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EL HOMBRE QUÉ CAPTABA EL GULF- STRBAM esclusa a su aso. Usted, que viene de Europa, ha podido veir allí los efectos de la operación. El Oficial se extremece. -Pero, ¿cómo ha podido Girol poner su ciencia al servicio de una cosa tan espantosa? -Ya le he dicho a usted que Girol no sabe para qué le utilizo. Se figura que está edificando un continente nuevo... Una arruga profunda surca la frente del marino, en cuyo cerebro se agitan las ideas en una especie de pesadilla; Casi convencido por la seguridad con que habla el mejicano, murmura: ¡Es usted un monstruo! ¿Y Hernán Cortés? ¿Opina usted que era un ángel? -Condena usted a los seres humanos a los más crueles martirios... -Mi abuelo Guatimozin, tumbado sobre una hoguera, dijo: ¿Y yo? ¿Estoy en un lecho de rosas? Hace cuatro siglos que ocurrieron esas atrocidades... -El Libro Sagrado de los blancos dijo, hace ya dos mil años: Los abuelos comieron agraz, y los nietos tienen dentera... Ante. esta lógica de salvaje, Jouber baja la cabeza. Durante unos instantes goza el mejicano de su triunfo; luego, seco y autoritario, declara: -i Y con esto basta! Hago lo que se me antoja. He condenado a Europa, y ejecuto la sentencia. La casiialidad les ha librado a ustedes de esa ejecución; son prisioneros míos. No tengo que dar cuentas ni explicaciones de nada. Me deben ustedes la vida, y ya veré yo lo que hago de ella. -Si nosotros lo consentimos- -le interrumpe Santiago, que no había dicho nada hasta aquel momento. -Lo mismo da que quieran o no. Aquí soy el amo, y doy órdenes. -Pero no es obligatorio obedecerlas. -i Sí, lo es! -Puede uno rebelarse, escaparse... -De aquí, no. ¿Cree usted que está sobre la tierra? Pues desengáñese, señor artista. Todavía no es terrestre mi reino; es submarino. Los tres prisioneros se estremecen. -Están ustedes bajo el golfo de Méjico, a cuatrocientos metros de profundidad, en el centro de una ciudad edificada en el subsuelo del mar; ciudad única, al amparo de la cual he instalado todos los perfeccionamientos de la ciencia moderna: talleres, laboratorios, fábricas, todo lo necesario para realizar la Obra Grande, colocándolos en el seno de una ciudad azteca auténtica, piedra por piedra; la propia ciudad religiosa de mi gran sacerdote Cohuat! cuyas armas familiares, las serpientes, decoran el Coatepautli. la pared de la serpiente, reproducción exacta de la que los españoles destruyeron el día del saqueo de Méjico... En esta ciudad submarina tengo mi guardia, mis servidores, mis devotos y mis obreras. Yo, Cohuatl y cinco de sus sacerdotes somos los únicos que conocemos las cerraduras secretas de las puertas que van a dar al arrecife- muralla creado por mí, al continente inmediato y a las cámaras de salida de mis buzos. Es forzoso renunciar a toda idea de evasión. No volveréis a ver la luz del sol hasta el día en que haya acabado yo con Europa y haya salido de la nada el continente llamado a ser sede de mi imperio... Don Agustín hace una pausa como si quisiera dar ocasión a alguna pregunta más ele sus prisioneros; pero éstos se encierran en el mutismo. En vista de ello sigue el mejicano: -No soy un vengador, un destructor únicamente. Soy también un creador. Ya comprenderán ustedes que la incalculable fuerza del Gulf- Stream, detenido en su corriente, llegaría a ser un peligro para mi Méjico si yo no organizara ese hervidero de agua abrasadora. En este punto debo también mis ideas a los descubrimientos de otro sabio francés, del doctor Charcot. Ese río de calor, desviado de la criminal Europa, lo llevo, no al Norte, sino al Sur; le precipito al asalto de las nieves eternas que cubren las tierras vírgenes que estudió iCharcot, y le obligo a derretirlas. De sus estéri. les costados saco el macizo continente del Polo Sur y lo convierto en una isla inmensa, rica, fertilizada, en la cual implanto la nueva civilización, rejuvenecida poF mí. ¡Dentro de pocas semanas usaré el título de Emperador de Méjico y del Sexto Continente! Los tres franceses siguen callados después de cambiar rápidas rhiradas. Es inútil discutir con aquel hombre, que puede estar loco, que puede ser un loso terriblemente armado, entre cuyas manos la vida de los tres está pendiente de un hilo. Lo que puede haber de cierto en la extraordinaria aventura cuyo desarrollo expone él con orgullo, sólo es dable verlo con una condición la de simular obediencia. Este es, evidentemente, el único medio de desvanecer sospechas, de encontrar a Roberto y a los marineros y de organizar una evasión que, después de todo, no debe de ser imposible. ¿Se da cuenta don Agustín de lo que ocurre en la imaginación de sus prisioneros? ¿Se figura, por el contrario, que los ha convencido? La burlona sonrisa que vaga por sus labios es tan enigmática como toda su persona. El tono de su voz vuelve a ser natural. -Dicho esto, termino. Señor teniente de navio Jouber: sé que es usted un apasionado de la electricidad, un especialista de los más hábiles y más ingeniosos. Necesito para un trabajo urgente un ingeniero electricista, pues el que tenía aquí murió hace poco a causa de un exceso de curiosidad y por ahora sólo tengo obreros. Le ofrezco ese puesto. Trabajará usted a mis órdenes, y si responde usted a la idea que me ha hecho