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I. TSTRAS, A R T E S CIENCIAS mano, con el propósito de ir a convertir infieles en tierras de moros. Quiere ser, desde la infancia, un paladín de la fe de Cristo, a quien más tarde había de llamar su Divino Esposo. Y, sin embarg- o, cuando su padre, ya viudo, quiere llevarla, y la lleva, a un convento, ella no siente la vocación monjil. En la claustración surgen en ella las graves luchas interiores, porque, de un lado, la vida monástica 1 c produce horror, y, de otra parte, su espíritu se siente ya atraído por el vago ensoñar de las contemplaciones, y su claro talento presiente ya toda la amplitud y grandeza de una existencia sólo consagrada a la elevación del alma. Pero cuando, más tarde, por voluntaria resolución, torna a la vida conventual, su espíritu ha sufrido una transformación. Es un alma sincera, cálida, observadora, que se deja c o n v e n c e r poco a poco; que se deja conquistar paso a paso; que se entrega, no sólo con el corazón, sino también con la razón; que se abandona, no sólo con el sentimiento, sino con la l ó g i c a espiritual; que se rinde, vencida, no a impresiones exteriores, s i n o a largas reflexiones intelectuales. Su espíritu en formación ha encontrado su camino, que ella había de llamar camino de S. X CAMILO perfección Pues bien; ella no es solamente, y así lo demostró en el curso de su existencia, una pura contemplativa, sino que es, a la vez, una realista que se entrega a la acción. Para edificar, ella toma la pluma, 3 escribe. Y escribe admirablemente, como bajo una inspiración divina. Pero a la vez siente ansias de reformadora y de fundadora. Sueña con una disciplina más austera para las comunidades religiosas, practicando, sobre todo, la pobreza; sueña con pequeños conventos en modestas ciudades tranquilas (IGLESI. 4- DE SAXT. 4 BARBARA, EK MADRID) O en los burgos rurales habitados por labriegos. Y eso fuá a la postre su magna obra. La obra gloriosa en la vida de actiyidad de aquella carmelita andariega. Como fué suya la o b r a m á s gloriosa aún dé los libros que escribiera, monumento de la mística española. Esas dos tendencias de su vida dan en Santa Teresa algo asi como una doble personalidad. Ella pasaba, sin esfuerzo alguno, de un éxtasis que dejaba rígidos sus miembros, le privaban de la palabra y de todo movimiento, a la actividad doméstica de es-