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B R Í G I D A Y SU BODA capitales de provincia envidiarían, y los barrios de artistas, lejos de agonizar, llevan una vida deliciosamente poética y atractiva, i Brujas, la bella! ¡Brujas, la dulce, la seductora, deberían llamarla, en vez de Brujas, la muerta! También allí hubo sus conatos de tormenta familiar. Yo me conformo con todo, porque mi buen humor y mi salud me dejan dormir, hartarme y divertirme por menos de nada. Pero esos bajaes de mis hermanos son seres muy distintos. Nos instalamos en un hotel muy decoroso, en el cual reina una limpieza encantadora. Llega la noche. En el momento que me dispongo a deshacer mi censurado moño, que tanto odia María, oigo frases vehementes en la habitación inmediata, que es la de mis hermanos. -Esto es intolerable, ¡Aquí no es posible dormir! Luego suenan unos puñetazos en la pared medianera. -i Brígida! ¿Qué te parece esta casucha? -Sólo me parece que me encuentro muy bien en ella. ¡Eres inaguantable con tu predisposición al optimismo! Has visto qué ropa de cama? ¡Parecen pañuelos de bolsillo! Me acordé, al punto, de que en Francia se usan sábanas amplias. Aquí, en la tierra flamenca, se cubre los colchones con sabanitas muy pequeñas, como las mantas y las colchas... Me eché a reír. ¡Vaya una contrariedad! Yo dormí perfectamente entre mis sabanitas. Pero esos caballeretes, hermanos míos, son muy nerviosos y estaban indignados. También les ponían furiosos los carillones. Al principio disfrutamos el encanto de aquella música, que caía sobre la ciudad desde lo alto de la torre antigua... Era alegre, entretenida hasta cierto punto. Pero cuando Ivo y Dionisio se enteraron de que sonaba ocho veces por hora, sus sensibles nervios empezaron a exasperarse... ocho veces por hora, también. -Llay que tener la pachorra de los flamencos para soportar ese campaneo- -exclamó Ivo, mientras comía las rebanadas de manteca del desayuno- Que esté o no esté uno de buen humor, tiene que aguantar esa musiquita burlona. -Pues, buen remedio. Procura estar siempre de buen humor- -le dije- ya ves, a mí todo me divierte. Pobre Ivo! i Pícara María! Tendré que ser más amable con mi hermano mayor, puesto que no tengo los mismos motivos para desesperarme... ¡Ni los mismos, ni ninguno, gracias a Dios! La cividad de Brujas armoniza a maravilla con e! estado de mi alma, espiritualizada por Mercedes y Los Zarzalillos. Es una ciudad santa. Ayer, por la mañana, fuimos a ver el ¡hospital de San Juan; yo me hubiera pasado horas enteras contemplando las obras de Memling; el arca de Santa Úrsula, tan admirable, en la cual está pinta- da la vida de la santa con una delicadeza, una perfección de pincelada verdaderamente angelicales; la Adoración de los Reyes Magos; la mística boda de Santa Catalina; las visiones de San Juan Evangelista; cuadritos y telas grandes transfiguradas por una irradiación de fe y de amor. Para pintar así tenía que llevarse una vida interna admirable. -Ningún pintor moderno sabe reproducir las cosas espirituales- -opinó mi hermano. Yo me encogí de hombros. Se conoce que Ivo no ha visto un Vía Crucis pintado por cierto artista, cuyo recuerdo no se aparta de mí. Mamá le contestó que las obras de la escuela contemporánea permitían confiar en un renacimiento del arte religioso. Mencionó un Cristo crucificado, de Mauricio Dionisio, y una admirable huida a Egipto, expuestos en el Salón de este año. Mamá es más religiosa que yo; comprendo que tiene el alma más suave, más penetrada del gozo divino que las nuestras, tan pequeñas y tan anhelantes de vivir. Por eso se siente dichosa en este pueblo. Ha rezado durante largos ratos en la Sagrada Sangre, deliciosa capilla, de líneas puras, correctas, rica en colores y ferviente de piedad. Adoramos la reliquia, y entonces advertí que mis padres comprendían mejor que yo la Pasión del Salvador. María y su grupo afirman que desean disfrutar sin padecer nunca. Yo confieso que el sufrimiento posible me asusta; pero, si hay que sufrir para que la vida sea fecunda, i amén. Dios mío! He dicho amén al besar el recipiente adornado con alhajas, en el cual conservan los brujeses desde hace tantos siglos un poco de la Sangre de Cristo, que todos los años pasean en procesión solemne por las calles de la ciudad. La Santa Sangre tiene para ellos mucho más valer que todas las obras de arte, que hacen de Brujas una joya única en el mundo. Al atardecer fuimos al Beguinage (i) donde me esperaba una satisfacción, no sabré decir si grande o pequeña, una verdadera satisfacción. Acabábamos de pasear alrededor de la pradera circular sombreada por árboles centenarios. Habíamos experimentado la exquisita poesía de aquellas casitas grises de techos color de rosa e irisadas vidrieras, que en otro tiempo albergaban a las beguinas. Delante de cada casa hay un jardincillo encantador. ¡Qué paz I, qué tranquilidad en aquellas viviendas! La casa de la Gran Señora- -así llamaban a la superiora- -me pareció a mí, muchacha moderna, una resurrección de otros tiempos, con sus techos artesonados y sus puertas de medio punto un tanto misteriosas. Las campanas de la tarde desgranaban su cántico, siempre igual desde hace siglos. Yo me cogí del brazo de mamá, al verla, como a mí me pasaba, influida por (1) Beaterío.