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1. ETRAS, A U T E S C l i í X C l A S aldeanos y el resoplido de las bestias, desa m p a r a d a s e impacientes al sol. Al llegar a la orilla, entre tarajes, L e r é evocó las barcas de T e ó c r i t o y Julia los paisajes de Coroí. D o n Antonio, por no ser menos, acomodando sus memorias poéticas a su enorme melancolía, comenzó a recitar, entre el piar l e los vencejos, las estrofas de L o p e Pobr l) ai quilla n ü a eriLi o p e ñ a s c o s r o t a í- un vt- la. s. desvela. da, y e n t r e las olas s o l a! HI barcaje. Retumbó el caracol de los barcajes y salió de la choza una b a r q u e r a joven, despeinada, con pañuelo blancO de talle y enaguas de cretona azul. Saltó como u n a corza dentro y, recostada en la maroma, hizo que la poterna tocase orilla. P e n e t r a r o n mulos cargados de serones con hortalizas, borriquillos que por la red de sus aguaderas asomaban j a r r a s de b a r r o yeguas de poderosos cuadriles enjaezadas de L o s 8 ¡arrochistas. borlones y relinchando aparatosamente. Luego las cabras de Román, con su macho, Poco a poco se fueron alejando los h o r t e barbón y jac ue, y su mastín encollarado de carlancas. L u e g o una viejecita con su haz lanos, el cabrero, ¡os g a ñ a n e s entre un rude leña, como en Andersen, Y, por fin, en mor de voces, esquilas, rebuznos. Y la barca, seis potros nuevos con sus sillas vaqueras con el zagal ante el mascarón y la barcjuera y sus colas trenzadas y recogidas, seis for- respaldada sobre la m a r o m a volvió plácidanidos conocedores cuyas g a r r o c h a s como mente a cruzar el Genil escoltada de espumas y de vencejos revolantes. lanzas, terminaban en banderines. l in esto el piquete de c o n o c e d o r e s avan- -A h í vienen los c o n o c e d o r e s para la tienta- -indicaba a las forasteras don A n- zó gallardo y rumboso, pintureando sobre los potros con la gracia ligera de un carroutonio. sel rústico. E n dos filas de a tres, y luego de- ¿C u á l e s? ¿Cuáles? -elijo L e r é un gentil saludo de los jinetes, que, desto- ¿Aquellos de las lanzas? -insinuó R o cando sus sombreros, b r i n d a r o n a las d a m a s sario. el número, los potros, finos y nerviosos, dig- -X o son lanzas, sino g a r r o c h a s Como nos de ser loados por Pablo de Céspedes, las de los picadores- -aclaró el mayorazgo. doblaron sus rodillas como el del Cid ante L a b a r q u e r a se puso al torno. R o m á n el la favorita de Aliatar. cabrero, junto al mascarón, comenzó a paI as damas, absortas, sonreían inefablesar- la maroma. mente. Don Antonio, espoleado por su carU n e x t r a ñ o concierto de voces, de relintel de jaque mujeriego, -dominaba el a f á n de chos, de balidos, y la barca, suavemente, se a r r e b a t a r las bridas del mejor potro, cladeslizó en las a g u a s varle las espuelas hasta la travilla y galopar Veíanla avanzar las forasteras con curio- en él tan furiosamente como un Centauro, sidad deleitosa. T r a í a por abajo, en la co- t; in dramáticamente como Mazzeppa, y la rriente, u n collar de frescas espumas, y por humillación sorda de sus cincuenta años conarriba, entre los barandales de tabla, caras sumidos y casi inútiles. De repente los poh u m a n a s flacas de h a m b r e y sudorosas cié tros levantáronse unánimes, a una voz, como trabajo y s o l hocicos de caballos en inquie- si los montasen atamanes cosacos, y galopatud, con las orejas tiesas y las crines riza- ron como hipogrifos poi da desarbolada orid a s haces de verdes álamos mordisqueados lla, volviendo g r u p a s bruscamente, y empapor los chivos. Y en lo alto de su palo único, rejando los jinetes y las g a r r o c h a s como u n a a guisa de oriflama, un zagalillo que agita- c a r g a de lanceros. ba su sombrero dando vivas. Detuviéronse en firme, todos a una, reso- -i Viva la barca de los Aviones! i V i v a lando, con las narices dilatadas, los ojos la mejor b a r c a del río Genil I fieros y un c a ñ o de sudor por c a d a crin. -M u c h a c h o que te vas a matar- -decían- E n t o n c e s los coiiocedores dándoles paile los conocedores maditas en el cuello, descabalgaron como a- -D é j e l o s t é Viva la mejor barca del toque de corneta, agitando sus cordobeses río G e n i l! ante las d a m a s -Oite íe i) ije. s- -decía e! cabrero. -N o le pasa na- -tranquilizaba la barCristóbal de Castro. quera- E s t á Jecho a subise ahí ende que (I; T: STIIAC! OX IE I U E I I T A S) se estctó. S e g ú n la barca iba cortando el río, acusábanse m á s hombres y bestias en su herm a n d a d rústica de siglos. E r a como un. i m u e s t r a o compendio de la gleba, de su poesía y su dolor. Don Antonio, ez abundantia coráis, volcó sobre las forasteras, conmovidas, sus óleos entre a n a r q u i s t a s v franciscanos, u n a s veces rofetizando la vuelta de la M a n o N e g r a y otras, como en el villancico, cantando gloria a Dios en las alturas y paz en la t i e r r a a los hombres de buena voluntad. A t r a c ó la barca despacio, con la lenta solemnidad de un rito antiguo. Bestias y honii) res, empujándose, se disputalian la salida. Como la mayoría del pasaje era de iguala esto es, se pagaba por años, en San Juan, ¡a barquera no cobró m á s que a dos j a r r u q u e ros de Loja, a un gitano que con su b u r r a iba de t r á n s i t o a Riofrío y a los seis facundiosos conocedores quienes, por venir de tierras de Ecija, hubieron de pagar jiortazgo forastero, a real por bestia y a medio real por persona.