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BRÍGIDA Y SU BODA con gran rumor de alas, una bandada de perdices; a mi paso echó a correr un conejo con toda la velocidad de sus patitas. Recordé que mi amiga María, para dárselas de elegante, dice que le entusiasma cazar. Yo quiero demasiado a los animalitos para que me entusiasme la caza. ¡Corre, gazapillo I i Volad, perdices! Vivid tranquilos en este campo nuestro tan hermoso. No traigo perro para perseguiros ni escopeta para mataros. No soy cazadora, sólo soy una paseante que recorre con las manos en los bolsillos la carretera iluminada por el sol, mientras caen, una a una, las hojas secas. Al salir de un bosquecillo de hayas me encuentro en la llanura, una llanura grande, muy grande, sobre la cual se ve un cielo infinito. Mientras yo recorría el bosque, este cielo adquirió una belleza extraña, casi trágica: llegaron nubes y más nubes impulsadas por el viento del Oeste, nubes densas, de un color gris violado, con unos bordes luminosos de oro. Volaban las nubes, proyectando sobre la llanura manchas de sombra, muy negras y muy tristes. Esas nubes anuncian el invierno. Me estremezco, pues el invierno me asusta... L e gusta a usted el otoño, querido lector? ¡No. a mí no me gustaba ya! De pronto rf sonó un cántico lento, fuerte, alegre, repetido por una voz varonil, y pude ver, viniendo hacia mí, una yunta magnífica. Dos bueyes blancos tiraban de un arado. Uncidos por los cuernos, bajaban las testas potentes y avanzaban al mismo paso, firme y pesado. Los guiaba, cantando, un hombre joven, y el arado abría en la buena tierra roja un surco qué humeaba. Al labrador le tenía sin cuidado mi presencia- -y eso que soy una parisiense- Estaba muy atento a sus enormes bueyes. Al fin apareció un aldeano viejo, con la pipa en la comisura de los labios. Miró con atención a la yunta, se manifestó satisfecho del trabajo del hombre y de los bueyes, y luego sus miradas penetrantes divisaron, sentada en un roble derribado, a la desdeñada parisiense. La cortesía campesina impone la obligación de hablar a los transeúntes. -Buen tiempo tenemos para la labranza- -dijo, quitándose la gorra. Y sin más cumplidos vmo a mi lado y siguió fumando en pipa. Luego supe que el labrador joven era hijo suyo, el mayor de siete hermanos. Buenos mozos y trabajadores, como toda la gente de por acá, señorita. La tierra es buena, y también los campesinos. Además, el trabajo es la vida. Yo le escuchaba, reflexionando. Hasta el año siguiente no habían de ver los resultados de aquella labor de otoño. Tenía que pasar el invierno, tenía que nevar y quedar cubierta la tierra con el blanco manto. Era posible que las heladas destruyesen la semilla y que se perdiese así todo el esfuerzo de la labranza y de la sementera. -Es un trabajo muy duro el del campo- -murmuré. -Sí, pero es muy hermoso- -contestó él, muy serio- Se ara, se siembra y se espera, i Nosotros somos muy pacienzudos; sabemos preparar la cosecha y esiperarla! ¡Qué admirable hombre! Acababa de decir una frase que me llegó al alma. Yo no cultivo la tierra, pero estoy obligada a preparar todo mi porvenir de mujer. ¡Y me impacientaba, me consumía, me daban miedo los esfuerzos leves y la espera... Quería cosechar sin más ni más. ¡Qué necia! i No hay duda de que una bachiller sabe de estas cosas mucho menos que un labrador! Si llegase a corresponder algún día Gaspar Hauteville al amor que por él siento, ¿no es lógico que se encuentre con una Brígida preparada para la vida? Me preocupaba el invierno que se acerca. ¡Boba! En vez de amohinarme, de ensoñar, de permitir que revoloteen las mariposas negras de mi imaginación, debo poner manos a la obra inmediatamente; formular un programa bien entendido, que disponga a Brígida para convertirse en una mujer de verdad, en una verdadera mamá francesa. ¡Es necesario preparar la cosecha! Bajo el hermoso cielo azul, con nubes violadas, seguían los bueyes tirando del arado, y el labrador cantando. El campesino viejo permanecía callado. Estoy segura de que veía, sonriente, el mar de espigas que había de ondular sobre aquella llanura. Se acercaba la hora de comer, y la buena de la fondista debía de estar intranquila por mi culpa. Di la mano a aquel discreto campesino, a quien, de fijo, no volveré a ver. ¡Adiós! j Animo y buena esiperanza! -me dijo. ¡Bellas palabras! Son las que corresponden al otoño... Brígida trabaja. Esta vez ha sido el regreso definitivo. Vuelvo a encontrarme en mi cuartito gris y rosa, donde me parece que los recuerdos del verano danzan entre rayos de sol, aunque estamos en noviembre, que es el mes de las nieblas, j Cuántos acontecimientos, en apariencia insignificantes, pero trascendentales para mí, han ocurrido desde el invierno pasado! Mis dieciocho años; presentación en sociedad con un vestido color de rosa y un alma alegre; el descubrimiento de la primavera; los goces artísticos; las carreras en busca de la pelota en el tennis de Neuilly, y, luego, los baños de mar, meciéndome entre el azul del cielo y el azul del agua; los bailes, un tanto alocados, a los sones del jazs- hand, con el grupo de mi amiga María; la bienaventurada paz del campo en la quinta de mi querida amiga Mercedes; los viajes, las correrías en automóvil y, sobre todos los ensueños y todos los paisajes, un rostro amado: el de Gas-