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BRÍGIDA Y su BODA par Hauteville, el hermano de Mercedes, el artista cristiano que ahuyentó a todos los fantasmas horribles que querían arrastrarme hacia el flirt y la frivolidad. Me g: ustan, siguen gustándome las diversiones, pero de buena manera, y he comprendido que para divertirse bien hay que trabajar antes. Trabajando estoy. Dicen que las muchachas de antaño, a fuerza de pensar en el marido futuro, vivían como en una sala de espera, semejantes a esos viajeros que dormitan, aburridos, mientras el tren llega. ¡Qué horror! Yo me asfixiaría coquetas. Confieso que ha habido veces que me divertía que me arrastrara así. Pero ¡eso se acabó, señorita! Ahora vas a encontrarte con una Brígida seria como un doctor en Filosofía, una Brígida... Dos horas después, María se encuentra con una Brígida tan predispuesta a reírse como ella misma. Mucho más que ella. La risa de María parece afectada. ¡Y eso que ella asegura que no hace más que divertirse... Entra en mi cuarto. Parece un figurín. Esbelta, serpentina, con un abrigo ribetea- KONIL, Y PUDE VER VINIENDO HACIA MI, UNA YUNTA MAGNIFICA... en la sala de espera. En vez de soñar, voy a preparar el viaje feliz... ¿Quién me llama al teléfono? Es María, que me anuncia su visita. Dentro de diez minutos estará aquí. Saco la lengua en dirección al aparato telefónico; me molesta ver a María. Creo que va a cogerme de la rnano para llevarme arrastrando hacia el sitio peor: al de las muchachas egoístas y do de pieles, unos labios de carmín, rae- j illas pintadas de ocre, el pelo más corto que nunca. Nos besamos. Charlamos. Nos reímos. Está visto, nunca podré ponerme seria como un doctor en Filosofía. Me gusta reír. Hablamos de modas. Me pongo rápidamente un vestido nuevo... y María se digna elogiar mi aspecto. ¡Si no fuera por ese moñito... Ya está aquí el tema candente. -i Deja en paz a mi moño- -contesté un tanto excitada- y dirae lo que piensas ha-