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GRAN MUNDO CALENDARIO T LUNARIO La Sábado. Vida B r e Ve Eran los rojos los que conservaban toda la triunfal soberanía; los rojos, desde el escarlata de sangre hasta el matiz del virio Burdeos. Cierro ahora los ojos. Veo la sinfonía de estos, rojos sobre el azul límpido marítimo, en medio de una catarata de sol. Con la evocación del color, se cuela en mi recuerdo la evocación del perfume. Y ya es, entonces, una magnífica embriaguez. La situación de la floricultura es en España una vergüenza. Con elementos naturales, como pocos puedan tenerlos, la dejadez, la falta de competencia, la ausencia de iniciativa dejan este dominio entre nosotros poco menos que al nivel de las instituciones del vivir primitivo. Por eso miré aquel cometa de Sitges con tanta predilección. Por esto se va, con toda mi simpatía, todo mi entusiasmo a favor de esta manifestación nueva y más importante, celebrada en Madrid ahora, la Exposición holandesa de Flores, iniciativa feliz del celo, doblemente meritorio, por lo artístico y por lo organizador, de la señora Van Eg- hen. La calidad nacional del Certamen podría, a la ocasión presente, traer para nosotros alguna melancolía. Poner de lado las hazañas que viene consumando desde hace siglos en materia de cultivo- -casi mejor sería decir cultura- -de flores, el país que en esto va a la cabeza de todo el mundo y nuestra realidad local, de atraso y falta de preparación, resultaría casi vejatorio, si la doble calidad de la dama a quien todo se debe, holandesa y a la vez muy española- y también, por otros aspectos de su personalidad, muy española de las varias Españas- no atenuase cualquier disposición esquiva, con el ejemplo mismo de su personal superación, que le ha permitido conjugar varios impulsos patrióticos distintos en una sola corriente de simpatía. El Palacio del Hielo será, si se quiere, Holanda, por unos días; la Holanda maravillosa de los tulipanes. Pere H ACE algunos años, bajo el signo de constelación administrativa y cultural dichosa, se instauraron y empezaban a arraigar en Cataluña unos concursos anuales de claveles. Celebrábanse en Sitges, playa elegante; predilecto refugio de artistas. Su ocasión coincidía con el mes de junio; así, desde el punto de vista del calendario del veraneante, podía en Sitges decirse que la Exposición de claveles señalaba aproximadamente el principio de la estación. Los bañistas adelantaban su llegada un poco, en gracia a la atracción del concurso y de las fiestas que se le unían. Pero, aun aparte de cualquier interés de mundanidad y de cualquier doble intención de atracción de forasteros, la manifestación resultaba, tanto como bella, importante. De allí salió, inclusive, el comienzo de no sé cuántas empresas industriales, de especializada horticultura, que se presentaban muy bien, aunque no sé luego en qué habrán venido a parar; desde las esferas del Poder se fomentaba, se aytidaba a estas iniciativas; el comentario privado y el de la Prensa las recibieron con entusiasmo. Más difusamente, más curiosamente todavía, nacieron, al lado de esas tentativas utilitarias, otras, privadas, con instrumento de deporte y de afición. Apareció un núcleo de diletantes en el cultivo del clavel; otro de coleccionistas, no reacios al gasto, para procurarse ejemplares raros o nobles; otro grupo nació aún de entendidos, armados de una competencia y fortalecidos por una substanciosa erudición en la materia... De todo ese tiempo me queda en la memoria la reminiscencia coloreada de una visión de soberana belleza. La Exposición se instalaba en el Casino; es decir, en la playa misma, con el fondo del mar. Sobre este fondo reventaba pomposamente el rojo de las flores. Para la retina, los claveles blancos o verdes apenas contaban.