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LETRAS, ARTES, CIENCIAS Conviene señalar que hay enorme diferencia entre la exaltación religiosa de los místicos y la exaltación religiosa de los ascetas. En los místicos hay alegría, algo como una proyección hacia el exterior de una interna satisfacción. En los ascetas hay como un rictus doloroso, la complacencia en la mortificación física, el placer en el su- frimientO humano como supremo y salvador sacrificio. La misma Teresa de Jesús aconsejaba a sus carmelitas descalzas, con la oración y la penitencia, el trabajo y la alegría. El tipo del místico a la española hay que irlo a buscar en el modelo único que nos legara Santa Teresa de Jesús al escribir su Vida. Compendiémosla. Ella riace en el seno de una nobilísima familia, Sánchez de Cepeda por d padre, Dávila de Ahumada por la madre, que no pueden acusarse de otro pecado que el del orgullo de casta, y que la misma Teresa comparte por una profunda tendencia de su alma castellana, y contra la que ella lucha toda su vida, humillándose material y espiritualraente en todas las formas, hasta la muerte. Ya desde los nueve años siente el anhelo de soledad y el ansia de las contemplaciones, buscando un retiro propicio en el jardín de la casa solariega. A los once, acosada por el deseq, más que de la aventura, de la sed del martirio, huye del hogar paterno en compañía de su herRETRATO DE UN F R A I L E (ACADEMIA FERNANDO) DE SAN serenas. Alas que a la sierra desolada, les ojos debían levantarse hacia la inmensidad de los cielos. Aparte lo que pudiéramos llamar imposición de la Naturaleza, y aparte el carácter profundamente religioso de la época, se daba también en los españoles una tradicional exacerbación espiritualista en la psicología de la raza. De ese fondo de espiritualidad exaltada nació aquella floración de la mística, que creó una literatura sin par, que va desde su iniciador, Juan de Avila, hasta San Juan de la Cruz. Floreció lo mismo en el verso que en la prosa, igual en la lírica de fray Luis de León que en Los nombres de Cristo, de fray Luis de Granada, que en Las moradas, de Santa Teresa de Jesús. Toda aquella floración mística acaso sea lo más preciado del espíritu español. Es algo que nos aparta de la miseria de la vida corriente, de la grosera realidad, para elevarnos, en una exaltación del espíritu, a la unión con Dios, al goce de los idilios celestiales, con solo esencia divina, en medio de éxtasis, ide transportes, de arrobamientos. Se vive fuera de sí, en otro mundo, aunque soñado, imaginado; tiene, sin embargo, una realidad, una realidad inmaterializada, si así puede decirse; sobrenatural. Vivo sin vivir en mí, y tan alta gloria espero, que muero porque no muero. RETRATO DEL PADRE FRANCISCO ZUMEL DBIMIA DE SAN FERNANDO) (ACÁ-