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GRAN C i i J M C A S 1) ¡L d o C l I i b A U MUNDO ho Subrayado en Ja Semana ECIDIDAMENTE yo me haría sevillano, aunque nada más fuera por la condición, para mí esencial, que tiene Sevilla: la de su clima, que acaricia de tal modo, que, en ocasiones, más que clima parece mano de mujer. En Sevilla, y en octubre, da gusto vivir, y uno experimenta ese resurgimiento de cuerpo y del espíritu por que atraviesa todo ser humano cuando llega la primavera. Ha pasado la Semana del Uruguay y comienza la de Chile. Al hablar de aquella nación, desde Sevilla, sería injusticia literaria no nombrar a su enviado extraordinario y representante. Me refiero a D. Carlos Reyles, autor de ese libro titulado EL embrujo de Sevilla, éxito grande entre los éxitos y que ha valido a su creador las alabanzas todas, hasta las del más intransigente grupo de nuestros intelectuales. El Sr. Cruz Conde, en el cambio de discursos pronunciados al inaugurar el pabellón del Uruguay, pidió fuese nombrado el Sr. Reyles hijo adoptivo de Sevilla. En realidad, esta petición era una deuda pendiente de la ciudad sevillana con su más moderno cantor. Las Diputaciones han forzado, últirnamente, a andar de cabeza a los periodistas. En honor de ellas se han celebrado homenajes y fiestas en Sevilla. Lo más significado fué la gran comida, seguida de baile, que les ofreció el Ayuntamiento sevillano. De la comida no hablaré, pues sólo tenían en ella puesto los personajes del sexo fuerte. Al baile, en cambio, asistió una muy lucida representación femenina, que utilizó el reciente comedor, de tonos rojos, como salón de baile, y bailó a los acordes de la antigua orquesta del Palace, de Madrid- -los Ibarra- que ahora actúa aquí a diario en el Alfonso X H L Aparte de las visitas naturales a las instalaciones de la Exposición, la gente más distinguida va por) a tarde hasta ese mueüle del Guadalquivir donde está atracada la Santa María, nave romántica y exacta reproducción de la otra Santa María famos; i del descubrimiento. Los oficiales de esta carabela son jóvenes, amables y, como bue- D nos marinos, saben hacer muy bien los honores de a. bordo. Cada uno de ellos, en su turno de guardia, son, pues, muy visitados. Obsequian con un vinillo generoso tan viejo como la auténtica Santa María, cuya vida a bordo tratan de copiar. Hoy, toda muchacha que se estime en algo de Sevilla, guarda, entre sus juguetes de cotillón, dos recuerdos forzosos; un clavo y una cinta de marinero de la Santa María. En el Parque de Atracciones, la montaña rusa acapara lá máxima emoción de las gentes. Desde fuera se la ve precipitarse en uno de sus grandes declives, entre un estrépito de hierro y unos inevitables chillidos de mujer. Inevitables. ¡Ay, sí! Las señoras mujeres no pueden prescindir de un agudo y taladrante dhillido en lo que, al fin y al cabo, sólo es emoción por pasatiempo. En cambio, luego, en las verdaderas emociones, cuando el momento de peligro llega, salen del trance ofreciendo a la luz una de sus manos y diciendo con el tono más seguro: De mañana no pasa. Tengo que avisar a la manicura. i Ay, jeroglifico con faldas que siempre ha sido y continua siendo la mujer! Y aquí, en Sevilla, jeroglífico todavía. más incomprensible por la manera de expresarse. Hablan de prisa, hacen banquete de la mayoría de las letras que debieran pronunciar y no pronuncian, y por si fuera poco, silban las eses. ¡Un verdadero lío! Pero, con todo, tan graciosas, tan vivas, tan armónicas en los movimientos. ¡Lástima que no salieran un poquito más de sus casas para dejarse ver! Entonces serían perfectas. -Y eso que ahora vivimos en el período de máxima agitación- -me asegura un sevillano, al que me quejo de tal ocultación sensible. Y yo pienso en lo que será Sevilla en época de paz, con sus calles moras, sus celosías y sus rejas. Y, sin querer, evoco también el rincón de Levante donde yo nací, J. Spottorno y Tópele.