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BRÍGIDA Y SU BODA co. Mamá está ya lista, muy guapa; ¡le sienta tan bien el color gris plateado! ¡Pobre mamá querida! Llora como el día de mi primera comunión, cuando vestía a su hijita, que no sabía moverse dentro de aquella falda l a r g a ¡B a s tante más larga que ésta de hoy, ciertamente! La señorita Curruca, la modista. flor, en el cual parecen gotas de rocío los bordados de plata; con su manto de corte, hecho con encajes antiguos, que adornaron a mis abuelas desde hace un siglo; tul vaporoso, sujeto en torno a la cabeza por una guirnalda de candidas flores... i Cómo suavizan mis facciones e s a s n u b e s de tul, y qué trémula se lia y da unas puntadas con seda blanca. Ya estoy dispuesta. ¿Soy yo, yo, de verdad, Brígida? Que se vayan Curruca, y Arturo, y todos... mamá inclusive. Quiero quedarme sola con esa joven desconocida, solemne, misteriosa, a quien veo en el espejo de cuerpo entero. Me intimida, de puro bonita que está. Cubierta de satén, que se abre como el cáliz de tma otra vez, la bella novia vuelve a ser niña... ¡Mamá... Nosotras, las muchachas modernas, nos las damos de valientes; aseguramos que no tenemos miedo a nada; pero el día en que vamos a recorrer del brazo de un padre tan conmovido como nosotras la nave de una iglesia, en tanto que centenares de pares de ojos nos contemplan y nos examinan; el día