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B R Í G I D A Y SU BODA cer este invierno! Ya no vamos al colegio. Es la primera vez que regresamos del veraneo como mujeres hechas y derechas. Por mi parte, tengo proyectos suficientes para ocupar veinte existencias. -i Qué grraciosa! -dijo María, mientras se miraba en su eapejito de bolsillo- A ver, cuéntame esos proyectos, a ver si me distraigo, que estoy malhumorada. -Trabaja, como yo, y verás cómo se te quita eso. ¡Trabajar! ¡Vaya, se ha puesto de moda esa palabrita! Todos los días me dice mi padre que vivimos en un tiempo muy revuelto y que quiere que yo sepa ganarme la vida. Por eso voy a aprender taquigrafía y mecanografía. ¡Estaré graciosa tecleando en una máquina de escribir! He de tomar lecciones, pues papá, que no acostumbra a mandar, quiere ser obedecido; pero yo estoy rabiando, y cada vez más resuelta a casarme en cuanto pueda con un hombre rico. ¡Estás loca, María! Es mucho mejor trabajar que casarse sin amor. ¡Vaya! ¿De modo que eres romántica? ¡Qué atraso, hija! ¿Y te preparas para ganar con qué vivir? Hace un año hubiese compartido las opiniones de María; pero ahora me inspira la sombra de Gaspar, y gracias a ello pude sostener mi criterio con la energía de una leona. -Yo también aspiro a casarme; pero no buscaré el dinero, como tú. Me casaré con un hombre que valga; ahora que, para agradar a un hombre de mérito, hay que servir para algo, hija. Además, quiero ponerme en condiciones de bastarme yo sola, por si llega el caso. Por eso seguiré estudiando, aprendiendo formalmente el inglés, el dibujo y la música. Asistiré también a una clase de corte y a otra de cocina. Atenderé a los pobres, leeré libros buenos y concurriré a las conferencias de la Universidad. María, que tenía sobre las rodillas su sombrerito de terciopelo, mientras me escuchaba, se atusó el pelo con la desenvoltura con que lo hace todo, y dijo: -No eres capaz de hacer nada de eso. Te conozco. Sé que te gusta divertirte. No tardarás en faltar a las enseñanzas de cocina y a la Universidad. Abandonarás el dispensario y la casa- cuna para ir al baile en busca de la locuela María. Apuesto a que antes de dos meses has dejado de trabajar. Y, ahora, me marcho. Voy a casa de la modista. No es posible llevar los trajes del año pasado. Yo necesito ir muy elegante para encontrar un marido que tenga mucho dinero. Se encasquetó de una palmada el sombrerito, canturreó el estribillo de moda y me dio un beso, diciéndome con leve emoción -Eres mejor que yo, chiquilla. Creo que no llegarás a hacer lo que te propones; pero ya está bastante bien que te lo hayas propuesto. Yb no sirvo ni para eso. Se marchó, balanceando por encima de sus medias transparentes los pliegues de su abrigo de moda. Yo estaba un poco irritada. ¿Por qué se le ocurría dudar de mi resolución? María dice que me conoce; ipero no conoce a la verdadera Brígida, a la de los buenos sentimientos, que aumentan de día en día desde que quiero a Gaspar. Lo he pensado mucho, con la aguja en la mano, pues me molesta estar ociosa. Además, e irie ocurrió rezar mientras trabajaba. ¡Es tan estúpido eso de reflexionar una sola, cuando puede iluminarnos el Espíritu Santo! Recé, y mientras crecía el pull- over que estoy haciendo para mi hermano Dionisio, la oración aumentaba mi tranquilidad. Entró, por último, mamá... L o confesaré. No había pensado en someter a su juicio mis planes, y eso que las madres tienen que conocer la vida mucho mejor que nosotras, las hijas. Le hice sitio a mi lado, en el sofá de color de rosa, y me resolví a hablar. Planteé el asunto de la Universidad, de las lecciones de cocina, de corte, de inglés, de dibujo, de armonía; hablé del dispensario, de las lecturas, del tennis y del footing, y me dijo, tranquilamente, con esa sonrisa suya, juvenil e inteligente: -Tienes que elegir, Brígida. Si abarcas tantas cosas, no podrás poseer bien ninguna; no adelantarás nada. ¿Viste, e. ste verano, cómo trabajaba el jardinero de tu tía Marta? Escamondaba los árboles para que dieran frutos más hermosos. ¿Quieres que le imitemos? En menos de cinco minutos puso mamá en orden mi embrollado plan. Quedó convenido que, sin dejar la música ni el inglés, dedicaría bastante tiempo al dibujo de adorno, tomaría lecciones de corte y asistiría a una clase a la Universidad. -También quisiera hacer alguna buena obra, mamá: visitar a los pobres, como Mercedes. Volvió a sonreírse. Detrás de Mercedes, ¡estoy segura! veía ella la figura llena de perfección de aquel a quien yo quería acercarme. Nunca he hablado con mamá de Gaspar. ¡No me atrevo! Mamá espera, paciente y bondadosa. -i Hacer obras buenas? ¿Tendrías valor para acometer una tarea humilde, obscura, que no esté de moda? Voy a proponerte una muy sencilla: ayudar a una madre de familia, necesitada. Conozco a una mujer joven, viuda, que ansia ganar algo para dar instrucción a sus cuatro hijos. ¿Eres capaz de substituirla diariamente un par de horas cuidando de los niños, guisando o cosiendo, según haga falta? Hice ün gesto. Aquella forma de caridad me desconcertaba. Mamá me dio de plazo para pensarlo hasta el día siguiente; pero ya estoy resuelta. Creo que la caridad oculta es la más bella, la más eficaz, la más con-