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GRAN MUNDO CALENDARIO Y LUNARIO La Miércoles. Vid Brevé lia clásica nue. stra: que d (puro enamorado- de continuo anda avia rillo... o en sambenito del pecado o como señal de luto, de 5 uto a la chinesca. En todo caso, a un hijo del- Celeste Imp e r i o recienteimente desembarcado en París no resultaría difícil hacerle creer en algún u n á n i m e duelo público. V e n d r á esta tarde, según se nos ha dicho, un autor dramático famoso, cuya obra ocupa, con gran éxito, el cartel de la temporada. Pero he aquí el conflicto. De los presentes, los unos por retiro aristocrático, los otros por estético remilgo, el teatro es poco frecuentado. Y resulta que nadie, nadie, nadie entre diez o doce, ha visto la obra del famoso autor. Vamos a tener que recurrir, una vez más, a las conjeturas. Y a elogios como los que suelen usar los críticos de pintura; es decir, a elogios que no precisan nada. O tan poco, que, según aquí se dice, uno de los más reputados entre los del día, el autorizado A S tiene un cajón donde están guardados varios tipos de p rólogo de catálogo de exposición, como texto compues to de antemano. Cuando llega un solicitante, nuestro hombre, según la pinta de éste, le larga unas cuartillas del tipo B o tipo M... Este último, sobre todo, en los momentos de mal humor. Jueves. Lo que me admira en el libro de Gilbert Mauge- -que me dio ayer, casi a escondidas, con una conmovedora timidez, en el momentó en que ya me disponía a salir- -es que, en la audacia de sus pensamientos c imágenes, sellados unos y otras con el sello del más radical vanguardismo, hay siempre, empero, una lógica, una coherencia profunda; no la gratituidad con que suelen presentarse estos elementos a la producción ex- UANDO desp u é s de haber acudido todo un invierno a tomar té a alguna casa de upa, ocurre que una buena tarde, en la naciente primavera, se llega antes de que sean encendidas las luces y se encuentra la habitual c l a r i d a d del salón transformada- -claridad que de luz natural ahora viene a través de los grandes cristales y sin pasar siquiera por el tamiz de estores de las frondas ya verdeantes d e l jardín- se recibe de pronto una impresión m u y grata y nmy sutü de intimidad, como si fuese precisamente en este punto cuando se franquea el límite que separa a la amistad del simple conocimiento, Cada circunstante, cada rincón, cada cuadro, cada objeto, beneficia de esa transfiguración. Todo adquiere una fisonomía más familiar. Adviértese que las personas se han vuelto más encantadoramente sencillas; las cosas, más acogedoramente gastadas. Incluso la disminución del número de los presentes (viajes de Pascua) contribuye a ese efecto. Se prevé y saborea anticipadamente la delicia de aquellas reuniones de julio, en que se dará un avance más, pasándose de la amistad a la confianza en la fidelidad de un pequeño grupo, siempre compuesto de los mismos, y cuantitativamente limitado a un promedio que será más que el número de las Gracias y menos que el número de las Musas La dueña de casa, su vestir y su conversación adivinan oportunamente este juego de sucesivas mutaciones. En su hotel cercano al Trocadero, la Duquesa y colega de crinera medusina y ojos demasiado importantes, nos recibe, vuelta de espaldas a sus árboles V al poniente, vestida con una túnica amarilia. Porque el amarillo es hoy, en París, el común denominador crornático en los lugares de concurrencia femenina. No sé si es en símbolo de amor (por lo de la Letri- C