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l. ETKAS, ARTES, CIKNCIAS sas a la cuadra donde su caballo, u n m a g n i fico ejemplar de la r a z a m á s pura, el m á s veloz y mejor domado de la a n c h u r o s a vega el orgullo, único por cierto, de su amo, era atendido con cuidado exquisito y abundante regalo. E m p u j ó la puerta y, ¡maldición I... La c u a d r a estaba vacía. Desesperado, el bueno de Si M o h á n dio vueltas como una fiera enjaulada, mesándose ¡as barbas o apretando los puños amenazante. P r o n t o sin embargo, se convenció de que por el momento su desgracia no tenía remedio. L o s ladrones estarían ya muy lej o s él no sabía la dirección de su camino, y, por otra parte, no tenía otra cabalgadura p a r a perseguirles. Fatalista como buen m a hometano, se calmó en seguida y se sentó sobre un g r a n m a d e r o a reflexionar. E r a indudable que los c u a t r e r o s n o d e j a r í a n de c o n c u r r i r al g r a n zoco que al día siguiente y en los sucesivos se celebraba tradicionalmente en D a r- A l a l- G a r b i Y así se estuvo larg o rato, la frente en las manos, bajo! a caricia de la luna que rodaba en el azul profundo, m i e n t r a s el hilo de su meditación se devanaba en deducciones. Y a m a d u r a su idea, se fué a d o r m i r hasta que al alba la ¡pusiera en ejecución. TT Ya estaba el sol bastante alto cuando, lleno de polvo y empapado en sudor, llegó Si Mohán, bajo su mejor chilaba, pero a pie y con escasas monedas, a la ciudad donde el famoso zoco empezaba a llenarse de gentes que por todos los caminos afluían. U n o s a caballo, otros en m u í a s bien sobre borricos, o sobre las sandalias de esparto simplemente; con ricas vestiduras y a r m a s relumbrantes, o humildes chilabas p a r d a s y fusiles antiguos, traficantes y soldados, jeoues V particulares, ladrones y mend gos iban llegando de muchas leguas a la redonda, y aun de más lejanos lugares acudían. T r a s de t o m a r posada en la del Quebdani. fué Si M o h á n al real del zoco y allí buscó y encontró a dos amigos muy íntimos, con quienes hnbló r e s e r v a d a m e n t e m i e n t r a s sorbían té y fumaban kif en un t u g u r i o sombrío y maloliente. Salieron, y en tanto los amigos fueron recorriendo el zoco mirando los puestos de los mercaderes y hablando con los conocidos que al paso se encontraban, Si M o h á n se dirigió al pregonero, dictándole, revio pago de unas monedas, lo que deseaba hacer saber a la multitud que en derredor bullía sin cesar con ensordecedor ruido, el cual disníinuvó bastante, permitiendo sonar claramente las l) alabras cuando el pregonero, en alto, anunc i ó Oíd. oíd. oíd. Dice Si Molían ben íilohamed ben M a i m u n q u e anoche le robaron su caballo. Que sabe ue los ladrones están aquí y que si en el plazo de tres días lio aparece el caballo en la cuadra de la posada del Quebdani, donde Si M o h á n se hospeda, que va a hacer y acontecer, lo mismo que hizo su padre. Como la m a r e a que sube volvió a crecer el ruido. P o r todas partes se formaban g r u pos comentando el pregón en estos o p a r e cidos t é r m i n o s ¿Q u é hizo el padre de Si M o h á n? -p r e guntaba uno. Y alguien r e s p o n d í a -X o recuerdo bien; pero algo terrible debió ser, que era poderoso y feroz como nadie. ¿Descubriría a los ladrones- -comentaba otro- -y les q u e m a r í a vivos t r a s de sacarles los ojos? Rápidamente se insinuaba: -E s o no es nada. M u c h o más, sin duda, hizo, que aun a mi abuelo oí contar lo a r r o llador e indomable de sus iras. A s í proseguía el diálogo, y si bien nadie decía en concreto lo que hizo el p a d r e de Si M o h á n todos estaban de acuerdo en ponderarlo. Al día siguiente se pregonó de nuevo la amenaza de Si Mohán, que volvió a coment a r s e por todo el zoco, y lo mismo por tercera vez al otro día, sino que en éste el interés arreció, ya que aquella noche vencía el plazo que daba Si M o h á n para, si no a p a r e cía su ca. ballo. hacer y acontecer, lo mismo que h a b a hecho su padre. D e uno de los grupos en que se lialdab. -i de ello se separaron dos Iiombre. gigantescos y mal encarados, que habían estado preguntando en varios sitios lo que hal) ia hecho c! p a d r e de Si M o h á n Y a en un lugar solitario, hablaron. Decía uno -Y a has oído. ¿Qué hacemos? Ceñudo y preocupado, expu o c o ro -T ú ya sabes que soy valiente, como yo sé que t ú lo eres, y a n a d a ni a nadie t e m o pero me t r a s t o r n a esto de no saber lo que nos amenaza ni de dónde puede venir. ¿S e r á que de encontrarnos, y quizá tenga un poder oculto p a r a ello, nos cortará las m a n o s y la lengua, o nos h a r á descuartizar, o... -N o sigas. Y a has oído que todos dicen que debe ser algo m á s temible. Sin embargo, yo no quisiera devolverle el caballo, que es una i ova. -N i yo. H a y una pequeña pausa llena de muchos pensamientos. Q u é será lo que piensa h a c e r? -p r o r r u m p e u n o- E s t o v preocupado. -V o también. ¿Q u é nos podrá venir en cima? -y con lo b r u t o oue dicen que era el padre de ese maldito Si Mohán. -B u e n o haí ta esta noche tenemos tienqjo de pensarlo. M a r c h a r o n silenciosos y ¡leiisativos. El iiicdiodia pesaba como plomo sobre sus frentes sudorosas. ITI Los dos primeros días, siempre que ent r a b a o salía de la posada, visitaba Si Mohán la c u a d r a por si le habían devuelto su caballo. Muchos estaban allí; pero el suyo bien