalmente, un barrio chino... sin chinos. Si lo dejan, su periódico La Noche hubiera salido por la mañana- -exclama, riendo, el pintor. j Oh, hay muchas cosas curiosas! -insiste el fotógrafo- Es un barrio de gente maleante, de mal vivir, de ladrones... -Y por eso está bien decirle el barrio chino- -dogmatiza la experiencia reporteril de Blanquito- porque los ladrones llaman chino a la hojita de navaja guíete que llevan apercibida en una caja de cerillas, y usan para cortar el lado izquierdo de las americanas, y llevarse el corazón de la cartera. A esa operación le llaman los ladrones chinar Yo pienso en los mil presos que acaban de echar de la cárcel, y me corre por la espalda un escalofrío de miedo. Junto al: antiguo Principal, se abre tenebrosa y misteriosa la calleja del Arco del Teatro. Está, casi desierta y la desconozco, pues que la vi muchas mañanas, convertida en mercado, a pleno sol, toda barriolada de colores vivos; la plata reluciente de las merluzas, las pupilas glaucas y negras de los racimos de uvas, plurales como los. ojos de Argos, y el verde claro de las lechugas, y el verde esmeraldino y caliente, como, esmaltado, de los pimientos, y los cuernos amarillos de los plátanos, y el tono ladrillo de las zanahorias, y la sangre venosa