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BRÍGIDA Y SU BODA en que decimos: Todo esto es por mí y para mí: estos cánticos, estos trompeteos del órgano, estas flores, estas luces... voy a pronunciar en voz alta una promesa solernne Les asegnro a ustedes que en un día asi somos como las tímidas novias de otros días. Yo ya no podía más. Hubiera querido, sobre todo, que se callara el órgano, que los suizos dieran más suavemente sus golpes de alabarda en el suelo... Luego me olvidé de todo al encontrarme en el altar, adornado con rosas blancas, ante el mismo altar querido de mi primera comunión. Allí estaba Dios, dispuesto a bendecir nuestra nueva vida. Arrodillados, juntos, Gaspar y yo, esperábamos en la callada fiesta de nuestras almas la bendición divina que santifica el amor. Don alegre, don sin restitución posible. Cambiamos promesas y anillos de oro. Eramos libres, y no lo somos ya. Somos uno de otro, para siempre, hasta en la eternidad. ¡Qué gusto me da oír que Gaspar reza conmigo, como yo, mejor que yo! El será mi guía, mí sostén, para eso es el más fuerte, el más cristiano, el más sabio, el verdadero jefe de un hogar, cabeza de familia, cuyo retrato ideal describe el sacerdote que bendice nuestra unión. Toda mi emoción se desvanece, se diluye en la oración... Ya no siento más que una confianza suave y alegre. Al recobrar mi jovialidad vuelvo a ser como era. Tengo una sonrisa para cada una de mis damas, que la esperaban con ansiedad, al presentarme sus huchas adornadas con anémonas para que eche en ellas mi donativo. Aquí está Emilia, que dentro de un par de meses celebrará también su boda; aquí está Mercedes, mi querida Mercedes, para quien la felicidad no es de este mundo, y que sueña con otros desposorios; las hijas de Fabricia, envanecidas como ellas solas por el papel que desempeñan en una boda elegante y por los lindos trajes que visten. Aquí están, por último, María y su hermana. Chonchón, que es muy sensible, tiene los ojos como puños; María... ¡vaya! María está muy correcta: lleva mangas hasta los nudillos, un chai de tul rosado alrededor de los hombros, no mucho colorete en las mejillas y observa una actitud discreta. No puedo menos de cambiar una mirada de malicia con Gaspar, porque recuerdo nuestra última disputa de novios: Ya ves que no había inconveniente en que viniera me dicen los ojos de mi esposo. Y yo le contesto de la misma manera: ¡Siempre tienes razón. picaro I En seguida volvemos a nuestro recogimiento. Estoy segura de que todos mis convidados se mueven para ver mejor a mis damas. ¡Hay tan poca compostura en las misas de bodas! He pedido a diez personas de toda mi confianza que recen por mí con devoción, y siento que sus diez plegarias se unen a las nuestras, y ascienden hacia Dios entre la dulce voz de los violines, los sopranos y los niños cantores. La muchedumbre puede cuchichear, ponerse de pie en las si- llas, i no me importa! Estoy segura de la leal conducta de mis diez devotos. No necesito decir que Mercedes figura al frente de ellos. En cuanto a María, ¡bastante es que haya observado una actitud correcta! ¡Pobre María! No afirmaré yo que tal discreción haya durado mucho. En la recepción siguiente a la misa, noté que se había vuelto a pintar de ocre las mejillas y de carmín y negro los correspondientes sitios de su desenfadado rostro. Además, se quitó el chai y bailaba y flirteaba locamente. Así y todo, entre copa y copa de champaña, vino a decirme, jovial y amable: -Tú sabes que te quiero mucho. Perdóname si te hice rabiar alguna vez. Yo la besé- -con precaución- -en un lado de la cara pintada de ocre y le di un ramito de azahar. -Te deseo una felicidad semejante a la mía. Se quedó pensativa. Gracias, Brígida. Yo no valgo cinco céntimos; esa clase de felicidad no es para rhí. Y se separó de mí para seguir bailando. Recuerdos de antaño... ¿Se parecerá aún la señora de Hauteville a Brígida? ¡Qué raro hace esto de llamarse señora y de vivir la propia novela! ¿Por qué terminarán en boda los novelistas sus interesantes relatos? A mí me parece que es ahora, en la boda, cuando comienza la historia. Como dice no sé qué autor en una obra que no me han dejado ver, en la carrera de las antorchas: nuestros padres nos transmiten la llama y nosotros hemos de conservarla brillante y viva hasta el momento de entregársela a otros. Continuamos las tradiciones preparamos el porvenir. Somos una partícula de la Patria. Merced a nuestros esfuerzos, ésta puede ser mejor y más bella. No quiero que nuestra felicidad sea egoísta, ni con un egoísmo a dúo! ¡Cuánto tarda en volver Gaspar! Va poniéndose el sol, que tiñe de rojo las peñas que hay en medio del mar azul. Dentro de poco será de noche; me estremezco bajo mi ligero vestido blanco. ¡Ven a mi lado. Gaspar! Quiero decirte todas las ideas serias de tu Brígida; ideas que ascienden en el ambiente vespertino con el aroma de las rosas, y que pesan demasiado para llevarlas yo sola. Oigo su paso rápido, desigual- -mi amado marido cojea un poco- Su brazo rodea la cintura de Brígida, que intenta aparentar enfado. ¡Creí que ya se había usted olvidado de su esposa, caballerito! Sus ojos son tan luminosos como el extenso y tranquilo mar. En voz baja repite: Mi esposa... y luego pregunta: -i Qué has hecho este tiempo que estuviste sola? Le enseñé el cuaderno viejo. -i Historia! Filosofía! No te rías! Escribí mi historia, tu historia, nuestra his-