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LETRAS, ARTIÍS, CIENCIAS UN SAKTO CARTUJO (CÁDIZ) UN RELIGIOSO MÁRTIR (CADIZ) templar todavía, sobre un suelo erizado de bloques de piedra, las tosca- s estatuas de animales, talladas en granito, en época ignota, por artistas bárbaros y primitivos. Sobre aquel paisaje áspero pesa un duro clima, con un invierno frió y largo, en que casi no se conocen los templados efluvios de la primavera. Antaño, los habitantes de Avila fueron una raza belicosa, que había sostenido, durante siglos, continuos asaltos. El valor que mostraron siempre en la guerra hizo que se diera a la ciudad el honroso nombre de Avila de los Caballeros. Más tarde, cuando los moros habían ido reculando hacia sus últimos baluartes en Andalucía; cuando se fueron calmando las guerras civiles de reinos con reinos; cuando, posteriormente, la nobleza, en la agonía del feudalismo, fué sometida y tuvo que resig- narse a vivir en la ociosidad y t n la paz, viéndose obligado el hidalgo pobre a consagrarse al servicio de la Iglesia o a la milicia en el servicio del Rey, los habitantes de Avila, como los habitantes de la España de entonces, buscaron nuevo empieo a sus instintos heroicos, que les ofreció la religión, harto austera, de la época. La ciudad se convirtió en un semillero de santos, queriendo conquistar el paraíso celeste a golpe de disciplinas, como sus antecesores asaltaban los castillos a golpe de espada. La ciudad recibió entonces otro sobrenombre. El pueblo caracterizó el lugar y sus habitantes en tres palabras gráficas: Avila, cantos y santos. Así rezaba el proverbio. Todo eso es aplicable a ambas Castillas. Si dieron muchos héroes, también dieron muchos santos. Por esos campos, de hosco paisaje, de pardo color, que habían visto un día pasar las huestes de Rodrigo de Vivar, V más tarde toda la Corte andariega de la Reina Católica, al hacerse la vida nacion; il sedentaria, se ven pasar los frailes mendicantes y los reformadores de la vida monástica, fundando conventos a granel en los mismos parajes en que antes se habían levantado los castillos de los tiempos de guerra. Las dos Castillas se prestaban a esa nueva orientación del espíritu público. Llanuras de dilatados horizontes, cielo alto y azul, todo parecía despertar en el alma la idea de lo infinito y elevarla a las altas regiones