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L A M TJ J E R Y LA CASA los tiempos en que hubiera deseado vivir. Cómo eso? -V olvenios a la moda p a r a d i s í a c a V o l v e n i a 3 a pasos agitjantados. A n t e s se lio j e a b a n con cierto ruboroso temor las revistas alemanas que reproducían escenas de playa que se nos anto 1 a b a n pecaminosas. Linas c u a n t a s muchachas cuyos traje- i de baño llevaban eí pantalón por encima de la rodilla. Luego el cine nos ha dicho a ios e u r o p e o s lo que ocurría en Palm Beach, en Miami, BLI esas playas favorecidas por la mirada de los paganos dioses... P o r ú l t i m o los que vienen deí Lido nos cuentan de qué modo una huma nidad despreocupada llena las calles de bañadores y pijamas. La mvasión se acerca ya la tenemos en San Juan de Luz, en Biarritz. pero lo encantador es que el traje de baño va prolong- ando suavemente su influencia durante todo el día y ya no es solamente la mañana, es la tarde, y pronto será la noche, en la fiesta del Casmo v tomando por pretexte cualquier cosa... el naturismo mismo, si no encuentra a mano nada mejor. El bañador pronto será el traje único de la humanidad. Vea usted; las mujeres deportivas lo adoptan entusiasmadas; las que no son deportivas se acogen a él también con resolución heroica, y los hombres, que, di, gan lo que digan, somos unos imitadores en cuestión de indumentaria, van siguiendo- ¡cómo no! -los pasos de sus compañeras en este suave declive... tengo razón? -Acaso, pero no me explico la causa de sus preocupaciones. -Mis preocupaciones son dos. Una, la de haber llegado tarde a este moviiuiento simplicista, y haber perdido completamente la línea, en forma tan irreparable, que todos los baños turcos y los masajes del mundo no harían de mí más que un pobre pelele semejante a un globo grotesco... -Usted exagera. ¿Y la segunda? -La segunda es de orden general. Si la moda futura se decide de un modo determinado por el maülot, y lo que hoy ocurre en las playas no es más que un adelanto de lo que en breve ocurrirá en las ciudades, ¿dónde irán a parar las industrias suntuarias con que hoy viven miles de fa- milias y en las que naciones enteras tienen su más brillante ingreso? ¿Q u é harán los modistos, las costureras, los fabricantes de tejidos, las sombrereras, los zapateros, el día en que el g o r r i t o de caucho, el maülot y las s a n d alias sean todo el lujo de las mujeres? ¿Se ríe usted? -Con la debida consideración a sus canas, sí, señor; me río. Y por qué? -D i c e Havelock Hellis en su estudio sobre La evolución del p u d o r que la Emperatriz T e o d o ra, escándalo y resplandor de Bizancio, d e s d e ñ a b a todo el lujo oriental por el placer de lucir sin velos sus p r o p i o s encantos, y que en esta forma se presentaba incluso en aquellos espectáculos públicos en que cualquier otra coqueta hubiera multiplicado los adornos y las galas. -Sí. ¿Y qué? -Pues que el autor añade que la Emperatriz no llevaba sobre su persona nada más que una tiara, con que cubría sus cabellos; pero esta tiara, seguramente, tendría más valor que todos los terciopelos, brocados, estofas y púrpuras que llevasen las más suntuosas damas de su corte... El día en que el maülot fuese el atavío de la humanidad, los sastres y los modistos se las ingeniarían de manera que medio metro de tela de goma, o de simple punto inglés, costase más dinero que los más complicados guardarropas. Ño se me había ocurrido. De veras? -Pero ahora acaba usted de darme una nueva preocupación. Voy a almacenar trajes de baño para mis cinco hijas, antes de que llegue el alza. Así como así, no hay miedo de que se apolillen. Los últimos modelos consisten en una especie de enrejado tan sutil como el traje de Berenice. Por poca tela que quede de aquí a entonces, ¿está usted seguro de que no les parecerá demasiada? -No sé. Hasta el quinto cock- tadl no me encuentro en condiciones de adivinar el porvenir. Maiilde Muñoz, (FOTOS VIEAI.