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ACTUALIDADB S tancia. A este abuso, que pone en grave compromiso, rebasando la jornada de ocho horas, a las funciones, en sección doble, del estómag; o, contribuye el furor homenajeísta que se traduce en verdadera banqueteomanía, Y esta es una deplorable costumbre, que no se observa en todos los países. úeii mm píritus, que solían presentarse indefectiblemente a la hora de la sopa. De ahí el temor al mal de ojo. Consecuencia de tales supersticiones debe ser la frase ¡Que aproveche! que dirig- imos con más o menos buen deseo al que está tragando, exclamación que, en sus orígenes, demostraba la ausencia de mala voluntad por parte del que llegaba, hacia el que comía. Es muy posible que los adornos en los platos y en los vasos antiguos tuvieran el valor y la significación de amuletos para ahuyentar a los malos espíritus; los pueblos primitivos ilustraban estos utensilios con alegorías de dioses o de animales, y viceversa, y en la Edad Media, con imágenes piadosas. Cuando el miedo a los demonios fué pasando, la costumbre de comer en privado vino a convertirse, por la fuerza de la costumbre, en prueba de buena crianza. Porque, en aquella época, los espíritus infernales se metían hasta en la sopa, y antes de comer era prudente hacerles la señal déla cruz, para que no cayeran de patitas en la escudilla, como ocurre ahora con las moscas en las casas de huéspedes baratas y en las fondas de las estaciones, en la época estival. Luis Gabaldón. (DIBUJOS DB XAUDARO) Porque aunque parezca mentira, hay muchos pueblos que consideran el comer como una cosa fea e indigna de toda persona de buen gusto. Un intrépido explorador, Walkein Shombergarneim, por más señas, aunque sean de difícil retención, refiere que los indígenas de las selvas sudamericanas le miraban cuando engullía un buen trozo de carne, como a un hombre falto de principios, a pesar del de la carne, principalmente porque comía a la vista del público. Entre los esquimales, los hombres comen separados de sus mujeres, con lo que se hace difícil que los matrimonios mal avenidos puedan tirarse los platos a la cabeza. Aun en los pueblos civilizados, o que están a punto de civilizarse, no se reciben, durante el yantar, más visitas que las de mucha confianza, o las de los que se presentan decididos a quedarse a comer, aunque no los hayan invitado, buena señal de que un pueblo es culto: la gorronería. Estas costumbres, según los que están en el secreto, tienen probable relación con las primitivas ideas del miedo a los malos es-