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LKTRAS, ARTES, CIKÍÍCIAS Plegaria LA ORACIÓN DE LAS ROSAS L o mismo que hacen las cosas más pequeñas y los seres más humildes, como las iiojas de los árboles y los pajarillos y los insectos, yo también, cuando llega el mes de mayo, salgo a celebrar el reügioso cuito de la eterna renovación de la vida. La vida renovada en belleza. I ara celebrar este culto no faltan templos adecuados; pero j O elijo particularmente uno cuando deseo celebrar el culto supi- emo de la primavera, que es la adoración de las rosas. Al extremo del parque, en la gran explanada abierta sobre la infinita llanura, allí la providencia municipal ha situado el primor de una Rosaleda, con un tacto que, por lo inspirado, produce asombro. Es el templo más hermoso y más grande, la verdadera catedral de las. rosas. El cielo mantiene allí su altura más imponente y su azul más intenso, y algunas veces, por un efecto de concentración en la contemplación, se llega a creer que aquel cielo ha perdido la materialidad física de un fenómeno atmosférico para convertirse erv el cielo verdadero: el Cíelo místico. En ciertos momentos de la mañana, ausente la multitud y limpia de ruidos inútiles, la Rosaleda cobra un prestigio de real magnificencia. Todo está como en expectación. Parece que los millares de rosas acabasen de abrirse de repente al conjuro de una voz divina, y que el mundo, frente a e. se milagro de belleza, quedara suspenso y transido de tm inefable estupor. Yo soy el primero en quedarme suspenso y maravillado, sin atención ni memoria para las cosas y afanes de la vida cotidiana, totalmente entregado a la profunda delicia de esa otra vida excepcional que viven las ro. sas. De muchas maneras se puede adorar a esa Voluntad Creadora que hace los nmndos y los deshace. Grande es la Divinidad en sus obras gigantescas, como los astros brillantes y los inmensos océanos; es grande en sus obras útiles y providentes, como la lluvia que fertiliza los campos o el fruto que sustenta a los seres; pero todavía parece más grande cuando se detiene a crear cosas que ni son gigantescas ni útiles. T- a rosa es la cosa inútil que no sirve para nada. Sin embargo, en la rosa inservible ha puesto ja Voluntad Creaciora mayor intención que en ios imnensos mares y más inteligencia que en la lluvia providente o en cí fruto sustentador. La mi. sma lumbre gloriosa del sol no tiene más energía conniovedora que un pétalo de rosa, y la idea que preside a la formación y al movimiento inspirado y armónico de un planeta no avenfcija en intensidad a esa otra idea que hace posible el real milagro de una rosa meciéndose al viento. La rosa, según esto, deberíamos admirarla como un milagro, como el milagro niás evidente e impresionante de la Creación. Que la vida procure conservarse a si misma buscando cosas útiles y sustentadoras no es nada que deba maravillarnos; lo asombroso es que ¡a vida olvide la utilidad y se olvide de si misma para recrearse en las cosas que no sirven para nada. En ¡as cosas puramente bellas. Hasta eí aire que murmtira y canta en la arboleda cutuple una misión de utilidad; hasta el rocío, a egres lágrimas de la mañana, está sirviendo a un fin práctico. La rosa se limita a producir belleza. Pero belleza pura, sin ningún contacto con la utilidad. La belleza por sólo la belleza. Y así venimos a deducir que la vida es realidad y es práctica, pero, al mismo tiempo, o ante todo, es poesía. He aquí el estupendo milagro y la consoladora revelación de la rosa. Pero yo no veo las rosas a través de la inteligencia únicamente. Los sentidos están ahí, vigilantes siempre y ambiciosos a pesar del tiempo. Tal vez más refinados, sagaces y ambiciosos por la. misma acción del tiempo. Y los sentidos se van hacia las rosas con una incontinencia cíe pecador, E! tacto sabe apreciar la delicia aterciopelada de los pétalos, que recuerdan la carne; la vista se recrea en su color evocador; el olfato aspira la dulzura de su perfume, que embriaga como un intimo recuerdo sensual. Todo, entonces, contribuye a que en la mente se destaque un nombre. El ser entero queda embargado y estremecido por la magia absorbente, del nombre de la mujer. Cantan alrededor, entre tanto, los pajarulos en celo, y los niños que juegan en la explanada trenzan los hilos de sus ri. sas y de sus voces balbucientes. Las formidables copas de los pinos centenarios tiemblan vagamente allá arriba, delante del sol, que las está mirando de hito en tuto y abrasándolas en su fuego. El gi- an palio azul del cielo se puntea de obscuras y fugaces golondrinas. El mundo aparece más joven y más puro que nunca. La vida asume una inenarrable serenidad de cosa que ha alcanzado su plenitud lo mismo en espíritu como en forma. Entonces se me tra. spa. sa a mí un poco de e, sa serenidad del mundo, y, al alejarme lentamente, me voy reconfortado y contento de mí mismo, coaio quien acaba de cmnplircon la obligación religiosa de! cuito anual de la primavera. José M. Saiaverría.