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B R Í G I D A Y SU BODA BRÍGIDA NOVELA, Y SU BODA ORIGINAL DE B E R T A B E R N A G E Traducida por José Campo Moreno I l u s t r a c i o n e s de E m i l i o Ferrer, (Continuación. Ya no se digna dirigir una mirada a la pobre Brígida. Para él no existe más que una persona en el mundo: Emilia, la joven de cabellos de oro, a quien auxilió en una avería de automóvil. ¡Qué lindo viaje! Cuando yo era pequeña escribía al dictado cosas más o menos divertidas. ¿Por qué habrá quedado fija en mi memoria una de ellas? ¿Sabe usted lo que es el otoño, querido lector? preguntaba el autor, que se llamaba Gustavo Drdz, si no me equivoco. Y luego enumeraba los encantos de la estación. Bueno, pues Brígida no sabía lo que era el otoñó. Acabo de descubrir esta época, lo mismo fiue descubrí la primavera y otras muchas cosas en este año, en que hace dieciocho que nací. Un año que va a valer por dos. Papá se ha instalado en una fonda del Morvan situada en los linderos del bosque y dirigida por una buena mujer y mejor guisandera. Va a visitar todas las fábricas de. sierra de los alrededores. Ayer me enseñó un bosque delicioso, donde aparecen las ardillas juguetonas, con la cola a guisa de penacho, en las cimas de los árboles, que tienen el follaje rojizo. Hoy no había sit o para, mí en el automóvil, y me ha dejado en la fonda, convencido de que me iba a aburrir mucho. Pero papaíto: ¡tú no sabes que no me aburro nunca cuando estoy de buen humor! Después de un suculento almuerzo que me sirvió la buena mujer (tortilla de setas, pollo asado, judías con crema y tarta de ciruelas) me fui a pasear a pie por el campo. La buena mujer, preocupada por mi soledad, me ofreció su fonógrafo, su álbum de tarjetas postales, una baraja, un almanaque... y. le pareció una excentricidad que una señorita como yo se fuera. a pasear sola por los caminos. Me acompañó hasta los linderos de su jardín, donde han florecido unas dalias muy grandes y muy feas, y, poniendo una mano sobre los ojos, a guisa de visera, vio cómo me alejaba, y estoy segura de que pensó: ¡Estas parisienses! La parisiense era feliz como una reina. ¿Le gusta a usted el otoño, querido lector? Hoy me fhe enterado, señor Droz, de la suavidad del sol de otoño, de la gracia de los altos álamos dorados que se estremecen sin cesar v dejan caer hojas que parecen medallas. He advertido la robusta belleza de los acebos adornados ya con sus bayas de color escarlata. He visto volar, STE año, el regreso me disgustaba más que nunca. El año pasado fué cosa muy sencilla; se redujo a reanudar mi vida de colegiala. Aunque ya tenía mis dos títulos, seguía estudiando otiras asignaturas. Pero ahora tengo ya dieciocho años. Mis padres me dejan en libertad para continuar mis estudios o dedicarme a la vida de familia y de sociedad. Yo titubeo... ¡Cuánto más fácil me parecía la vida de colegiala! No niego que aspiro a distraerme un poco; pero sería aburridísimo tener que divertirse a todas horas. Además, aquí puedo decirlo callandito, muy callandito... pienso demasiado en lo porvenir, para que me complazca en organizar lo presente. Este verano me ha llevado hacia el hermano de mi amiga Mercedes un sentimiento delicioso, que yo esperaba que él compartiese, aun sin decírmelo. Pero ahora ya no estoy muy segura de ello. Dicen que Gaspar HauteviJle no piensa en casarse; que quiere viajar, trabajar en libertad durante unos cuantos años. Espera... por lo cual tendría que esperar yo también; pero soy muy fogosa, muy nerviosa para soportar semejante espera. Se me aflige el corazón al pensar qtie vuelvo a empezar el invierno y que tendré que seguir representando el papel de muchacha casadera No sabré; llegaré a ser demasiado mundana; perderé el tiempo. No, no he nacido para esperar. ¡Quiero vivir desde ahora mismo! Estas ideas hubieran acabado por volverme neurasténica, enfermedad que nunca me he explicado en los demás. Mi hermano menor afirmó que era odiosa; mamá me dirigió dulcemente, algunos reproches muy merecidos; papá, que mima con exceso a su hija, encontró en seguida el medio de curar ese humor negro, que llaman neurastenia P mal genio... -Tengo que ir al Morvan en viaje de negocios- -dijo- ¿Quieres acompañarme, Brígida? ¡Claro que quería! Alejándome, muy satisfecha, de ese insoportable París de octubre, de cara gris y peluca rojiza, me marché al campo, donde aún sonríe el sol y los árboles visten su traje de ceremonia, púrpura y oro. -Abrígate bien, hija, que ya empieza a refrescar el tiempo- -dijo mamá. -i Que te dejes allá ese carácter! me recomendó mi hermano Dionisio. En cuanto a mi hermano mayor, me figuro que va a tener relaciones formales. E