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EL, HOMBRE QUE CAPTABA EL GUDP- STR- EAM dada, y en medio del solemne silencio los labios del Señor pronuncian estas palabras: -Ocupar la mitad de mi trono. IV- -Oye, padrino, ¡qué feo es todo esto! ¿No te parece? -No, criatura; es original y no carece de grandiosidad. -Bueno, pero no puede compararse con el Kreisker de Saint Pol- de- León ni con nuestras demás iglesias de Bretaña... Aquí no hay más que culebras por todas partes... ¿No te repugna vivir en medio de esos bichos, aunque sean de piedra? Con la cara levantada y las manos llenas de barro húmedo, Roberto indica con la barbilla la pared más próxima, ante la cual, encaramado en un andamio, a dos metros de altura, trabaja Santiago en el modelado de un friso decorativo. La pared, construida con una piedra ligera y porosa, está llena de nichos, en los cuales, enroscadas y con la boca abierta, en actitud de amenaza, se ven serpientes en altorrelieve. Iluminada por los haces luminosos de las lámparas eléctricas, la sala rectangular en la cual se hallan trabajando el pintor y su ahijado parece totalmente consagrada a los reptiles, cuyo nombre lleva el sacerdote Cohuatl. Hieráticas culebras se alzan en los nichos o desenredan sus anillos en las molduras y en los frisos. Doce columnas monolíticas sostienen la bóveda, rodeadas por gigantescas boas. En el trono, sobre una plataforma de ocho escalones, y hecho de oro macizo verde, se. enreda el cuerpo de una culebra enorme que con la boca abierta domina la altura del dosel, como una sorprendente v amenazadora cimera. Sus dientes marfileños brillan a la luz eléctrica, y sus ojos de rubí lanzan destellos sangrientos. Santiago, en lo alto de su andamio, suspende la labor un momento y deja vagar su mirada por aquella horrible arquitectura decorativa. Luego, bajando la cabeza, responde con afectada indolencia: ¡Cuestión de costumbre! Hoy estás muy nervioso, muchacho; dame más barro, en vez de pensar en las... serpientes. El artista se inclina para coger el cubo que le entrega Roberto; sus cabezas se acercan, y Santiago aprovecha la circunstancia para decir en voz baja y precipitadamente -i Pon cuidado en lo que hablas! Ya te he dicho que aquí, más que en ningún otro sitio, las paredes oyen. De nuestra apariencia de sumisión depende la posibilidad de salvarnos. -Enitendido, padrino... ¡Malditos, micrófonos! -contesta el muchacho, entre dientes también. Y luego, con su voz natural, añade- Te di. eo eso por comparación, pero ya comprendo que a ti debe apasionarte. -Has acertado, Roberto- -contesta el pintor en voz alta, y sonriendo a su protegido con expresión de complicidad. Luego se vuelve hacia la pared y reanuda el trazado de una ornamentación geométrica, mientras tararea tranquilamente, aunque no tenga tranquilidad alguna, para atenerse a la táctica convenida. Después de las manifestaciones del hombre a quien todos siguen llamando don Agustín, Jouber no pudo contenerse y tuvo un estallido de furor; Santiago rabiaba de celos y Juanita de pena y de desesperación. La primera que recobró su estado normal fué la muchacha, para suplicar a sus compañeros que no dieran el espectáculo de sus sentimientos imprudentemente a quien, por medio de sus aparatos de acústica y tal vez también de miradas ocultas vigilaba, de seguro, a sus prisioneros. Celebraron consejo apresuradamente, en voz baja y sin aspavientos, y adoptaron, por iniciativa de Juanita, el único acuerdo razonable: aparentar obediencia. -Con los locos no se puede discutir. Ese hombre es un loco, un loco sabio, un loco formidablemente armado por su misma ciencia y ciegamente servido por unos fanáticos, que le consideran como a una divinidad omnipotente, a quien hay que obedecer con devoción. Tenemos que fingir que acatamos su voluntad. -i Juanita! La muchacha recalcó: -Todo lo que se le antoje. Y ante el estremecimiento de rabia de su prometido, conteniéndole con el gesto y con la mirada, aclaró: -i No me crees capaz, querido Santiago, de defenderme, si llega el momento, contra los caprichos de ese alucinado? ¿Sí? Pues entonces escúchenme ustedes. Las proposiciones que ls he hecho deben ser aceptadas así disfrutaremos una libertad relativa, que nos es indispensable para preparar nuestra fuga... Finjamos los tres que nos hemos quedado suspensos de admiración ante su gran obra; finjamos doblegarnos ante lo que el profesor Girol llama el genio del Señor -No creo, Juanita, que te resignes a ser considerada por ese miserable como la futura emperatriz de sus quiméricos dominios. ¿Por qué no, si gracias a esa ilusión nos salvamos todos? -La comedia encierra muchos peligros- -se aventuró a decir Jouber. De ustedes depende que sea tan breve, que no llegue a ser arriesgada. Han pasado ocho días desde la anterior escena; ocho días, durante los cuales la fingida sumisión de Jouber y de Aubry parece haber convencido al que es, o se tiene por descendiente legítimo de los Soberanos aztecas; ocho días que han aprovechado bien el oficial y el pintor. Uno y otro han manifestado tanto interés hacia el trabajo que se les encomendó, que el Señor está satisfechísimo de su ingeniero y de su artista